La cultura de la paz en el nuevo escenario mundial desde la vision latinoamericana (por Mauricio Langon)

(Comunicación al Congreso de Educación y Cultura de Paz, Maldonado, 4-5 de setiembre de 2009)

I
Empezaré por traer aquí una tradición oral magisterial, que me llegó en la
interpretación emocionada de un querido Maestro, que reencarnó con fuerza
la magistral intervención de una Maestra, en una escena que data de 1918, y
que él debe haber conocido por el relato admirado de alguien que la vivió;
seguramente otro maestro.

Días pasados, en el IPES, el Maestro Hugo Rodríguez nos contó que, en el
acto de inauguración del Monumento a José Pedro Varela, en Montevideo,
en tiempos de la Primera Guerra Mundial, la Maestra Enriqueta Compte y
Riqué 2, ante el Presidente de la República 3, levantó su mano y señalando
con el dedo, le dijo:

“Señor Presidente: ¿Ud. sabe por qué hay guerras? Porque todavía existen
países donde se enseña que algunos hombres nacen para mandar y otros
nacen para obedecer”.

II
La paz, en esta tradición que compartimos, tiene que ver con la enseñanza;
que reproduce y produce culturas de paz o de guerra; que rinde culto a la
paz o a la guerra; que cultiva paz o cultiva guerras. Y según lo que cultive
será lo que coseche. (Aunque se sepa que siempre habrá alguna mala hierba
creciendo junto con el buen grano, y que habrá que separarlos, después). 4

Que la paz tenga que ver con la cultura y con su transmisión por una
tradición de enseñanza, no deja de ser problemático.

III
En la tradición educativa uruguaya, luchamos por la paz. José Pedro Varela
fundó el periódico “La Paz” para combatir al primer gobierno batllista.
Esto nos pone frente a una antigua paradoja que en latín se decía: Si vis
pacem para bellum (Si quieres la paz, prepara la guerra). Y que culmina,
creo, con Karl Schmitt, para el cual la más cruel de las guerras es la guerra
por la paz; la que se quiere como la última guerra, aquella en que sea
derrotada la guerra e instaurada definitivamente la paz; porque en esa
guerra es necesario exterminar hasta el último enemigo de la paz, que
previamente ha sido desinvestido de toda dignidad humana, puesto que
quiere la guerra, y por eso es malo e inhumano y, por tanto, puede y debe ser
muerto. Así que, si vis bellum, para pacem (si quieres la guerra, prepara la
paz).
No olvidemos que la ambición de nuestra escuela fue también “exterminar al
gaucho” de nuestra tierra purpúrea, para que haya paz, final y
definitivamente.
IV
El título de un famoso opúsculo de Kant, recoge el nombre de una taberna,
donde había un cuadro titulado La paz perpetua, que representaba un
cementerio.
Heráclito decía que “La guerra es rey y padre de todas las cosas” y algo así
como que Homero oraba por la paz, ignorando que así pedía la muerte de
todas las cosas.
Es que, en efecto, sin conflicto, sin tensiones, no hay vida, ni movimiento, ni
cambio: la violencia es la partera de una nueva y mejor humanidad.

V
Pero escuchemos de nuevo y atentamente a nuestra Maestra:

“Señor Presidente: ¿Ud. sabe por qué hay guerras?”

No es a un niño a quien se dirige la Maestra: es a un Presidente al que enseña
con su dedito en alto. Un Presidente al que no tiene tapujos en tratar de
ignorante, con su pregunta que no espera respuesta, pues ella sabe, y sabe
que él no sabe. Que no sabe de guerras, es decir, de política; es decir, de
aquello que se supone que un Presidente debe saber. Si no sabe el “por qué”
de las guerras, si no sabe sus causas, no podrá evitarlas, no podrá gobernar
en paz.

La Maestra sabe y enseña cómo gobernar. Y todos nosotros, docentes,
seguimos haciendo nuestras políticas y ejerciendo nuestro poder. Seguimos
proponiendo que el que sabe debe gobernar. Y que la paz se logra sabiendo
qué es lo que hay que enseñar.

Nada nuevo. Platón decía que el sabio debe ser rey o que el rey debe ser
sabio. Si el rey sabe no podrá querer ni hacer el mal. Más cerca nuestro,
Sarmiento dice que “Gobernar es educar”: si el soberano es el pueblo, los que
saben deben enseñar al pueblo (o darle educación, que suena más generoso y
menos impositivo). Si el pueblo sabe (si sabe lo que saben de la paz y la
guerra los maestros), entonces querrá la paz y no la guerra, y hará el bien y
no el mal. Y ese saber seguirá siendo sordo a la angustia de San Pablo
cuando dice: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero es lo
que hago. ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?”

VI
Pero volvamos a la Maestra que nos dice qué hay que enseñar:

Porque todavía existen países donde se enseña que algunos hombres nacen
para mandar y otros nacen para obedecer”.
Todavía, dice. Con esa cándida confianza en el progreso en un futuro sin
guerras en que “no habrá más penas ni olvido”. Confianza quizás sostenible
antes que Auschwitz y Nagasaki (por ejemplo) las demolieran
definitivamente. Pero que hoy –ya no inocente sino engañosamente parecemos empeñados en reverdecer como si nada hubiera pasado. Como si
no fueran, por ejemplo, la máxima racionalidad, acompañada de altísimos
niveles de organización y cooperación grupal, y la mayor lealtad a
camaradas, conductores y presidentes, enseñadas por sistemas de
transmisión eficaces, las virtudes que produjeron –en la guerra y en la pazcampos de exterminio, bombas atómicas, pobrezas extremas, desastres
ambientales y demás calamidades que enlodan para siempre los logros del
siglo pasado y los comienzos de éste. Y seguimos pensando todavía que
habrá un futuro maravilloso, y lo seguimos posponiendo todavía,
indefinidamente.
Todavía se enseña, dice. Con esa fe ciega en que los aprendizajes y la
conducta de los seres humanos dependen de lo que se les enseña. Con esa carga a la educación de responsabilidades por las que no puede responder.
Todo un modo de pensar la educación desde el saber y el poder de los
maestros, que someterían a obediencia a sus alumnos, que así se harían
pacíficos o guerreros según las órdenes magistrales. Pacíficos o guerreros,
pero siempre sometidos a la obediencia debida. Como si esa forma
dominadora de educar no fuera en sí misma productora de guerra. Que es lo
que paradójicamente nos enseña a continuación la misma Maestra:
Que hay guerras porque el contenido que se enseña (todavía, en algunos
países) es: “que algunos hombres nacen para mandar y otros para obedecer”.

Es decir, que la enseñanza sigue siendo (en 1918, en algunos pocos países, y
hoy, en todo el mundo) la enseñanza de la desigualdad y de la injusticia, de
la sumisión de unos hombres a otros.

VII
Y habría que radicalizar esto, para evitar que se pueda entender que se
podría lícitamente y sin conducir a la guerra, enseñar que algunos hombres –
no por su nacimiento, que todos deberían tener “igualdad… de
oportunidades” sino por su educación y merecimientos- deben mandar y
otros hombres deben obedecer (por sus propias culpas, debilidades o
deméritos). Eso sería sólo justificar y perpetuar la desigualdad y la injusticia,
perpetuar las guerras y las masacres.

Habría que enseñar que no debe haber mandantes y mandados, opresores y
oprimidos, ricos y pobres, herederos y desheredados, pensadores y
pensados, liberadores y liberados, agentes y pacientes… enseñantes y
enseñados.
Es decir, habría que hacer también una educación igualitaria,
problematizadora, dialogal. En todo su contenido, en el sentido más amplio
posible, es decir, no sólo en los “conocimientos” que transmite, sino en cómo
los transmite (¿igualitaria o desigualitariamente? ¿liberadora o
dominadoramente? ¿de modo problematizador o dogmático? ¿imponiendo o
dialogando?) y en la calidad democrática e igualitaria de “todo lo que pasa”
en educación: cómo son sus instituciones, cómo se relacionan los docentes
entre sí, la institución con la comunidad…
O sea, no sólo romper con la organización en base a que unos mandan y
otros obedecer, sino también romper con una concepción del conocimiento
en que unos saben y otros ignoran, y con una concepción de la educación en
que unos enseñan y otros aprenden.

Hasta que la educación no parta de la igual dignidad de todos los seres
humanos, (en el sentido de que somos iguales porque somos diferentes,
porque pertenecemos a distintas culturas, porque sentimos, valoramos y pensamos de modo diverso, porque hay tensiones y conflictos) las
enseñanzas y los aprendizajes seguirán siendo de guerra.

MLC 03-09-09

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