El tiempo y la eternidad en Marcel Proust (por Jose Luis Gulpio)

Primera parte: “Por el camino de Swann “ DE MARCEL PROUST

INTRODUCCIÓN_______________________________________________________

Tengo conciencia de lo extenso de la obra literaria que he elegido y que tal vez peco de ambicioso al tratar de analizar la experiencia del tiempo y la eternidad en esta magistral obra de Marcel Proust . Me valdré sobre todo de algunos pasajes de la primera parte de esta extensa novela, especialmente analizaré el primer tomo: “Por el camino se Swann”. Siendo una obra extensa en su edición completa (tres volúmenes) sin embargo no podía dejar de elegirla ya que he quedado seducido por la forma y el modo en que este sensible escritor se enfrenta al tema en una época en la que él brilla con luz propia. Época de post revolución industrial donde el nuevo dios mercado comienza a ganar adeptos sumisos que sólo viven el tiempo como oportunidad para producir, generar réditos y procurar ganancias. En la época en que Marcel Proust se detiene a escribir sobre lo esencial y eterno de la vida, sus contemporáneos no tienen tiempo para el tiempo.

Proust logra trascender la frontera del fijismo, del determinismo y del instrumentalismo moderno para detenerse en lo esencial, en lo que da sentido a la vida, en los instantes fecundos y eternos que no se pueden medir ni controlar porque, simplemente, no se puede encerrar la vida que se manifiesta y estalla por doquier, muchas veces, a pesar nuestras planificaciones. En su época Marcel Proust fue criticado porque aquellos que mantenían su sensibilidad encerrada y sus ojos ciegos frente a la eternidad que se revela incesantemente, vieron en su obra, retratos de fiestas y de acontecimientos banales de la vida burguesa. Castigaron a Proust porque, consideraban, se dedicaba a analizar profunda, meticulosa y microscópicamente sentimientos y emociones triviales. Sin embargo el propio Proust llega a identificarse con Einstein cuando afirma que ambos tienen roles similares en la historia: la precisión en la observación, sinceridad ante los hechos. Podríamos decir que si bien la trasciende, Proust también incorpora algo del espíritu propio de la modernidad, además de místico, también es positivista en parte ya que analizaba exhaustivamente y ansiaba encontrar las leyes que unía a dos obras, seres o sensaciones. Pero captar estas leyes no basta con la razón instrumental y tecnicista sino que es necesario poner en funcionamiento y despertar todo lo que el ser humano es y que en la modernidad se había descuidado. Es decir, para captar las leyes que trascienden el tiempo hay que abrir los ojos de la sensibilidad, despertar el corazón dormido, unir la mente (razón) con las entrañas. La sola razón no basta para romper las fronteras que nos conduzcan a la eternidad. Considero que es de vital importancia detenernos en este agudo pensador que supo tener un espíritu de sutileza frente a un excesivo espíritu geométrico que atravesaba Europa y que, ya la propia historia se ha encargado de demoler. Proust deja de manifiesto las dos maneras de enfrentarnos al misterio del tiempo, por un lado el tiempo como continuidad lineal, vivido de forma cíclica (cronos) y por otro lado el tiempo como acontecimiento de plenitud, de eternidad, como acontecimiento de sentido y de salvación (kairós). Es por este motivo que consideré pertinente y enriquecedor acercarnos a este grande del siglo XX.

EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD_____________________________________________

Uniéndonos con André Maourois podemos decir que Proust estaba obsesionado con el tema del Tiempo. Su atención y reflexión se habían dirigido a lo increíble y duro del paso feroz e indefectible de los instantes, al incesante devenir de las cosas y a las cicatrices que de ellas quedan en nuestro cuerpo, en todo nuestro ser, segundo a segundo, minuto a minuto, año a año. Marcel Proust experimentaba que, conscientes o no, queriéndolo o no, todos los seres humanos estamos inmersos en el tiempo, en incesante lucha por querer detenerlo, planificarlo, predecirlo y dominarlo. Las agendas son una pobre muestra impresa de querer controlar y planificar en enero lo que haremos en diciembre ¡pobre ser humano, grande y miserable a la vez, en palabras de Pascal. Pretendemos aferrarnos a un proyecto, a una profesión, a una pasión, tal vez a una amistad, a una persona. Pero todo, absolutamente todo a lo que nos aferramos en esta lucha contra el tiempo, todo en lo que depositamos nuestra esperanza, termina disolviéndose, mutando, disgregándose, bien por la muerte, por cambios en las relaciones que manteníamos o por cambios en nosotros mismos y en los otros. Un olvido que llega lentamente a nuestra mente comienza a diluir, esfumar, y a alejar de nosotros los recuerdos que una vez fueron caros y gratos a nuestra memoria. ¡El hombre no es más que un junco nuevamente nos alerta Pascal! El tiempo pasa y pasa y parece que perdemos el partido que hemos emprendido. El tiempo destruye pasa y destruye a nuestros seres queridos, pero también a las sociedades, a los barrios, a los pueblos, a los estados y gobiernos. Los que una vez lucharon apasionadamente por ideas o divisas hoy se encuentran inválidos, viejos y seniles sentados en el mismo banco de la misma plaza esperando que llegue la muerte para que puedan dejar de acordarse de su glorioso pasado político o de cuando sus piernas rompían el viento con su agitado andar. Esto lo experimentamos cuando volvemos a un lugar que una vez nos fue significativo y que pertenece a las fibras de nuestro ser y ¡oh sorpresa! nos encontramos que aunque todo esté igual, todo está diferente, ya no es el mismo lugar, ya no experimentamos lo mismo, porque estos lugares no estaban en el espacio sino en el tiempo y porque ya nosotros no somos aquellos niños que éramos dueños del lugar, del aire, de la tierra y de los árboles. La filosofía clásica nos ha dejado la idea de que el hombre va construyendo su personalidad sólida, como núcleo invariable, como “estatua espiritual” así es la vida del hombre virtuoso en la Grecia clásica pero también en la Edad Media y me atrevería a decir que también en el hombre moderno que, disparado a la conquista del mundo natural y social tras el estandarte de la razón va cultivando su intelectualidad a través de la ilustración y de las ciencias. Sin embargo Proust experimenta que el suejto se disgrega en el tiempo y por el tiempo. Así, un día, nos encontramos que ya no somos lo que éramos en nuestra adolescencia, no ha quedado nada de nuestros sueños y luchas de la juventud, hemos tirado o perdido nuestras armas que antes eran signos de nuestro vigor y utopías. “La vida se me aparece como una sucesión de períodos en cada uno de los cuales, al cabo de cierto tiempo, desaparece todo vestigio del precedente. Es algo desprovisto del fundamento de un yo individual, idéntico y permanente, algo tan inútil para el porvenir y tan largo en el pasado que la muerte puede segarlo en cualquier momento sin por eso concluirlo, como sucede con esos cursos de historia de Francia que se interrumpen, según el capricho de los programas o de los profesores, en la Revolución de 1830, en la de 1848 o en el segundo Imperio” El cambio incesante del yo a causa del paso del tiempo es para Marcel Proust como una muerte continua por eso afirma que nuestro yo enamorado es incapaz de imaginar a nuestro yo no enamorado; nuestro yo joven se burla de los sentimientos de los viejos. Deberíamos cambiar de nombre cada vez que nos conscientizamos de los cambios radicales en nosotros; porque la estabilidad del carácter que atribuimos a los demás es tan ficticia y pasajera como la nuestra. Hasta aquí vemos como Proust analiza metódica y científicamente cual profesional moderno la destrucción de los seres por obra y gracia del Tiempo. Pero, como ya dijimos, también encontramos en Proust al místico que no ha renunciado a la metafísica, que no ha renunciado a mirar el tiempo no solo con el espíritu de geometría sino también con el espíritu de sutileza que Pascal nos heredó. Podemos afirmar con Maurois que encontramos en Proust también a un filósofo idealista que se resiste a la idea de una muerte absoluta, de que todo pasa y se desvanece porque intuye y manifiesta que existe en él algo que permanece, algo eterno. Proust logra experimentar que aquellos instantes que él consideraba pasados vuelven e irrumpen como disparos de eternidad en el presente. Para nuestro escritor el tiempo no muere sino que pervive en nosotros, en lo más intimo de nuestro ser. De ahí la idea clave de toda su obra: ir en busca del tiempo perdido que está allí, en nosotros mismos. Tiempo que está esperando lo reencontremos para que pueda, nuevamente, salir a luz y darnos vida y darnos sentido. Queda claro en su obra que para él el mundo real no existe. Lo creamos nosotros. Por eso un hombre enamorado encuentra maravilloso un paisaje que para otro es horrendo. A Proust le interesa poco las realidades incognoscibles y se dedica a describir momentos e impresiones y a mostrar a los lectores el mundo tal cual lo ven los demás. En definitiva, como primera aproximación podemos decir que en la novela En busca del tiempo perdido, los temas son el tiempo que destruye y la memoria que conserva. Pero Proust alerta sobre la memoria voluntaria que proviene directamente de la inteligencia; esa memoria nos permite ir y venir del pasado hasta el presente recomponiendo situaciones, imágenes y hechos. Para Proust este tipo de memoria no nos sirve y evocar de esta manera el pasado es inútil. Lo que la memoria voluntaria conserva del pasado ya no nos dice nada del pasado. Abrir la inteligencia y la sensibilidad a la irrupción de aquellos momento que han quedado en nosotros para la eternidad, aquellos olores y remembranzas que han calado hondo en nosotros “Cuando de un pasado antiguo nada sobrevive después de la muerte de los seres o de la destrucción de las cosas, sólo quedan, más frágiles, pero más vivos, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor que duran largo tiempo, como almas, recordando y aguardando sobre las ruinas de todo lo restante, sosteniendo sin doblegarse, sobre su gotita prácticamente impalpable, el edificio gigantesco de la remembranza.” En estos momentos descritos fascinantemente por Proust, el tiempo es reencontrado y vencido porque un fragmento entero del pasado viene a convertirse en presente. Estos instantes vividos, sentidos y recobrados son para Proust instancias en las que se conquista la eternidad. Toda la monumental novela de este escritor no es la mera descripción de determinados ámbitos de la sociedad francesa de su época sino “la lucha del Espíritu contra el Tiempo” , la imposibilidad de encontrar en la vida real un punto fijo al cual afincarse, el deber de encontrar ese punto fijo en uno mismo, la posibilidad de encontrarlo en la obra de arte. Proust logra recobrar el tiempo perdido mediante grupos de sensaciones, recuerdos análogos al de un desayuno con magdalenas y té en la casa de su tía. El tema de Por el camino de Swann es el drama de un ser sensible y lúcido que desde niño ansía la felicidad y va en su búsqueda; es la búsqueda por el Absoluto. Pero trata de no engañarse, como la mayoría de los hombres, y caer en creer que se ha llegado a la meta cuando se ha alcanzado el éxito, la gloria, el amor, pues esto es un mundo ficticio. Proust al trascender estos límites, busca un absoluto más allá del tiempo y del mundo. Es el absoluto que los religiosos buscan en Dios y que Proust busca en el arte pero que, en definitiva, considero, forman parte indisoluble del único Absoluto que es Dios porque el arte proviene también de su mano creadora y porque en sus orígenes el arte proviene de la religión y porque además la religión se ha expresado y se continúa expresando a través del arte para comunicarse y revelarse. La fe se expresa en el arte y las verdades que le son inherentes también, porque a través del arte se accede a un tipo de conocimiento que con el sólo esfuerzo racional es difícil de lograr. “En realidad, una imagen ofrecida por la vida nos aporta, en ese momento, sensaciones múltiples y diferentes… Cómo, por ejemplo, la visión de las tapas de un libro ya leído en los caracteres de cuyo título quedaron grabados los rayos de luna de una lejana noche de estío; el sabor del café con leche de la mañana que nos trae la vaga reminiscencia del bello tiempo pasado que tan a menudo, mientras bebíamos el líquido en un tazón de porcelana color crema y ondulada, que semejaba leche endurecida, n os sonreía en la clara incertidumbre del amanecer. Una hora no es sólo una hora, sino un vaso lleno de perfume, sonidos, proyectos y climas…” Una hora no es sólo una hora dice lo que hemos citado; en esta frase brillante queda patente la concepción prousiana del tiempo que rehúsa ser transformada solamente en medida, en cantidad. Esta concepción típicamente occidental de enfrentarnos al tiempo, a los otros, queda vencida por la literatura de Proust: una hora es además un vaso lleno de perfume, sonidos, proyecto, climas… el tiempo no medido sino vivido, sentido, disfrutado. El tiempo más que un continuo devenir de actividades en mi agenda puede dar lugar al contacto con lo eterno, con el acontecimiento impredecible que plenifica y da sentido a la vida, el tiempo, de Cronos, pasa a convertirse en Kairós. Una hora más que sesenta minutos puede ser tiempo de salvación, de encuentro, de alegría, de diálogo, imposible todo esto de ser reflejado en el tic tac del reloj. Dalí es ser un artista que puede ayudarnos en este momento de nuestro itinerario para comprender más a Proust. En 1931, Salvador Dalí pintó una de sus obras más importantes, “La persistencia de la memoria”, también denominada “Los relojes blandos” En esta curiosa obra el artista español trata de mostrar su desacuerdo a enfrentarnos al tiempo desde un lugar estático y como una realidad rígida. Esto era lo que obsesionaba a Marcel Proust y que Dalí pintó: la sensación de que el tiempo y la vida se diluyen, se disgregan y se escurren por doquier, nada puede contenerlos. Las obras de Salvador Dalí nos regalan una maravillosa expresión artística del tema del tiempo y la eternidad. En sus obras aparecen relojes deshaciéndose, escurriéndose por sobre una mesa, el tiempo que se va esfumando. Son justamente lo relojes, instrumentos concretos que son símbolos de una manera específica de vivir el tiempo, como medida, como continuidad, como planificación, expresión típica de una modernidad racionalista que ya se está acercando a su ocaso según la brocha de Dalí. Esta manifestación del pintor español es también una forma de enseñar al hombre moderno que el cálculo frío que todo lo quiere reducir a cantidad, a medida y a análisis, tanto el tiempo como al otro, es ya una forma de morir, de experimentar como la vida se nos escurre y nuestra racionalidad instrumental no puede hacer nada para detener esta muerte en vida. La vida y el tiempo trascienden lo que nuestra técnica pueda hacer para conceptualizar, etiquetar, en definitiva, cosificar. Por otro lado es de notar que todos los paisajes que aparecen en las obras de Dalí, alrededor de sus relojes, muestran sequedad, muerte, desesperanza, es decir, Dalí busca mostrar que siempre que intentamos medir y detener el tiempo para tener seguridad y certezas claras y distintas, es una empresa inútil porque el tiempo se ríe de nosotros y se escurre igualmente dejando paisajes de desolación y de muerte. Pero podríamos pensar: ¿el tema del tiempo y la eternidad en la novela de Proust nos queda solamente en instantes de plenitud a través de una memoria afectiva e integral del pasado? ¿Será que la eternidad en Proust es una taza de té en la infancia, una magdalena o el sólo disfrute estético? Claro que no. Podemos encontrar en Proust, claramente, el tema que abordamos al inicio. Encontramos en su obra literaria influencias de la filosofía platónica. El hombre, encadenado en la caverna no ve más que sombras, pero esas sombras están proyectadas por algo. El arte nace de las impresiones, por lo tanto, el papel de Proust, como artista, es encontrar “la impresión sensible e interpretar con la inteligencia y con la sensibilidad las sombras vistas en la caverna” Para Marcel Proust el mundo está sometido a leyes sin las que ninguna ciencia sería posible y piensa que existe cierto vínculo entre la inteligencia humana y el universo. Pero no podemos decir con certeza absoluta que creyera en Dios. Pero en partes de su obra cuando medita sobre lo increíble del hecho de cada día al despertar recuperemos nuestra personalidad piensa que la resurrección puede ser algo similar a esta cotidiana operación de la memoria. Pero sin lugar a dudas, todos sus críticos lo afirman, él cree que la eternidad está en la obra de arte. Como poeta logra trascender y sustraerse al tiempo. El arte es para Proust, una forma de salvación y de vivir hoy la eternidad, el arte es una práctica escatológica. “Entre el misticismo del artista y el del creyente no hay conflicto alguno. Los constructores de catedrales, los italianos primitivos, los poetas sagrados, han unido los dos órdenes de búsqueda.”

CONLUSIÓN___________________________________________________________ _

Podemos afirmar que Proust, en su extensa obra, subraya la dimensión existencial del tiempo. Logra vencer la primera sensación de que el tiempo es el principio de disolución en el que todo se pierde, donde los ideales e ideas pasan y desaparecen. El tiempo no es el disolvente ni el aniquilador de la vida, sino la forma en que accedemos a nuestra vida espiritual, a nuestra naturaleza viva, es decir, a llevar en nosotros la posibilidad y la apertura a la eternidad. Reencontrarnos con el espíritu encarnado que somos. Lo que somos es algo que venimos a ser no sólo en el tiempo sino a través del tiempo. Cada instante nos abre la posibilidad a un plus que nos habla de ir a más, de descubrir que somos seres que estamos hechos para buscar y vivir la eternidad. No nos conformamos con el mecanicismo que ha impregnado todas las áreas de la cultura e incluso nuestra concepción del tiempo en occidente. Proust ya se reveló a este modo de vivir. El tiempo pasado, perdido, no nos hace más pobres y viejos sino que es precisamente lo que expresa el contenido de nuestra vida. El pasado y el presente, los sueños y los pensamientos se abrazan para superar los dolores de la distancia y del devenir del tiempo. La sensibilidad en Proust busca nuevos caminos con libertad del espíritu humano respecto de los estrechos márgenes que nos imponen el espacio y el tiempo medido. Proust logra romper tanto la circularidad del tiempo como la concepción del mismo como línea recta hacia delante. Sale a luz el hecho de que las vivencias y los acontecimientos no están vinculados por los lazos de proximidad en las agendas y calendarios. En Proust se nos manifiesta la concepción de una existencia vital, en movimiento, dinamismo, transparencia, espiritualidad, en la medida en que se vive el presente como fruto del pasado. Proust aparece entre los primeros que, más allá de encontrar en todo la utilidad de la acción, de las cosas y de las personas, pone su mirada en la contemplación, el recuerdo, el arte, como caminos posibles para poseer la vida y así encontrar una puerta a la eternidad haciendo del tiempo posibilidad de Kairós.

BIBLIOGRAFÍA________________________________________________________ __
• Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. Editorial Alianza, Madrid, 1998. • André Maourois. En busca de Marcel Proust. Editorial Vergara, Barcelona, 2005. • Jean Pommier. La Mystique de Proust. Editorial Droz, Paris, 1939. • Rafael Alvira, Héctor Ghiretti y Montserrat Herrero. La experiencia social del tiempo. EUNSA, Pamplona, 2006. • Pablo Peralta. Vivir a tiempo. Reflexiones en torno al misterio del tiempo. Editorial, Montevideo, 2003

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