Determinismo, indeterminismo o azar (Luis Mazas 58)

¿Quién no fue alguna vez al Casino? Si nunca fue, por lo menos debe haber
visto alguna vez una ruleta. La ruleta es ese juego donde una bolita gira
alrededor de un disco con treinta y siete números 59 (del cero al treinta y
seis), y se gana cuando la bolita cae en el número que uno jugó, directa o
indirectamente (hay otras variantes que no son ponerle fichas a un único
número, pero eso no interesa aquí).

Pues bien: quien haya jugado alguna vez a este juego se debe haber
preguntado, por lo menos alguna vez, el porqué de que la bolita caiga en un
número y no en otro cada vez (por lo general cuando al número que salió no
es al que le habíamos jugado). Comúnmente, la respuesta que se obtiene de
un matemático es: “es un problema de probabilidades”. “En el juego de la
ruleta, la probabilidad que tiene un número de salir (que la bolita caiga en su
casillero) en una tirada es 1/37”. Sin embargo esto no alcanza. Si apuesto al
número “10”, por ejemplo, treinta y siete veces, según la probabilidad,
tendría que salir una única vez, pero puede que esto no ocurra.

“Claro”, me dirá el matemático, “lo que pasa que la probabilidad es un límite
60 cuando la cantidad (un número llamado “n”) de tiradas tiende a infinito.”
Es decir, si yo me quedo en el casino desde que abre hasta el infinito (en la
línea del tiempo), todos los números van a haber salido la misma cantidad de
veces: n/37. Físicamente, realizar esta acción es imposible, por varios
motivos: el casino abre y cierra todos los días (sería una función
discontinua), como seres humanos tenemos que parar para dormir y/o
comer, la línea de tiempo debe continuar hasta el infinito (siempre y cuando
esto exista), etc. Sin embargo, matemáticamente (idealmente) podría llegarse
a construir esta situación. A pesar de esto, la pregunta es la misma que al
principio, pero le agregamos: “en un instante determinado”. Y la respuesta
es más compleja. Dependiendo de los números que salieron anteriormente se
podrían aplicar otras fórmulas más complejas de cálculos de probabilidades
que a lo mejor podrían acercarme en el tiempo a obtener un resultado más
favorable.

Hagamos este ejercicio mental: supongamos que tiré 36.999.999 (treinta y seis millones novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve) veces la bolita de la ruleta. Ésta cayó 999.999 (novecientas mil novecientas
noventa y nueve) veces en el 0, y en los otros 36 números 1.000.000 (un
millón) de veces en cada uno. ¿Quién se juega a decir que la próxima vez que
la tire (la vez 37.000.000 (treinta y siete millones)) va a caer en el 0, con un
cien por ciento de seguridad? En palabras kantianas: ¿quién puede afirmar
esto con certeza apodíctica, i. e. universal y necesariamente? Nadie. Y lo
mismo sucedería si aumentara el número de tiradas. Si mi intención fuera
ganar a la ruleta con el 0 en la próxima tirada con un cien por ciento de
seguridad: ¿de qué me sirve la probabilidad?

Pero, para aumentar la incertidumbre, hay más cosas que influyen, a saber:

1) el peso de la bolita.

2) la intensidad con la que el tirador lanza la bolita.
3) el número en la rueda que pasa delante del tirador en el momento de ser
lanzada la bolita.
4) la intensidad con que se hace girar la rueda (en sentido contrario al de la
bolita).

5) la inclinación de la madera de la ruleta, y otras que también influirían en mayor o menor grado en el resultado final.
Algunos tiradores podrían llegar a dominar los puntos del 2) al 4) para
obtener resultados que inclinen las probabilidades a favor o en contra del
apostador. Una habilidad que quizás se pueda obtener, por los años de tirar
las mismas bolitas en las mismas ruletas. Aunque hay gente que dice que los
que lo logran es por mera coincidencia. De todos modos, con el tiempo, se
han ido desarrollando trabas a la obtención de estas habilidades a través de
la instalación de los “diamantes” en los platos de las ruletas.

Es decir, existen ciertas cosas que influyen para que el hecho esperado pueda
ocurrir o no. Algunas las podemos conocer. Otras nos son desconocidas. Por
ejemplo, si un apostador tuviera la capacidad de telequinesis 61, podría
influir en el resultado moviendo la bolita para donde le conviene. Pero esto
es algo un poco rebuscado, así que volvamos al apostador común y corriente.
Podría pensar: “Si conociera todas las cosas que influyen en la bolita o por lo
menos las más influyentes y supiera en un momento qué valor van a tomar
yo podría saber qué número va a salir en ese momento.”

Esa es una interesante hipótesis, sobre todo si uno quiere ganar siempre.

Pero, en la realidad, tener el control de estas “variables”, es algo muy
complicado, por no decir imposible. Además, si yo pudiera controlar las más
influyentes podrían existir otras desconocidas o muy difíciles de controlar
que harían que el resultado no fuera del todo el deseado.

Este es un ejemplo muy acotado, pero es real. Y también es real que a este
juego se le llama “de azar”, ya que si uno acierta es porque tiene suerte y no
porque pueda controlar las variables. Entonces: ¿qué es el azar? Trataremos
de explicar sucintamente el concepto para no convertir en un estudio del
azar a este texto (cuyo tema es de una amplitud menor).

Cuando tenemos una serie de diversos fenómenos que se caracterizan por no
mostrar una causa, orden o finalidad aparente decimos que tienen una
cualidad presente en ellos: el azar. Según ciertas definiciones, filosóficamente
podríamos tener dos tipos: el azar ontológico (aquel que forma parte del ser
y, aunque a través del avance del conocimiento encontremos leyes
deterministas, habrá procesos que son irreductiblemente espontáneos y
aleatorios) y el azar epistemológico (el encontramos en nuestro conocimiento
bien sea por ignorancia, por incapacidad para tratar sistemas complejos en
un mundo determinista o bien porque exista un auténtico azar ontológico).

El determinismo afirma que no existe el azar ontológico. Los procesos
considerados aleatorios serían en realidad eventos en los que se ha
desatendido las particularidades (o es excesivamente trabajoso o complejo
estudiarlas).

En las matemáticas, que es lo veíamos anteriormente, el cálculo de
probabilidades nos da las leyes de un sistema que se puede clasificar como
aleatorio. En otras palabras, se ocupan del azar por medio de las diversas
teorías de probabilidad. El ordenamiento estadístico es una forma de tratar
matemáticamente la naturaleza y el hombre, como si fuesen datos aleatorios
pero sin que lo sean necesariamente. Mientras que las ciencias naturales se
refieren al determinismo de objetos individuales, las probabilidades se
refieren al determinismo de conjuntos. La explicación probabilista no
presupone el azar en la base de la ciencia, ya que puede ser simplemente una
muestra de nuestra ignorancia.

Para la situación que venimos planteando, la caída de la bolita en el número
que apostamos, es un hecho del mundo que ocurre y que no podemos
controlar. Nosotros sabemos por qué ocurrió después del evento y no antes.
Si pudiéramos determinarlo antes, es porque sabríamos qué valor tendrían
en ese momento todas las variables que influyen en el hecho para que éste
ocurra.
En algunos hechos, las variables pueden llegar a ser infinitas. Pero ¿a qué
nos referimos con “infinito”? La idea tradicional del infinito lo define como
un número inimaginablemente grande, es un número tan grande que nuestra
limitada mente de seres humanos no puede comprender. 62 En base a esta
idea tradicional, podemos decir que hay hechos que más o menos podemos
prever, si estudiamos las principales variables que influyen en su ocurrencia,
pero hay otros que escapan a nuestras posibilidades.

En resumen, dando una nomenclatura matemática a la idea: 63
Sea un hecho “y” que va a ocurrir en un determinado momento en el tiempo
(“t”), o sea, “y” va a tener en “t” un valor determinado en una función “f”
que depende de infinitas variables “xi”.
Es decir: yt = ƒ(x0, x1, x2, … , x8)
Si yo tuviera la capacidad de determinar en el momento “t” los valores que
toman todos los xi con i = 0 hasta 8 entonces podría saber exactamente el
valor que el hecho “yt” tendrá en el momento “t”.
Es menester observar la imposibilidad humana de determinar todas las cosas
que suceden en un momento, ya que, por lo menos en el mundo conocido y
percibido por el hombre de tres dimensiones físicas y el tiempo, en un
mismo instante ocurren en el mismo lugar infinitos hechos que influyen
entre sí. Si a eso le agregamos que ocurren en otro lugar del mundo otros
hechos y que en el instante siguiente ocurrirán otros infinitos hechos, etc. Es
como hacer un sorteo con infinitos bolilleros que a su vez tengan infinitas
bolillas y que en el mismo instante de tiempo (misma hora, minuto, segundo,
décima, etc.) saque una bolilla de cada uno y que sumados los números
sacados, me va a dar un cierto número, y todavía quiera adivinar qué
número es ese (y el que viene en el siguiente instante, y en el siguiente, y en
el siguiente…).
Todo esto sin contar las infinitas dimensiones de nuestro pensamiento:
cuántos hechos psicológicos pueden ocurrir en un mismo ser humano en un
momento determinado que puedan alterar la percepción y/o valoración de
un hecho en todas sus variables. ¿Y en millones de seres humanos?
Sin embargo, en muchos casos (aunque no en todos) después que ocurren sí
puedo saber cuáles son los valores que las algunas de las variables más
importantes tenían en el momento en que ocurrieron los hechos en cuestión,
ya sea por las leyes de la física, de la química, de la biología, etc.; o sea, por
las ciencias conocidas. Aunque, por su lado, éstas adolecen de un problema
fundamental: desde Aristóteles en adelante se dividió el conocimiento
humano en áreas o disciplinas de estudio, las que recibieron nombres
distintos precedidos de la palabra “ciencia”. Esta división se hizo con la
misión de comprender mejor el cosmos (con el espíritu de lo que sería
después la frase “Divide y conquistarás”). Pero, con el transcurso del tiempo,
los practicantes de estas disciplinas se “olvidaron” que el cosmos es uno solo
y se quedaron con la visión fragmentada de la realidad, sea por la razón que
sea. Los avances que se produjeron en cada disciplina científica, la mayoría
de las veces no se han integrado entre sí, cosa que debería ser reconsiderada,
si uno quiere ser los más objetivo posible. El conocimiento de los hechos es
muy parcializado y casi mínimo. De todos modos, en general es considerado suficiente para un conocimiento científico (sea lo que este sea, otro tema a
discutir en otro lugar).
En definitiva, podríamos pensar en un ser consciente para el que todos los
hechos fueran previsibles, que pudiera determinar a cada momento qué va a
suceder en infinitos lados y por infinitos motivos que a su vez están
interrelacionados ya que todo ocurre en el mismo Universo (si hubiera más
de un Universo el problema sería aún mayor). Según las religiones
monoteístas a las que se afilian la mayor parte de los seres humanos
actualmente existe un ser capaz de esto y más, al que le asignan el nombre de
“Dios”. Sólo con esto resuelven el problema, aunque pueden crear otros (por
qué hace que pasen ciertas cosas, si es bueno o es malo, si tiene voluntad o
no, etc.). Otros se inclinarían por otras soluciones metafísicas. Estos temas
también son muy extensos como para tratarlos aquí.
También, haciendo otro ejercicio mental, podríamos imaginar que, en el
futuro, el ser humano pudiera construir una computadora o un aparato que
sí pudiera calcular la ocurrencia de hechos, es decir controlar las infinitas
variables del Universo conocido.
Mi posición personal (cada uno tendrá la suya) es que no existe ese ser
consciente que pudiera prever todos los eventos del universo. Los hechos
ocurren y se nos escapan la gran mayoría de ellos, por nuestra incapacidad
de controlar las infinitas variables. Esto lo convierte, para nosotros, en azar,
un azar epistemológico. Como cada hecho ocurre interrelacionado con los
otros infinitos que le antecedieron en el tiempo y los que lo acompañan en
ese instante, los sucesos se nos aparecen como predeterminados
teleológicamente por un ser superior, ya que engranan perfectamente unos
con otros como en una máquina. Lo que el ser humano olvida, o no alcanza a
comprender en su limitada mente, es que hace infinitos años que vienen
ocurriendo infinitos sucesos que hacen que este proceso pareciera
intencional. Pero no tienen por qué serlo.
Entre esos infinitos sucesos están: el origen del Universo (desconocido), la
formación de las estrellas y planetas (hay ciertas teorías probadas y por
probar), el origen de la vida (al menos en la Tierra es conocido), la evolución
de las especies (Darwin), el origen del ser humano, etc.
El problema pasa por preguntarnos si los hechos que ocurren ¿están
determinados antes que sucedan o no? o ¿todo tiene un porqué o las cosas
ocurren por azar? ¿Corresponde preguntarnos esto o es una falsa oposición y
el planteamiento de estas disyuntivas no sería lógicamente válido? O
kantianamente: ¿es una antinomia producto del funcionamiento de la razón
pura?
Aunque el planteamiento de estas disyuntivas fuera lógicamente válido, los
defensores de una u otra posición sí estarán de acuerdo en que después de
ocurridos los hechos, tarde o temprano podemos saber un conjunto acotado
(no podemos saber exactamente qué valores tomaron cada una de las infinitas variables) de causas fundamentales (para nosotros) por las que
ocurrieron, gracias a los conocimientos y herramientas que tenemos o que
tendremos. Por lo tanto, esto no está en discusión.
Lo que sí podría estar en discusión es si alguna vez el ser humano va a poder
dominar todas esas infinitas variables, es decir, saber en cada caso que
ocurrió exactamente. Es de sospechar que no, ya que a lo infinitamente
grande o lo infinitamente pequeño, ni la percepción ni la razón humana
pueden acceder. Si nosotros consideráramos esos hechos como cajas negras
(en una especie de teoría sistémica) donde sabemos qué entra y qué sale pero
no exactamente cómo, podríamos achicar esas cajas negras tanto como
nuestra razón nos permitiera (acercarnos los más posible a dominar todas las
variables), pero pienso que siempre quedaría algo por demostrar tal como,
por ejemplo, sucede en el eje de los números reales: entre dos puntos
siempre hay un tercero…, y así hasta el infinito.
De todos modos ninguna respuesta que sea objetivamente demostrable
podemos dar sobre estas disyuntivas. Ni a otros ni a nosotros. Sólo podemos
decir que íntimamente nos sentimos más completos, comprendemos más el
Universo que nos rodea y nos comprendemos a nosotros mismos, con la
respuesta subjetiva que nos damos, definiéndonos por una u otra posición
(al menos, por el momento). Gracias a esta definición (sea cual sea) podemos
razonar y elevarnos más allá de lo cotidiano para poder encontrar respuestas
a las interrogantes con que vivimos como necesidades vitales propias de los
seres humanos que somos.
La causa por la cual se nos presentan las antinomias vistas es un tema para
discutir en otro trabajo. Sin embargo, a modo introductorio, digamos que,
para poder razonar, según la estructura funcional de nuestra capacidad para
hacerlo, necesitamos partir de una o varias premisas. En realidad, no tiene
porqué existir un ser consciente que sepa qué va a ocurrir en cada momento,
ni tenemos porqué saberlo nosotros los seres humanos. Pero sentimos la
necesidad de tener un punto de partida para nuestros razonamientos. Si no,
la incertidumbre nos causaría pavor, ya que nos paralizaría la capacidad de
razonar, no podríamos deducir juicios ni construir silogismos que nos
ayuden en nuestras actividades diarias. Es que somos seres de acción vital en
el mundo. La inacción nos puede causar el cese de nuestras funciones vitales,
i. e. la muerte. Obviamente, eso nos aterra. El determinismo, ya sea científico
o metafísico es mucho más tranquilizante que el indeterminismo o el puro
azar, por eso los seres humanos nos definimos por el primero.

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