EDUCAR PARA SUPERAR LA POBREZA: UNA MENTIRA IDEALISTA-CONSERVADORA (por Andrés Núñez Leites)

Se trata de una vieja promesa que despierta un consenso automático. Una “inversión idealista” diría Gramsci: tomar la consecuencia (bajos niveles educativos) como causa (de la pobreza). Ese slogan típico de las derechas es hoy asumido también como dogma de los nuevos gobiernos de izquierda en América, justo cuando en su mayoría juran su fe en el desarrollo conservador. Sin embargo la pobreza, tanto cultural como material, sigue allí, tan dura y tan amplia como siempre -o como nunca-, y su superación es imposible en el marco del capitalismo.

La perspectiva individualista-idealista

Todo actor social tiene una “estructura de opciones” en cualquier posición social en que se encuentre: un hombre de una casa precaria de cartón puede optar por asaltar a otros de mejor fortuna, mendigar en una esquina o clasificar residuos. Del mismo modo, en el otro extremo de la división de clases, un burgués acaudalado puede optar por inversiones en producción directa o en especulaciones financieras, entre una miríada de opciones. Y es que precisamente los márgenes de acción son mucho mayores cuanto más ventajosa -en términos de capital financiero, social y cultural- sea la posición social de una persona o un colectivo. La educación, en cualquiera de esas y de todas las otras posibles posiciones en la sociedad, aumenta las posibilidades de una mejor intelección del entorno, y de una toma de decisiones más ventajosa, con arreglo a ciertos criterios axiológicos.
Vayamos de vuelta a los estratos más bajos de la sociedad: la educación aumenta la capacidad de elegir con fundamento racional y en los hechos mejora las posibilidades de “salir de la pobreza”: un padre y una madre pueden desinvertir en recreación o consumo de ropa y transporte para invertir en la educación de sus hijos, al lograr percibir las zonas de mayor empleo en el mercado laboral, y así ganar posibilidades para que sus hijos puedan “salir de la pobreza”.

Sin embargo, ese manejo de la estructura de opciones tiene un límite que es la propia estructura. Es decir: el mercado de técnicos en informática tiene un límite preciso de acuerdo a las necesidades de producción de las empresas y los posibles nichos de mercado. Por más que todos los niños reciban un laptop de bajo costo para familiarizarse con esa tecnología, esto está muy lejos de garantizar nada. Esto se nota claramente en las clases medias bajas, donde proliferan los hijos abogados, escribanos, médicos, maestros, que no logran una adecuadainserción laboral y por lo tanto mantienen un vínculo de dependencia con la generación de sus padres. En el momento de la toma de decisiones de estudio, quizás la opción fue la más adecuada, pero los lugares posibles para la inserción profesional se vieron limitados por el devenir propio del mercado laboral dentro del sisema capitalista.

Estrategias de acumulación capitalista

Por un lado, juegan el azar y la habilidad individual y familiar, pero por otro juegan las estrategias de acumulación políticamente hegemónicas a cada paso.

Dentro del capitalismo, asumiendo una gran variedad de matices, hay dos grandes estrategias para orientar el desarrollo del ciclo ampliado del capital: una estrategia de desarrollo endógeno y una estrategia de desarrollo exportador. En sus formas típicas, la primera se identifica con el keynesianismo y la socialdemocracia: tipo de cambio alto, alta inflación, sustitución de importaciones, alta demanda interna, aumento de salarios y prestaciones sociales, desarrollo de leyes laborales abarcadoras, fortalecimiento del sindicalismo, proteccionismo. La segunda, con el neoliberalismo, en que se invierten las decisiones recién mencionadas porque la producción se orienta a la exportación. El primer modelo hace soñar a las clases populares y medias bajas, pero las hace despertar cuando los precios internacionales de la producción primaria hacen imposible la cuantiosa transferencia del sector primario al secundario en que este modelo se sustenta, lo que puede matizarse si se da el paso clave del desarrollo capitalista modélico del norte: pasar a producir bienes de capital y exportarlos en cantidades respetables – pero esto también se ha revelado como un sueño en América, y sin entrar en detalles, digamos que los países que lo han logrado han visto fragmentada su sociedad en subzonas “tercermundistas” y “primermundistas”-. El segundo modelo genera un grado muy alto de exclusión social del consumo de elementos básicos para la vida. Ello porque el costo del trabajo se vuelve un peso para la “competitividad” de los productos exportables, generalmente pobres en valor agregado intelectual; así, se desinvierte en los sectores productivos más inclusores de mano de obra, como la industria, y se da preferencia a los proyectos extractivos y de baja elaboración (agricultura extensiva y minería, clásicamente). Esta última es la realidad de los años 1990s en América.

En la actualidad, aparece con mucha fuerza en nuestros países la opción “tercera vía”: ante la dificultad contextual para sostener un modelo socialdemócrata, las izquierdas llegan al poder y llevan adelante políticas macro-económicas neoliberales (de “derecha”), pero matizan el golpe con políticas de asistencia social a los sectores más marginados por esta estrategia. “Fome zero” en Brasil, “Planes Trabajar” en Argentina, “Plan de Emergencia” en Uruguay, y siempre algún “Ministerio de Desarrollo Social”, siguiendo la receta de los grandes centros financieros. Y es que esta política es antes que nada una política social de seguridad: controlar la violencia de los pobres dándoles un minimum de subsistencia, que no modifique su lugar social pero que atenúe su hambre. De más está decir que la carga impositiva que financia esta política social cae sobre las clases medias y los trabajadores con mejores ingresos, y nunca sobre los grandes capitales trasnacionales que son precisamente el corazón de esta estrategia, mal que le pese a muchos, neoliberal.+ La educación en el contexto neoliberal clásico

En el caso de los gobiernos de derecha, la educación es un asunto fundamental. Por un lado se limitan las autonomías y se ataca a los espacios generadores de pensamiento autónomo. Esto se realizó con gran éxito en la década de los 1990s, neutralizando a las universidades públicas, por ejemplo, que pasaron de ser núcleos del pensamiento revolucionario a ser palancas de la acumulación empresarial, vía el sometimiento de sus elites a través de la lógica del anzuelo de la financiación de proyectos orientados a la mejora de la producción. “Una universidad útil para la sociedad”, se decía y se dice, o sea, sin pensamiento propio, sin acciónde cambio del sentido del sistema político. En términos generales, los gobiernos de derecha limitan la inversión (“el gasto”) en educación, porque no es necesario para el aparato productivo generar mayores cantidades de personas con niveles educativos medios. Como dicen Fernández y Uría en su “Arqueología de la escuela” hay una verdadera política de control y concentración (expropiación) del capital lingüístico, principalmente del manejo de los medios simbólicos altamente especializados. Así, se tiende a la privatización de las escuelas y universidades, y se genera una gran mayoría con un pésimo nivel educativo, un margen mínimo de clases medias (administradoras de la dominación) y una elite técnicamente capacitada para dirigir la explotación de recursos y personas.

Al mismo tiempo, proliferan los planes educativos focalizados. Con abundante financiación internacional y de deuda interna (que pagan los asalariados, obviamente), se promueven “escuelas de tiempo completo” para evitar que los hijos de los marginados estén delinquiendo en las calles, becas para los estudiantes pobres destacados (la educación media y superior se vuelven un privilegio para los mejores de los pobres, y no para todos los pobres), categorización de “escuelas de contexto crítico” que reciben apoyo multidisciplinario para contener la violencia estudiantil y familiar. Los planes educativos, el currículum, se vuelve tecnicista: se borra la pretensión de propagar la cultura general, porque ya no hay una necesidad de integración de todos y sólo es necesario formar gente con “comptetencias laborales”. Junto a esta “mano izquierda” golpea fuerte la “mano derecha” a través de una decidida represión policial y judicial contra los pobres, favorecida por la generación de una sensación de inseguridad a través de los medios de comunicación.

Se genera también dialécticamente la contraparte: una acumulación de fuerzas sociales contra el “modelo neoliberal” que, de la mano de los partidos de izquierda piden políticas de desarrollo “hacia adentro”, siempre con añoranzas de los felices años 1950s, y de la mano de los sindicatos de la enseñanza más inversión en educación. Estallan conflictos sindicales, ocupaciones de centros de estudio y desafíos al gobierno, siempre con el apoyo -oportunista, como se ha visto- de los partidos de izquierda.

La educación con la izquierda en el poder

No soy experto en las realidades de Bolivia, Venezuela ni Ecuador. Allí, en un marco de contradicciones y desaciertos, pero también de grandes aciertos, las relaciones de fuerza quizás estén permitiendo el pasaje conflictivo -no hay otro modo conocido- hacia alguna forma de socialismo pluriétnico. Sin embargo en el Cono Sur, los gobiernos de izquierda se parecen mucho más a los gobiernos de izquierda de la Europa que traicionaron a las clases sociales que los llevaron al poder, en los 1970s y 1980s. Y el devenir político -el vaivén izquierda “light” / derecha dura- parece perfilarse de modo similar. Para captar el electorado de “centro”, que no quiere cambios sociales dramáticos y sólo aspira a un buen nivel de vida no amenazado por los marginales ni por la voracidad burguesa, los partidos de izquierda se deshacen de sus aristas revolucionarias, incluyendo la purga de los izquierdistas irredentos. Junto a las loas a Cuba y evocaciones vacías al folklore revolucionario, practican políticas económicas neoliberales y políticas sociales de origen neoconservador, ya mencionadas más arriba, y a la vez que hablan de desarrollo social abren las puertas del país a la explotación de la naturaleza y de los trabajadores por parte del capital trasnacional, lo cual arroja actualmente buenos incrementos del PIB. Esta política de mentiras tiene patas cortas: el límite aparece por dos frentes simultáneos. Por un lado la crisis internacional -las contracciones cíclicas de la demanda de las economías centrales- hacen caer la tranferencia de recursos para las políticas sociales de seguridad. Por otro lado, la imposibilidad de contener la delincuencia (que claramente no se explica en términos de pobreza absoluta sino relativa, es decir en términos de expectativas defraudades y falta de perspectivas) abren la brecha para que pasen a un primer plano las promesas de “mano dura” de los partidos de derecha. Una vez que estos regresan, mantienen el corazón de la política económica neoliberal, pero sustituyen las políticas sociales por represión policial y judicial, según su clásico enfoque de la seguridad a palos.Pero mientras los gobiernos de izquierda logran sostenerse y presentarse como los adalides del éxito empresarial y profesional, la educación tiene un momento de discreto brillo. El gasto en educación aumenta, llegando a duplicarse y triplicarse. Este aumento generalmente es devorado por la burocracia, pero reconozcamos que llegan más recursos a lo más bajo del subsistema educativo, mejorando los salarios docentes y las condiciones materiales de los establecimientos escolares. En Uruguay, por ejemplo, el golpe de gracia que ha dado una legitimidad y una popularidad inusitada a la política educativa del gobierno izquierdista vino de la mano del “Plan Ceibal”, implementación local de una millonaria compra de computadoras de bajo costo a la ONG de la derecha norteamericana de la era Bush One Laptop Per Child (OLPC); a pesar de tratarse de hardware aún en desarrollo y de proliferar las fallas técnicas en la ingeniería de comunicaciones para la conexión a internet, esto generó un consenso casi unánime por su fuerte impacto simbólico: poner en las manos de los niños un claro símbolo de ascenso de clase. Los padres, en su asentamiento precario, en el desempleo o los planes de empleo basura, agradecidos. Nadie mencionó que no es un proyecto local sino un plan global que nace muy lejos de cualqueir intención socializante. En Uruguay mucha gente -la que sólo se informa por TV- cree que se trata de una idea y un regalo del presidente.

Hablar hacia la izquierda, educar hacia la derecha

Sin embargo la pobreza continúa. La llegada de cuadros de origen marxista a los mandos medios y altos en la administración educativa permitió matizar las aristas más empresariales del discurso tecnicista de la educación de los años 1990s. Sin embargo, no basta con realizar nuevos planes educativos que mencionen a Habermas o a Giroux: el discurso se vuelve encubridor y legitimador de una política conservadora cuando en términos de la administración del sistema educativo se siguen los carriles del neoliberalismo: desarticulación de la autonomía de la educación, focalización del gasto educativo en los sectores más marginados, dejando de lado a los sectores trabajadores y a las clases medias bajas. Y de a poco, preparando las nuevas tandas de gobiernos de izquierda, comienzan a volver las propuestas que se creían olvidadas en los 1990s: premios por productividad docente, premios por productividad de los centros educativos, orientación de la educación hacia el trabajo. Esto tiene un agregado brillante en términos de manipulación de masas -algo que sólo los técnicos con gran manejo de los medios simbólicos de reproducción del capital y legitimación de la democracia liberal podrían llevar adelante-: la generación de falsos espacios de participación orientados a domeñar el discenso. “Comisiones de participación” en los centros educativos, “Debate educativo” y “Congreso Nacional de Educación” para padres y docentes, que sin embargo no ven recogidas en las leyes salvo las propuestas ya previstas por los gobiernos. Y es que en lineas generales la educación en la era de los nuevos gobiernos de izquierda no difiere de la de los derechistas años 1990s: formar para el trabajo y no para la emancipación, y sobre todo, responsabilizar al sistema educativo de los resultados educativos -como si estos no dependieran de los factores sociales de las comunidades donde están insertos los establecimientos educativos- y responsabilizar al sistema educativo en última instancia de los males sociales. La delincuencia creciente y acrecentada por TV viene de la mano de gritos neuróticos de derecha e izquierda por una “educación en valores”.

Límites de la incidencia de la educación en el problema de la pobreza

Pensemos tanto en los sectores beneficiados por la inversión educativa focalizada de los gobiernos de derecha, como de la educación algo-menos-focalizada de los gobiernos de izquierda, en los beneficiados por los gastos generales acrecentados en educación por parte de los últimos mencionados. Los sectores marginados por el neoliberalismo son el foco de la inversión educativa. Sin embargo el resultado es, perdónese la expresión, pobrísimo. Es decir, las cifras de pobreza pueden mejorar, porque hay una política de salud más abarcativa, o porque las personas desempleadas logran trabajos vía ONGs subvencionadas por los gobiernos de izquierda, trabajos de 3 ó 4 meses al año, además de pensiones para la infancia y otrasprestaciones sociales. Si se mide la pobreza en términos de niveles de ingreso económico, esta se ve levemente reducida por la intervención de los gobiernos de izquierda. Pero si se mide la pobreza en términos de la ubicación en la estructura del modo de producción capitalista, no se modifica en nada. Personas que antes no tenían ingresos propios ahora tienen empleos sumamente precarios en el mejor de los casos o una vianda diaria y acceso a la salud gratuita en el peor. El problema es que no se modifica en lo sustancial la estrategia de acumulación capitalista. Gobiernos percibidos como “de izquierda” reciben de brazos abiertos la especulación financiera internacional, o las grandes industrias de la celulosa, y se muestran alegremente dispuestos a ser lugar de inversión de la decadente industria nuclear, o permiten la destrucción ambiental y social por parte de las mega plantaciones de agrocombustibles y soja, por poner ejemplos.

Estamos diciendo entonces que, en términos generales, la pobreza de amplias capas de la sociedad, no se modifica. ¿Por qué? Porque el mayor nivel de gastos en políticas sociales y mejores medios y modos (siendo generosos en la evaluación de los mismos) de educación no modifican -volvamos al nivel de los actores sociales luego de una mirada sistémica- las “estructuras de opción” de los pobres. Estos siempre estarán a merced de los propietarios de los medios de producción, cuya riqueza, mal que les pese a los revolucionarios arrepentidos, se genera a partir del plusvalor del trabajo. El hombre pobre, la mujer pobre, en todo caso, al aumentar el gasto en políticas sociales focalizadas puede tener algunas opciones más dentro de su estructura de opciones, y si a esto se suma una educación mejor sostenida económica y técnicamente, puede hacer un uso mejor de esas opciones. Sin embargo, ese margen tiene como límite duro y aparentemente inexpugnable la propiedad privada de los medios de producción, y el estado como guardián del derecho de propiedad; allí donde las fuerzas productivas podrían emplearse para satisfacer las necesidades humanas, la ley y el orden estatal, junto al discurso político de la derecha y (ahora) de la izquierda, están para asegurar que las mismas se orienten exclusivamente al lucro. Tendríamos que detenernos a pensar si es necesario aumentar la producción de energía o el PIB, o si es realmente imprescindible la inversión extranjera, por ejemplo… Es increíble que hayamos asumido como obvio el camino capitalista: el incremento al infinito de la productividad y del volumen y valor de producción como único medio para -via sacrosantos impuestos estatales- “luchar contra la pobreza”.

El sistema capitalista necesita a los pobres y a la pobreza. Desde una mirada funcionalista actual podría decirse que el vaivén derecha-izquierda dentro del marco del modo de producción capitalista se parece a una operación autopoiética de la sociedad, una adaptación autogenerada para evitar su disolución -la disolución del capitalismo- y perpetuar la dominación del capital sobre los seres humanos y sobre la naturaleza. Decir que se va a “luchar contra la pobreza” entregando computadoras portátiles a los niños escolares, o aumentando llanamente el gasto en educación (de modo focalizado o universalista) sin tocar en lo más mínimo el modo en que se produce la pobreza, se parece más bien a una lucha contra los pobres.+ Las políticas sociales orientadas a la seguridad fijan a los pobres en su condición de tales, de necesitados y dependientes económica y políticamente. Las políticas económicas neoliberales generan una enorme acumulación de riqueza sobre la base de la explotación de los trabajadores y de la naturaleza, generando un “ejército de reserva del proletariado”, como diría Marx, cuya función es mantener a la baja el salario. Pero además su función, señalaba Foucault combatir la idea de los tribunales, es permitir la división de la población en proletarizados, no proletarizados y fuerzas de seguridad, trinomio que se combate y neutraliza y que reactualiza permanentemente el orden del capitalismo. Finalmente, el discurso explícito de las políticas educativas de la derecha y de la izquierda neoliberal, combinadas con la falsa bondad de la “tercera vía” y las políticas sociales focalizadas en los más pobres en aras de la seguridad de los más ricos, junto a toda la perorata de la “distribución de la riqueza” sin modificar la propiedad y el modo de gestión de los medios de producción, así como la orientación, el sentido de la producción, sobredimensionan la capacidad de los sistemas educativos para incidir en la disminución de la pobreza, desplazan la responsabilidad desde el modo de producción hacia las instituciones educativas y fomentan el conformismo.Discutamos si queremos caminar hacia un socialismo estatal o libertario. Discutamos los caminos y la posibilidad de la paz o de conflictos controlados. Discutamos si queremos un “Socialismo del Siglo XXI” en la senda de Venezuela, Bolivia y Ecuador, pretendiendo domar el capital limitándolo por el bien común. Discutamos si queremos crecimiento o decrecimiento económico, si queremos una economía planificada o economías de subsistencia autónomas basadas en el trueque. Discutamos luego una educación que acompañe el rumbo elegido. En Uruguay, desde donde escribo, es esandaloso el silencio de los intelectuales ante el viraje neoliberal de la izquierda en el poder, los mismos que gustosos rentan su voz para repetir obsecuentemente que la educación es el camino, posponiendo infinitamente la transformación de la economía y más en general el modo de producción, mientras vemos al capitalismo matar a millones y arrasar con la vida en la Tierra.

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