EL CADÁVER DE DIOS (por Fernando Gutiérrez Almeira)

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Las palabras con que podemos hablar sobre el infinito, la palabra para nombrarlo, son instancias finitas, nacen y mueren en nuestra voz o en nuestra mente. De modo que al lanzarlas tras este concepto encontramos de inmediato la restricción a su acceso: somos finitos, nuestras palabras empiezan y terminan, nuestra voz será acallada tarde o temprano y entonces la voz del infinito tendrá la palabra en lugar de nosotros. El concepto de infinito tiene pues como esencial característica el hecho de que nos alude indirectamente cuando lo aludimos directamente, esto es, si nos referimos a él hacemos autorreferencia, pero mientras que nuestra referencia es franca la autorreferencia con que el nos devuelve sobre nosotros es solapada, sutil…el infinito pues nos autorrefiere como lo haría un persuasor oculto que nos quiere corromper el alma, como un Sujeto absoluto de nuestra subjetividad. ¿Y qué nos dice cuando lo decimos? Nos dice que somos finitos pero no solo eso, nos dice que hemos dado un paso fuera de nuestra finitud al pensar justamente en él, el Infinito. Así pues, pensarlo es desde el inicio un trascender, un ir más allá de la finitud que somos y que se nos revela con claridad cuando lo pensamos, por contraste. Trascender que solo tiene, en principio, el vacuo procedimiento de la palabra, pero que por la palabra se vuelve un trascender del pensamiento, que por el pensamiento se vuelve un trascender del alma y por lo tanto de todo nuestro ser. Decir y pensar el infinito es entonces, de un modo inmediato, salirse de si, realizar un gesto de extrañamiento respecto de nuestra finitud esencial y por lo tanto salirnos de nuestra esencia. El Infinito es un extraño que nos convoca cuando lo convocamos, un extraño que nos tienta a ir más allá, a salirnos de la órbita de nuestra potencia y de nuestra conciencia. ¿En qué nos corrompe? Si lo pensamos bien, todos los seres anteriores al ser humano se encontraban conformes con su finitud, eran la finitud que vivían y vivían la finitud sin que esto les pesara ni con el peso de una pluma ni con el peso de una lágrima. Todos los seres vivos, y así también los entes inertes, existen sin realizar ningún gesto de trascendencia, sin siquiera atisbar a ir más allá de si mismos saliéndose fuera de sí , rebasando los límites de su propia existencia. Esto parece justo, sensato, pues evidentemente lo finito no puede hacerse infinito y su volcadura hacia lo infinito no puede ser más que su destrucción, pues lo finito solo puede confundirse con lo infinito cuando lo infinito lo absorbe. Nos corrompe, entonces el Infinito, cuando tienta a nuestra alma con secreta autorreferencia a salirse fuera de si procurando una infinitud que sueña posible por el alarde de haber pronunciado y pensado la palabra, pero que solo le puede ser abierta como abismo absorbente. El Infinito nos tienta a tratar de ser por completo más allá de lo que somos y esto solo puede serla destrucción y el triunfo del Infinito sobre nuestra finitud, a la que finalmente absorberá y anulará. Nos corrompe como un tentador actuando desde dentro de nuestro propio pensamiento, ofreciéndonos el absoluto que porta, la infinita riqueza, el infinito poderío,…apela pues a nuestra vanidad, a la grandiosidad con que nos queremos ensalzar…ser infinitos, no tener limites, tener todo el poder, toda la riqueza, que se cumplan todos nuestros deseos, ser inmortales, no envejecer, no tropezar, saberlo todo, tener el control absoluto de los acontecimientos,…y si nuestra vanidad florece con la tentación del Infinito entonces hemos sido corrompidos y luego ya solo nos queda salirnos fuera de nosotros mismos, justamente, entusiasmarnos, enloquecernos, y al intentar sobrepasar los limites en que nos encontramos, nuestra finitud esencial, destruir y autodestruirnos, hundirnos por obra y arte del corruptor, del Infinito.

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¿Cómo hemos llegado a pensar el Infinito? Hemos llegado por medio del dolor o de la carencia o de la insatisfacción pues solo el carente, el dolorido, el insatisfecho puede encontrarse fácilmente inconforme con su finitud, con su ser limitado. Es el inconforme, es decir, el que se resiente de su propia manera de existir, y se resiente de ella incluso en lo esencial, en el hecho de existir determinadamente, esto es, de estar determinado, limitado, el que primero emocionalmente, luego imaginativamente y al final conceptualmente querrá la absoluta conformidad, soñará con paraísos para su voluntad y dirá la palabra infinito. Esto dirá: -No quiero esta finitud que soy, QUIERO SER INFINITO. El Infinito entonces es ya la autorreferencia cuando lo nombramos y no la tiene como una mera consecuencia. El Infinito es una negación que nosotros hemos hecho, una AUTONEGACIÓN DE NUESTRO SER. Así pues el Infinito somos nosotros mismos al pensarnos negativamente, en un sueño de omnipotencia, a causa de nuestra sentida impotencia. ¿Quién es el corruptor? El corruptor es el corrupto y el tentador es el tentado. Nosotros, seres finitos, que bebemos insatisfacción, muerte y limitación en cada instancia de nuestra existencia, somos los que proclamamos el Infinito sobre nuestras propias cabezas y nos apelamos y pensamos como seres finitos desde la infinitud que pretendemos ser. Pensar el Infinito es, en principio, pensarse negativamente, ser el Sujeto de la propia tentación y corrupción del pensamiento. Así pues, la palabra Infinito expresa nuestra capacidad de autonegación, y exhibe la vanidad con que solemos afrontar una existencia que no se nos ofrece tal y como quisiéramos que fuera.

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Esta claro a pesar de todo que aún cuando no debamos aspirar al Infinito por ser esta una manera vanidosa de aspirar a la destrucción, destrucción como indeterminación, como desgarramiento de los limites, aún así esta claro que debemos ser un poco vanidosos, solo un poco, en la medida en que somos seres que pueden pensar el Infinito, o mejor, que pueden pensar, y en el pensar tener ante sí el concepto de Infinito. Somos seres pensantes y esto quiere decir que podemos tomarnos como objetos de nuestra propia atención, autoobjetivándonos. Somos autoconciencias que se autoidentifican y cuando lo hacen se conocen como existencia separada y limitada, midiendo su propia potencia con la potencia del pensamiento. Nos pensamos y esto significa que podemos distinguir entre lo que somos y lo que podemos ser, y entre lo que podemos ser y lo que nos es imposible. Ahí esta: somos seres pensantes que tienen ante si no solo sus posibilidades sino la oportunidad de conocer sus condiciones de posibilidad llegando a distinguir en su camino aquello que le es imposible, aquello que le es en vano, justamente, vanidad. De modo que pensar el Infinito es una instancia necesaria previa para el ser pensante que somos si es que queremos ajustarnos a esta condición de nuestro ser con claridad: somos finitos y no hay manera de que no lo seamos. Si no hay tentación infinita, la cual incluye una profunda meditación sobre la muerte, sobre el dolor, sobre la miseria, si esta tentación no se produce, no veríamos las consecuencias de nuestra nefasta aspiración al Infinito, a ser absorbidos o a absorber en nuestro pecho el infinito, a ser caóticos y exclamar con fúnebre voz que no somos nada o con voz exaltada que lo somos todo…vistas estas consecuencias nefastas lo suficiente es que podríamos desprendernos de la pretensión de infinitud y conformarnos anuestro ser como ser de lo posible y no de lo imposible, conformarnos a nuestra finitud. Pero el precio a pagar por la renuncia al Infinito parece muy grande, pues por este expediente parece que nos resignaríamos a la precariedad, a la carencia, al dolor, a la miseria, y que abandonaríamos toda esperanza. El Infinito tiene esta última apariencia, la de ser redentor, la de salvarnos de todo sufrimiento, tal es la apariencia que el Infinito adquiere en la mas elaborada religión del Infinito, el cristianismo…pero para necesitar esa redención, para tener que salvarnos primero debemos sentirnos perdidos o al borde de la perdición, primero debemos sentir nuestra finitud, fugacidad, precariedad, como una fatalidad horrorosa. Ahí esta: el Infinito nos redime de ser un ego cuando sentimos, con toda la emoción, que ser un ego es vivir en un continuo sufrimiento y sacrificio, pero no solo eso, sino no poder vivir aquí y ahora de ninguna otra manera, estar condenado, lo cual quiere decir que la fatalidad nos domina. El tiempo discurre para quien se obsede con el Infinito en su trascendencia atemporal como una maquina de picar carne, con un transcurrir monótono y sin sentido, sin alternativas ni misterios, sin salidas ni resoluciones. Por supuesto que una temporalidad fatal, lineal, determinista es el necesario complemento de la visión del Infinito como redención, pues si el tiempo no fuera lineal y fatal no podría ser vivido como una condenación. La idea de Apocalipsis del cristianismo exige un tiempo lineal sin derivaciones cuyo transcurso esta determinado por completo a su final destructivo, es un tiempo para condenados y condenado a su finiquitación. La visión apocalíptica es la mas elaborada e intensa visión de la imposición del Infinito sobre la finitud de lo temporal y de lo humano, pues el Apocalipsis no es otra cosa que la llegada del Infinito en busca de las almas que han de sumirse en el, sumirse en el en medio de una total destrucción y purificación, en medio de la condena total del tiempo y de sus criaturas. El Infinito acude apocalípticamente como la negación no solo del ego que ha vivido sin fijar el pensamiento en el, sin tratar de redimirse, sino también como la negación misma del tiempo, del devenir, de una temporalidad auténtica.

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Se podrá entender a esta altura que me estoy refiriendo al dios cristiano de manera confusa y equívoca identificándolo subrepticiamente con el Infinito pues afirmo por un lado que el Infinito se presenta como redentor, como salvador de las almas perdidas en la finitud, en el mundo de lo que no permanece y se corrompe, y por el otro afirmo que el Infinito se presenta como tentador, apelando a nuestro inconformismo con la muerte y con los frutos de la vida. Estaría confundiendo de este modo a Cristo y a Satanás en una misma entidad, el Infinito, cayendo en un error evidente. Pero el error no es tal si admitimos que el cristianismo presenta inverso el fundamento ético y que es necesario invertir su valoración de la vida para poder comprender la confusión a que nos arrastra.

En efecto, si nos conformamos a nuestra finitud hallando en ella regocijo y oportunidad, gozo y alegría, abandonando nuestro renegar y temer a la muerte, si nos pensamos finitos contra ese Infinito exterior que nos tienta, que nos quiere abrir sobre si y lanzarse dentro nuestro, si nos aplacamos en lugar de extender infinitamente el sueño de nuestras pretensiones halagados en nuestra vanidad por el Infinito, entonces ya no hay argumento que sustente la inconformidad aquella que nos lleva ante el Dios cristiano y comprendemos que se trata de un Dios de la desmesura, que oferta mucho mas que vida, oferta inmortalidad y participación en la omnipotencia, es decir, nos tienta. La tentación de la serpiente en el Génesis judío no es la misma que en el Nuevo Testamento cristiano, pues en el Génesis el que condena es directamente Dios y nos condena por exceder los limites de lo permitido mientras que en el Nuevo Testamento los que nos condenamos somos nosotros por no aceptar la oferta divina de extralimitarnos en lugar de permanecer adheridos a la tierra y a esta vida finita. Aquella serpiente simbolizaba una exigencia perteneciente al pensamiento mítico, que giraba alrededor de la finitud de la vida y el retorno cíclico de las generaciones, esta exigencia pertenece a la exaltación monoteísta.Para percibir con claridad la inversión que se ha producido en el camino leamos primero el Génesis: “Polvo eres y al polvo volverás” y luego en el Apocalipsis: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.” El dios apocalíptico no es un Dios que nos exige limites y conformidad con los frutos de esta tierra sino que nos tienta a extralimitarnos y nos invita a la inmortalidad, la misma que el Dios del Génesis quería impedirnos: “De modo que expulsó al hombre, y al este del jardín del Edén apostó a los querubines y la hoja llameante de la espada que continuamente daba vueltas para guardar el camino al árbol de la vida” Mientras que así el Dios genésico nos impide la inmortalidad, el Dios apocalíptico se presenta a sí mismo como el Infinito en persona, clamando ser el origen y el fin del tiempo, es decir, la fatalidad personificada, y tentándonos con una vida sin límites: “Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.” Incluso más explícitamente y directamente en contradicción diciendo: “Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida”.

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Para entender en que momento de la historia se ha producido esta inversión en la valoración de la vida, en el abandono del viejo precepto de la aceptación de la muerte y de los límites de la vida debemos considerar dos cosas. En primer lugar, el pasaje del politeísmo al monoteísmo y en segundo lugar el ofrecimiento de redención completa.

El politeísmo, que corresponde al viejo pensamiento mítico, colocaba al tiempo y a lo comunitario por encima de toda individualidad incluyendo la de los propios dioses, de modo que era religión en un sentido originario, en el sentido de colocar al individuo en el circulo de lo social, de modo que este no podia mas que aceptar su finitud. Pero, y en esto tomo la logradísima investigación de Freud al respecto, el faraón Amenhotep IV autoproclamado Akhenaton, en un acto de vanidad sin precedentes proclamo un Dios Único, el dios Atón, y procedió a derribar todo rastro de politeísmo en Egipto. Por supuesto que este acto terminó con una fuerte reacción del pueblo egipcio, que reconstituyó su mundo y aniquiló la memoria de Akhenaton, pero el comienzo de la inversión ya se había producido y no tendría vuelta atrás pese a la minuciosidad con que los egipcios trataron de evitarlo. De acuerdo siempre con la investigación freudiana Moisés fue un discípulo de Akhenatón que viendo perseguida sus ideas al interior de Egipto decidió propagarlas entre los judíos. De modo que Moisés llevó la doctrina del Dios Único a los judíos, iniciando a través de ellos la conquista del mundo por parte del monoteísmo. Los judíos no pudieron comprender por completo la doctrina que se les trataba de inculcar, seguramente, y por ello no pudieron conectar la idea de unicidad con la idea de infinito. El Infinito es Único, Omnipotente, y Akhenaton esperaba sin duda de el, como solían esperar todos los faraones egipcios de una u otra manera, la inmortalidad de su alma vanidosa. Los judíos no tenían esa obsesión por su inmortalidad que anegaba la mente de tantos momificados egipcios pero comprendieron claramente lo que significaba la omnipotencia de su Dios: significaba ser un favorecido por la fatalidad irresistible, significaba tener que obedecer sin duda ninguna, significaba negar todo otro dios, toda otra identidad divina como falsa y de este modo llamarse a si mismo el pueblo de la Verdad. Una verdad omnipotente e indiscutible, y por lo tanto una verdad infinita se apodero del pueblo judío como consecuencia de la prédica de Moisés y de este modo la maldición de Akhenatón hizo presa sobre ese pueblo no sin que su propia vanidad egocéntrica hubiera tenido algún papel en ello. El pueblo judío fue tentado y cayó en tentación. La tentación de que se trata se invistió de moralidad pero no dejó de ser la tentación de identificarse, sumirse mediante obediencia en la posesión de un poder total, un poder sin límites, un poder infinito. Moisés mismo sabía que el bien con que se donaba a si mismo y a los judíos era, en el fondo una invocación al mal, entendido el mal no solo como la desobediencia sino como cualquier intento de apartarse de la obsesión del dios Único. En el Deuteronomio constan estas palabras atribuidas a Moisés: “Vean que estoy poniendo ante ustedes hoy bendición e INVOCACIÓN DE MAL; la bendición a condición de que obedezcan los mandamientos de su…Dios; y la invocación de mal si no obedecen los mandamientos…” Elmal, la vanidad en esencia, ha sido puesta por este seguidor de Akhenatón como el supremo bien en una inversión engañosa y seductora…y el ofrecimiento tentador es el de compartir la omnipotencia: “Ningún hombre se mantendrá firme contra ustedes…su Dios pondrá el pavor de ustedes y el temor de ustedes ante la haz de toda la Tierra sobre la cual pisen, tal como les ha prometido.” Lo que nunca dijo Moisés al pueblo judío es que el terror con que su Dios lo ampararía de las demás naciones sería fácilmente rebasado por el odio, el odio a los judíos…y que por lo tanto el terror seria vivido antes por los judíos que por ningún otro pueblo…y ese es el precio de la vanidad a que fueron tentados. El dios puro y exclusivista, el dios sin limites, el dios infinito, es el Infinito mismo y cuando la finitud humana pretende extralimitarse hacia el su finitud termina destruida. La invocación del Dios Único es desde el principio la invocación de la destrucción de la finitud a manos del Infinito. “Deben destruir POR COMPLETO todos los lugares donde las naciones que ustedes están desposeyendo han servido a sus dioses…Y tienen que demoler sus altares y hacer añicos sus columnas sagradas y deben quemar sus postes sagrados en el fuego y cortar las imágenes esculpidas de sus dioses y tienen que destruir los nombres de ellos de aquel lugar” Guerra de exterminio pues, exterminio que los judíos mismos acabaron sufriendo a manos de un pueblo, como el alemán, que fue educado vastamente en la doctrina del Dios Único. La intolerancia, es decir, el no soportar lo que nos excede o nos contrasta, lo que se nos opone o simplemente coexiste con nosotros, la intolerancia todopoderosa…el ansia de infinito como infinitud de la voluntad y del poder se expresa desde la raíz mosaica. “En caso de que tu hermano, o tu hijo o tu hija o tu esposa estimada o tu compañero que es como tu propia alma trata de atraerte en secreto diciendo: -Vamos y sirvamos a otros dioses…no debes acceder a su deseo ni escucharle sino que DEBES MATARLO SIN FALTA. Y TIENES QUE APEDREARLO CON PIEDRAS Y TIENE QUE MORIR, PORQUE HA TRATADO DE APARTARTE DE TU DIOS.” El fanatismo cruel que una larga historia de monoteísmos sangrientos ha llevado como una plaga sobre el mundo nacen aquí, en la doctrina mosaica. Y si a un hermano, si a un amigo amado se lo asesina a pedradas y sin compasión solo para conservar la obediencia al Dios Único…¿cuanto más no se hará contra el que no consideramos nuestro hermano?. Ante la posibilidad de que una ciudad judía renegara del Dios Único este sería su castigo: “Dala por entero y todo lo que hay en ella y sus animales domésticos, a la destrucción, a filo de espada. Y debes juntar todo su despojo en medio de la plaza pública, y tienes que quemar en el fuego la ciudad y todo su despojo como ofrenda entera a tu Dios, y tiene que llegar a ser un montón de ruinas hasta tiempo indefinido.” La destrucción total, pues, es decir, la destrucción infinita como inmolación en las aras del Infinito.

La doctrina cristiana perpetúa la adoración del Infinito en la forma del Dios Único pero abandona la mera idea comunitaria de obediencia…el Dios cristiano ya no es solo un dios amenazante, transfigura de manera definitiva su rostro maligno, aquel que invocaba Moisés ante la posibilidad de la desobediencia. El Dios cristiano es un dios persuasivo que espera a sus seguidores, que no intenta forzar sino que ofrece la Redención. Así el Infinito, el Omnipotente, Único, Irresistible, deja libres a sus criaturas para que se rediman o no se rediman. Una máscara de amor infinito reviste ahora al Invisible, y esa mascara amorosa es el rostro de Cristo asumiendo toda nuestra impotencia, nuestro dolor, nuestra miseria, nuestra muerte, para transformarla en omnipotencia, felicidad total, inmortalidad. Sin embargo, aun entre los velos de tanto y tanto amor, la doctrina cristiana no puede dejar de lado la oscura faz maligna que se presenta aquí y allá, entre líneas…de nuevo amenazante, de nuevo exigiendo la obediencia absoluta y esta vez la condena que se nos anuncia si no creemos, si no obedecemos pura y exclusivamente al Dios Único no es la simple destrucción sino una destrucción eterna, una destrucción infernal, la asfixia infinita en un dolor sin término… “…y serán atormentados dia y noche para siempre jamás” La tortura, esa crueldad que se ensaña con los limites de la carne, la tortura es invocada como tortura eterna, como tortura infinita en nombre del Infinito Dios que de este modo revela su verdadero rostro y no aquel amoroso y compasivo, imposible. El exclusivismo es mas atroz, mas exigente con el advenimiento del cristianismo, que constituye por lo tanto una profundización, una agudización de la enfermedad espiritual mosaica. La vida humana misma en su realidad terrena ha quedado negada, la autonegación yoica se ha consumado contaminando de manera intensa el espíritu y todo a favor de esas pretensiones deadherirse al Infinito, de entregarse a el, de sumirse en el para experimentar omnipotencia e inmortalidad. La consolación resultante de nuestras penas, de nuestros instantes de impotencia es el apocalipsis, es decir, la negación absoluta de todo lo que en verdad somos y podemos. Por eso el rostro de Cristo cuando manifiesta su inhumanidad no es mas que el rostro de un monstruo: “…su cabeza y su cabello eran blancos, como lana blanca, como nieve, y sus ojos como una llama de fuego y sus pies eran semejantes al cobre fino cuando fulgura en el horno; y su voz era como el sonido de muchas aguas. Y en su mano derecha tenia siete estrellas y de su boca salía una aguda espada larga de dos filos y su semblante era como el sol cuando resplandece en su poder. Y cuando lo vi caí como muerto a sus pies”. 6 A pesar de la lúgubre esterilidad y destructividad del monoteísmo no es cierto que su esterilidad haya sido absoluta. Al presentar a su Dios Único como un dios redentor la doctrina cristiana tuvo que reintroducir la opcionalidad genésica, es decir, tuvo que dar a la finitud humana el atributo de una cierta potencia, la capacidad de elegir, el libre arbitrio, aunque esta capacidad solo le rindiera finalmente para optar entre la infinita destrucción y la eterna felicidad, es decir, una electividad forzada y ridícula. Pero con ello el cristianismo puso la semilla de su propia decadencia, de su propia negación, ya que el concepto de libre arbitrio, el concepto de libertad, por lo tanto, dio lugar a una profunda reconsideración acerca de la naturaleza humana, revisión que concluyo en la convicción de que el ser humano no es un miserable impotente condenado a un vía crucis terrenal que solo puede ser rescatado por la intervención infinita de un Dios todopoderoso. Se llego a la viva conclusión de que el ser humano es libre y que su libertad es lo que lo convierte en el hacedor de su propio destino. Pero la trampa del infinito surge aquí y allá, en todas partes, y no satisfechos algunos con la libertad encerrada en los estrechos limites de una existencia finita prefirieron soñar con que esa libertad, sintetizada en la libertad del pensamiento, podia conducir a la mente hacia la nacionalización completa, hacia la conquista completa de la totalidad exterior, y que por medio de su libre determinación pensante podia el ser humano dominar sobre el mundo de manera completa, llevando esta dominación in crescendo hasta los limites del universo. Una libertad sin límites, un poder sin límites, que la vía del conocimiento abriría de manera progresiva pero indefectible. Así los racionalistas y los utopistas que colocaron la libertad individual por encima de toda restricción, se endiosaron a si mismos, creyeron hallar en si mismos la potencia infinita que ya no esperaban de una exterioridad desencantada. El ser humano, faro de la naturaleza, iria a conquistar hasta el ultimo rincón del orbe para ponerlo bajo el todopoderoso influjo de su obrar y de su intelecto. Por supuesto que los filósofos que así forjaron una nueva época a partir de las ruinas del cristianismo tuvieron de cierta manera que extraer esa omnipotencia humana racional y libertaria que así consagraban de las fuentes mismas de la divinidad a la que poco a poco harían morir. Así Descartes pide permiso diciendo al Infinito: “En primer término, la regla general que afirma la verdad de las cosas que concebimos muy clara y distintamente, se funda en que Dios existe, en que es un Ser Perfecto y en que todo lo que hay en nosotros procede de El, de donde se sigue que nuestras ideas y nociones, puesto que se refieren a cosas reales y proceden de Dios, en lo que tienen de claras y distintas, no pueden menos de ser verdaderas” No pueden menos, dice Descartes, y por lo tanto, lo pueden todo, pueden, claro que si tener, ante si la Verdad Absoluta. Aquí surge sin embargo, una dicotomía que la vanidad renovada no puede salvar. Si se afirma la libertad en el ser humano, puesto que este es parte del mundo, se afirma asimismo la libertad en el mundo y la captación racional del mundo, que depende del grado de necesidad y de control con que los acontecimientos se producen, queda en entredicho. Por otro lado, si la necesidad racional gobierna al mundo, puesto que el ser humano es parte de ese mundo racional, entonces su libertad no existe y su omnipotencia es una ilusión. Esta es la contradicción del racionalismo en el que aún permanece atrapada la ciencia moderna. Como dice Hume, “la libertad, cuando se la opone a la necesidad, no a la restricción, es la misma cosa que el azar, respecto del cual está universalmente reconocido que NO TIENE EXPERIENCIA.” Kant intenta resolver esta paradoja ante los ojos de su época con un esfuerzo intelectual de grandes proporciones pero su fracaso es estridente porque para ello debe exhibir, por la distinción entre noúmeno y fenómeno que la razón se encuentra irremediablemente limitada. Si se ha de conservar la libertad como existente de manera autentica, entiende Kant, deberá admitirse la impotencia de la razón. La vanidad del ser humano, que alentaba su pretensión infinita en la doctrina cristiana y luego en ladel racionalismo divinizador, queda, por medio del mazazo kantiano, en tela de juicio, en un impasse entre un intento de retornar al viejo refugio religioso y sumirse en el nihilismo mas feroz. Dice Kant: “Así pues no puedo siquiera admitir Dios, la libertad y la inmortalidad para el uso práctico necesario de mi razón, como no CERCENE AL MISMO TIEMPO A LA RAZON ESPECULATIVA SU PRETENSIÓN DE CONOCIMIENTOS TRASCENDENTES” Posteriormente Hegel haría su intento de reconstruir la racionalidad misma para evitar este sacrificio y conservando la libertad absoluta del espíritu conservar al mismo tiempo su omnipotencia. Pero poco importo a la nueva época desgarrarse entre las depresivas meditaciones de un nihilismo creciente, que colocaba al ser humano en medio de su impotencia con rigor cínico, y las eufóricas exaltaciones de la racionalidad rediviva y triunfante en cada nuevo logro técnico. Todo siguió adelante, y la vanidad incluso se alimento del nihilismo, pues el cinismo del pensamiento que todo lo degrada a cosa fútil es también una forma de extralimitarse con soberbia.

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Al comenzar el siglo XXI deberíamos haber superado por fin aquellas ansias de extralimitación, sobre todo teniendo en cuenta que poco a poco nos encontramos con los límites de la Madre Tierra, que si bien es pródiga, no lo puede ser infinitamente. Pero el impulso de omnipotencia persiste ya sea en la forma de un expansionismo capitalista que poco a poco encuentra su ataúd terrestre o en la forma de un retorno a los rezos matinales, a las ansias de escape de las limitaciones que nos conforman y nos esfuerzan. Si, hay que admitirlo, se respiran en el aire redivivos aromas de incienso y se quiere levantar de su tumba, despreocupándose de la tumba que sería la Tierra si no nos decidimos a abandonar este panorama de soberbia, se quiere levantar de su tumba, digo, al Dios Infinito, y no sin proclamar mientras se lanzan bombas de uranio (empobrecido o enriquecido, quien lo sabe), con viejos aires monoteístas que solo hay dos opciones: estar de nuestro lado o estar contra nosotros, en cuyo caso el exterminio será nuestra manera de dialogar. Pero no solo estos aires de justicia infinita quieren volver a brotar de la pútrida ciénaga, sino que se vuelven a pasear a sus anchas los predicadores llevando la buena nueva de que Dios todavía no ha muerto sino que quizás agoniza. No ha sido la moderación de los ateos sino la falta de insistencia de los filósofos en reconsiderar la muerte del Dios Infinito lo que ha permitido que los rezadores regresen con renovadas fuerzas. A ello se agrega una cierta nostalgia y deseo de volver a obedecer mientras a impulsos de la vanidad del capital parecen desmoronarse no solo los glaciares. Pero ni lo uno ni lo otro son mas que un retorno a la extralimitación, a la decisión profunda de no darse por vencido y aceptar los límites, y tanto si seguimos adelante como si nada nos detuviera ni siquiera la carne chamuscada y tasajeada de medio millón de iraquíes, o si retrocedemos sin recordar las asfixiantes imágenes de la tortura inquisitorial, solo damos un paso más hacia el abismo de la autonegación. Dice Nietzsche: “Valores falsos y palabras ilusorias: ésos son los monstruos peores para los mortales. La fatalidad duerme y aguarda en ellos largo tiempo. Mas al fin llega, despierta y devora a aquel que construyó cabañas sobre ella. ¡Mirad las cabañas que se han construido los sacerdotes! Iglesias llaman a sus antros de empalagoso aroma. ¡Qué luz tan falsa la suya, qué aire con olor a moho!…¿Quién creó para sí tales antros y escaleras de mortificación? ¿No sería alguien que quería esconderse del cielo puro?” Todavía más enfáticamente dice Nietzsche: “¡Y no supieron amar a su Dios como no fuera crucificando al hombre!” No detendremos la máquina de nuestra soberbia volviendo a rezar, eso debe quedar bien claro. “Rezar es una vergüenza. Bien lo sabes: ese demonio cobarde que llevas dentro, a quien complace juntar las manos y cruzar los brazos, y sentirse más cómodo- ese demonio cobarde te dice: ¡Hay un Dios!” Antes de volver a rezar es preferible leer palabras que nos purguen de semejante infamia, como estas de Mencken: “La convención social mas curiosa de esta época es aquella en virtud de la cual se deben respetar las opiniones religiosas. Cualquiera debe estar en condiciones de percibir sus efectos nocivos. Solo sirve para: a) echar un velo de santidad sobre ideas que ofenden todo decoro intelectual. b)convertir a cualquier teólogo en una especie de libertino amparado por la ley. Sin duda dicha convención es la responsable de que las ideas realmente sensatas progresen en el mundo con una lentitud tan aterradora.” Decía el olvidado Max Nordeau: “Cada acto religioso particular seconvierte en una comedia culpable y en una indigna sátira cuando se ejecuta por un hombre culto del siglo XIX” ¡Y hablaba del siglo XIX!. ¿Cómo hacer entender que la estupidez es solo el disfraz de la soberbia más atroz y amante del horror? Tal vez no alcancen todas estas palabras de modo que solicito a quien tenga disposición inteligente que considere esta cita de la Biblia como síntesis de lo que trato de rechazar aquí, extraída de 2Reyes, capitulo 2 y referente al profeta Eliseo: “Y procedió a subir allí a Betel. Mientras iba subiendo por el camino, hubo unos muchachitos que salieron de la ciudad y empezaron a mofarse de él y subieron diciéndole: – Sube calvo, sube calvo. Por fin el se volvió y los vio e invocó el mal contra ellos EN EL NOMBRE DE DIOS. Entonces dos osas salieron del bosque y se pusieron a despedazar a cuarenta y dos niños del número de ellos.”
Aun quiero agregar algo EN NOMBRE DE ESOS NIÑOS DESCUARTIZADOS: – Sube calvo, sube calvo, sube, sube y no vuelvas a bajar nunca más.

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