Cuando el Derecho a través de la norma jurídica refiere a “el hombre”, suponemos que está hablando de un “hombre genérico” y como las normas se fundan sobre la base del supuesto de igualdad entre las personas (“todos somos iguales ante la ley”), generalmente olvidamos analizar a qué hombre realmente hace referencia.

Al dejar estos espacios en blanco, es que se da lugar al pre-juicio, a lo sobreentendido, y aparecen las injusticias encubiertas. Si se analiza de acuerdo al discurso jurídico, podemos ver que en realidad la norma históricamente ha sido pensada por hombres (y no genéricamente), y para hombres. Para defender los derechos de hombres, de raza blanca, propietarios, y heterosexuales. Con los cambios sociales que se han dado al respecto de la situación de la mujer, el derecho ha tenido que irse adecuando, aunque aún hoy persisten normas sumamente discriminatorias. Tras esta insistente idea de que somos todos iguales, se deja fuera algo vital, la diferencia. Seguramente este intento por homogeneizar tenga razones fundadas en necesidades que respondían a un momento histórico, donde lo fundamental era tratar de salvar las diferencias que habían sido excusa de sometimiento. Pero en la actualidad y desde hace ya un buen tiempo, lo realmente necesario es dar lugar a esas diferencias, porque aquella pretendida igualdad ya no responde a las necesidades actuales y en definitiva legitima inequidades, bajo el supuesto de que todos tenemos las mismas oportunidades y los mismos derechos, y que nuestros logros dependen enteramente de nuestra voluntad, hoy podemos ver que esto no es así. Indirectamente se invisibiliza la diferencia, se la deja por fuera, porque lo que no dice el Derecho, no está en el Derecho, por tanto lo diferente queda fuera del sistema y de la protección del mismo.+ A través de los valores que promulga, el Derecho nos dice cómo ser mujeres u hombres, determinando los parámetros de las expectativas que se tendrán de cada sexo. Nos dice que debemos formalizar las relaciones a través del matrimonio, en pro de formar una familia que es “la base de la sociedad”. Debemos buscar hijos dentro del matrimonio, y educarlos según como las normas nos indican, bajo el modelo de hombres y mujeres “de bien” que le serán productivos al poder. Así pensado, no queda mucho lugar para las opciones, es más, de preferencia, mejor no elegir diferente, porque podría peligrar nuestra inclusión en el sistema, podemos pasar a no ser, o lo que es peor, a no pertenecer.

Los seres humanos deben procrear, este es su cometido según el Derecho, porque además es lo que le sirve al sistema, multiplicarse a través de la creación de mayor cantidad de fuerza productiva. El poder no está al servicio de la familia sino la familia al servicio del poder, como institución reproductora del sistema.+ Aquí no hay cabida para una pareja “no productora” que decide no procrear, menos aún para la homosexual, que no es deseable para el sistema porque lo desestabiliza, pues cuestiona la funcionalidad de las personas según su propia lógica (la del sistema).
Esto es realmente preocupante y muestra la ficción de la autonomía y la libertad, e incluso de la igualdad. Tienes autonomía para elegir, pero sólo dentro de lo que el sistema te dice que puedes elegir. Somos iguales siempre y cuando no pienses diferente, porque entonces te será quitada la calidad de existencia como “sujeto de derecho”. O sirves al sistema o estas fuera de él.

La legitimación es, de las relaciones de poder; que han beneficiado: al hombre sobre la mujer, heterosexuales sobre homosexuales, e iguales sobre diferentes. Lo único que legitima el Derecho es lo que permita mantener el “status quo” y que tiene que ver con valores que marcan muy claramente quienes son “las minorías”, que surgen como consecuencia irremediable delejercicio del poder. Éstas, pasan a ser no deseables, pero necesarias para justificar y encubrir, en definitiva, el uso de la violencia por parte del Estado.

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Un comentario sobre “GÉNERO Y EQUIDAD: EN BUSCA DEL EQUILIBRIO PERDIDO (por Nancy Chenlo)

  1. el artículo tiene ya sus años, pero, al leerlo, no dejo de pensar en su actualidad. Hay ciertas inconsistencias en las conclusiones acerca de que el Derecho legitima únicamente a todo lo que permita mantener el status quo de reproducción de la dominación de varones sobre mujeres, hetero sobre disidentes sexuales, iguales sobre diferentes. Recalco lo de “hetero” contra disidentes sexuales, porque no hay que olvidar que en Argentina el Estado promovió políticas fuertemente identitarias, en torno al matrimonio igualitario y a la identidad de género. Fijate que ahí hay un status quo “invertido”: los homosexuales pasamos a estar felizmente casados, como debe ser (y yo soy parte de esa comunidad que el personaje Ned Flanders describe como el enemigo de las iglesias cristianas: el/la homosexual monógamo) y las personas pueden/deben elegir entre ser varón o ser mujer (¿y acaso no hay otras identidades posibles?) Más allá de este comentario, el texto es actual y necesario en esta coyuntura de aumento del feminicidio en Argentina. De hecho, somos testigos de marchas multitudinarias en Chile, Argentina y Perú contra los feminicidios, algo que el Derecho difícilmente pueda contemplar más allá de las tipificaciones en el código penal. El mismo derecho que, en Argentina, condenó a una mujer indígena boliviana quechua parlante a cadena perpetua: una mujer reducida a la esclavitud sexual y doméstica por su propio marido, quien fue asesinado en circunstancias atenuantes para su mujer, de tan poco claras. Pero tres ¡juezas! la condenaron, aunque nadie se entendía mutuamente porque la ley sólo admite el lenguaje de la colonia y la víctima no sabía el español. Aquí comparto un artículo excelente sobre la situación de Reina Maraz, que enlaza -a modo de caso- con los conceptos principales de este texto de la revista Ariel.

    http://www.pikaramagazine.com/2016/10/la-condena-de-reina-maraz-mujer-quechua-pobre/

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