LA VERDAD ES OPACA A propósito de la aparición de los cuerpos de los desaparecidos en un mundo que excluye (por Guillermo Uría)

Desde la oscura entraña de la tierra son extraídos los huesos, blancos y por ello opacos, de lo que en vida fuera un hombre comprometido con su tiempo. Tal vez no pudiese ser de otra manera: en un tiempo en que la edificación ideológica pasa por una presentación que, a imagen de la caverna, se pretende luminosa realidad, como opuesta a las sombras falaces que han de ser abandonadas.

Al igual que el proyecto platónico, el proyecto dominante es un proyecto de los poderosos, de quiénes se autonombran guardianes de los guardianes. Desde esta posición articulan su campo de luz, como una luz que enceguece, como la negación de toda determinación cierta. Resultado natural del proceso del iluminismo racional, y no su anomalía.

Quiere quién formula la alegoría, que el que habita en la caverna crea que su mundo era un mundo de sombras, de irrealidades. Tal cosa hubiese sido, si vivir el mundo de la caverna fuese sólo el vivir un mundo de la visión. Pero en la oscuridad, otros sentidos se habrían agudizado. Y en ningún caso se desconocería la propia realidad, como cuerpo, que no como sombra.Así el deslumbrante exterior, se constituiría en un mundo en el que la visión se vería imposibilitada, pero no por ello el tacto o los otros sentidos. Tampoco habría, pues, en el afuera más realidad que en el adentro.
Esa vieja alegoría establece claramente la elección de la vista como determinante de lo real, y como hijos en la historia de su tradición, hemos estado sometidos al fantasma de la luz y de la sombra, antagónicos demonios, y como todo demonio, mera “mentira religiosa”. Pues la luz sólo cobra alguna significación a nuestro entendimiento cuando es reflejada por un cuerpo opaco.

Así que tal negación –la negación de la realidad de lo real– presentada como luminosa, surge desmentida por el hallazgo. Y el hallazgo marca diversos sentidos. Marca el sentido de la historia, indicando la necesaria recuperación del mismo. Marca el sentido del presente, indicando la actualización de su realidad. Marca el sentido del futuro, como compromiso práctico a ser asumido. Hablemos primero del sentido histórico.

En el Uruguay la instauración de la racionalidad tecnócrata se realiza en dos movimientos: la ley de Estado de Guerra Interno, -instauración del técnico de la violencia-, y la ley de Caducidad –instauración del expertécnico (*), negación del saber, y negación del otro.+ Es claro que entre otros propósitos, la Dictadura tenía el de establecer un cierto discurso de interpretación de la entonces “historia recientísima”. Tal sentido pasaba antes que nada por su justificación en una ley fundante, la Ley de Estado de Guerra interno.

Una ley es una expresión de la relación de fuerzas existente en un momento dado en una sociedad dada. Pero la finalidad por la que tenemos normas, la finalidad por la que las mismas son marcadas, no es la sanción al infractor, ni el solo reconocimiento de las fuerzas que son. Se trata en realidad de una acción performativa que apunta a la construcción de la conducta del buen ciudadano y a la perpetuación del estado de cosas.
Además el poder militar utilizó las cárceles, la tortura y la persecución performativamente. La sociedad laica hacia necesario constituir materialmente un infierno, un espacio de temor, que ordenase negativamente la conducta. Sin embargo el rol que se asignaban a sí mismas no era el de demonio sino el de Dios Iracundo, juzgando desde el final de los tiempos, desde el fin de la historia.

El militar se presenta entonces como una figura ajena a lo político. Tanto los grupos políticos demonizados, como los viejos políticos, son presentados como enemigos de una racionalidad de la luz, del orden y el progreso. Es el viejo mito de la existencia de una razón más allá de la historia o de los hombres que la construyen, una razón que es previa, y que el militar como técnico en violencia y guardián de los valores viene a restaurar.
Pero tal como señala el aristócrata ateniense, el mejor gobierno no es el de los militares, sino el del filósofo, o para su caso, del expertécnico en su impostura.

Al producirse la apertura democrática pasa a cobrar espacio protagónico la figura del expertécnico –éste ya estaba presente, ahora cambia su posición. Porque lo que se reestablece no es la vieja democracia uruguaya, sino otra, en la que el viejo clientelismo es sustituído por la presencia de dispositivos de un saber técnico prescindente. A partir de ahí el militar pasa a ocupar una posición de demonio, lugar que él ya había asignado a un otro.

La sindicación del militar como demonio, lo subordina al Dios Justiciero. El político, transustanciado en expertécnico, es quién pasa a ocupar el centro del firmamento, y es él quién con su gracia ofrece el perdón a quiénes son presentados como los únicos contendientes. Se consuma la sustitución de la historia por un mito.A partir de ahí el expertécnico, puede blandir la amenaza del demonio militar. Cómo cuando un joven de mal aspecto sube al ómnibus para pedir dinero, y dice que lo hace para no robar, lo que lleva de suyo la admonición, dame tu dinero o te lo voy a robar.

Es interesante ver como algunas de las características con que es entrevisto el demonio militar se aproximan a cómo es visto el excluído social: son feos, morochos, violentos, pueden romper la calma de tu vida privándote de tus bienes y de tu salud. Y el poder expertécnico es un Dios que Juzga –es el poder ejecutivo quién dice si se aplicará la Ley de Caducidad–, pero a la vez es un Dios incapaz de mantener todo el tiempo a raya a sus demonios.
Los dos demonios nombrados, los militares y los por ellos llamados subversivos, son demonios del Dios en el poder. Son un dispositivo mítico falsamente triádico, ya que el demonio subversivo, es un demonio ausente. Su hueco oculta que la verdadera lucha contra la dictadura se libró desde otras expresiones de la izquierda política.

Entonces logra el interés de ese Dios en el poder su victoria imponiendo la Ley de Caducidad. Ley que queda así hermanada con la Ley de Estado de Guerra Interno. Una es la ley que instituye al experto en violencia, la otra es la que instituye al expertécnico. Ambas cierran el círculo, y establecen la necesidad de la exclusión, concebida como el dispositivo ineludible en que reposa el orden social.

La ley, dispositivo fundante de la autoridad de la que emana, es justificada y presentada como necesaria, esto es, como voluntad. Autoridad y norma, se relacionan siempre en una relación dialéctica. La autoridad es quién pronuncia la norma, y la norma es la que fundamenta la autoridad. Pero ahora además, lo que hace es constituirse en autoridad que excluye la realidad sobre la que actúa, fundando el poder sobre la negación. La norma funda así un poder excluyente, y desde el mismo se pronuncia quién estará dentro y fuera del círculo de los salvos.

El expertécnico sustituye al político. Los temas ideológicos serán dejados de lado, los temas sociales deberán resolverse mediante la participación de organismos asépticos.

La norma de máxima autoridad ya no se pretende que sea la que dimana del poder efectivo/represivo/económico, para ser la autoridad impersonada en el conocimiento técnico. El poder de un saber que se presenta como ausente del campo político, genera un campo político que no se asume. El lobo no se disfraza de oveja, se hace invisible.

La total visibilidad social invisibiliza los agentes de poder, re-invisibiliza la normatividad como respuesta a la visibilización de la que había sido objeto en la discusión del dispositivo legal que la sustenta.

En un mismo discurso sobre el poder se embandera el gobierno, las ONGs y las bandas anarco-punks. Lo político como anatema. El conocimiento es presentado como prescindente de lo político. Todas las culpas se cargan sobre el espacio de lo político. Lo político no es presentado como un demonio, sino como la condición de lo demoníaco.

La negación de lo político, como espacio de resolución del poder en lo social y como realización de la experiencia individual, lleva consigo la ceguera ante la historia, como campo de experiencia de la sociedad y realizadora del presente. La historia es sustituida por el mito, y a veces simplemente por el olvido de sí. Por la instauración de la eternidad.

La eternidad es la negación de la historia, el sueño la negación de la vigilia. La cultura dominante en el Uruguay excluido pasa entre otras cosas por negar la historia –discurso expertécnico postpolítico– y por negar la realidad que esta ante sí, a favor del ensueño estadístico, una luz tan brillante que ciega.Los hallazgos de restos humanos de comunistas asesinados por la Dictadura se constituyen en el elemento material a partir del cuál se restituye la historia. Pero para llegar a ello, debemos comprender cómo se llega hasta ahí.

En 1999 cuando Jorge Batlle gana las elecciones promueve la creación de una comisión que tratará expertécnicamente el tema de los crímenes en la Dictadura. ¿Por qué lo hace?

Por un lado no podemos dejar de considerar que desde 1998 el modelo impuesto en lo económico hacía agua. Las crisis internacionales, y las regionales auguraban un futuro incierto, incluso sin necesidad de catástrofes sanitarias. Si bien la entidad de la misma no era aún clara, era claro que se produciría.
Por otro lado, los partidos tradicionales eran conscientes de la constante pérdida de apoyo electoral. Jorge Batlle intentaba hacerse de una de las banderas tradicionales de la izquierda, que resolvería de acuerdo a sus intereses y a las modalidades que le eran posibles, reafirmando de paso el valor del expertécnico.

Por último en tanto las condiciones de exclusión social se hacían más duras, constituía una buena estrategia eliminar viejos problemas para tratar luego de nuclear a la sociedad integrada en oposición a la sociedad excluida. Si se aclaraba la verdad, esto consagraría la verdad de la norma que justificaba finalmente la exclusión. Consagraría la perpetuidad de un mundo establecido bajo una sola voz, un mundo en que la política ha sido demonizada. Un mundo en que el ejecutor de la violencia inaugura la exclusión para instaurar a los excluidos como nuevo campo del horror, que nos sujetan por el miedo. La cárcel cede su lugar al asentamiento, la tortura a la rapiña.

Sin embargo la crisis debilita al círculo, y genera, aún más, una crisis en la confiabilidad del expertécnico. Conlleva la crisis en la creencia en la inevitabilidad de la exclusión, y marca la necesidad de revisar el rumbo económico, como primer acto.

Sin embargo, los mitos de la edad de oro uruguaya se hallan más que nunca vigentes, y apuntan por tanto no hacia una comprensión histórica y materialista. ¡Ni siquiera hacia una visión utopista! La cultura dominante se vuelve en una retrotopía.

Retrotopía es un neologismo que se me ocurre oportuno, para expresar a la finalidad entrevista a partir del mito de una edad de oro uruguaya. Recuérdese que U – topía significaba “no lugar”. La Retro – topía, significaría el lugar de lo que estaba atrás, implicando así un lugar que no podemos ver, pero que es constituyente de nosotros. Por otro lado, en tanto Retro también indica lo anterior, señala el lugar del tiempo pasado, de lo que fue y no es. De lo que es imposible. Así, lo que no podemos ver y nos hace, es imposible de presentarse en el futuro, a pesar de que depositemos la esperanza en ello.

La retrotopía se halla instalada en la raíz mítica que la expertecnia no puede tocar. El técnico en tanto que otro para los más, halla espacios que le son vedados, residuos de la tradición de la sociedad que ha intentado sustituir. Una sociedad desmovilizada por el dispositivo excluyente, no puede sino pensarse a sí misma míticamente, alejándose entonces de la posibilidad de realización, e impidiendo la comprensión de lo real.

Esta retrotopía reclama la necesidad de cumplir acciones políticas que atienden las necesidades de la gente; pero también de revisar, de atender al pasado. A diferencia del círculo eterno, transhistórico, de la expertecnia, la retrotopía necesita pensar el pasado. Pero en la medida que apunta a un pasado constituido en un discurso idealista, entra a su vez en crisis al tropezarse con la realidad de las huellas materiales del pasado histórico.Así llegamos hasta lo que llamo el sentido del presente.

La retrotopía y la expertecnia se ven diversamente amenazadas por la realidad histórica que representan los hallazgos de restos humanos.
La primera ve cuestionada su caracterización de proyección al futuro de una historia mítica, en el desafío de la reconstrucción de un pasado real, que permita proyectar un futuro según un proyecto materialista.

La segunda ve cuestionada su razón de ser, ya que lo que revelan los hallazgos son dos cosas. Primero el fracaso de la Comisión para la Paz, y por ende del proyecto especialista, en la tarea de enunciación de la verdad.

Segundo pone de manifiesto que la obra de otros especialistas, de aquellos que en nombre del orden y el progreso, de la eliminación de la corrupción y del peligro exterior, cometieron tales crímenes.

La razón expertécnica queda ella misma pues en entredicho, y es posible repensar su pertinencia en las diversas áreas de la vida social.

No es ajeno, sin embargo, a la fuerza política en el poder, la impostación que ejercen retrotópicos y expertécnicos en su seno; ubicados en posturas que no deciden avanzar en el sentido de una profundización de las dimensiones de la historia. Ello no podría ser de otro modo, ya que tales articulaciones del pensamiento y la práctica son consustanciales a la ideología dominante en el Uruguay presente, enquistada también en algunos elementos del gobierno.

Tal impostura sólo puede ser quebrada entonces a través de la restauración del discurso histórico.

Los huesos en su opacidad, se constituyen en verdad. Son la referencia de una arqueología que desnuda las discontinuidades, en las que construimos la continuidad de nuestra experiencia.

La anulación de la Ley de Caducidad, implica la deslegitimización de la otra, -de la del Estado de Guerra Interno- y consecuentemente, una reinscripción de la historia –historia como discurso ahora–, posibilitando la construcción de una historia como práctica contra hegemónica.
Y sólo con dicha anulación es posible la destrucción de la cultura mítica de la exclusión y sus ramificaciones prácticas, la expertecnia y la retrotopía.

Por una afortunada coincidencia de la lengua, en castellano anular, referido al anillo, y anular, hacer nulo, se escriben y pronuncian igual. Podemos por tanto utilizar la lengua para entender como la anulación de la norma, lo que rompe es un compromiso, señala el fin de una alianza, la ruptura del círculo.

Así que llego al sentido del futuro, entendido como aquello que no es real, y que sin embargo un esfuerzo colectivo hará real, ya sea como tragedia o como comedia.

El hallazgo opaco, la voz que viene de la oscuridad, nos interpela y manifiesta las impostaciones del presente, obligando al reconocimiento de la necesidad –como voluntad– de la anulación de la Ley de Caducidad.

(*)Nota: Expertecnia es un término introducido por Ricardo Viscardi en su libro “Guerra en su Nombre”. La explica como “alejarse del saber pasando por el conocimiento”especialmente en el caso de las actuales sociedades “del conocimiento”. Agregaría que en tanto tecnia viene de tejné, lleva a su vez que este “viaje” se realice como un movimiento en que el “cuerpo del conocimiento” es sustituido por un “cuerpo de reglas”. Yo utilizo abundantemente “expertécnico” como aquél que actúa según tan poco loable marco.

Nota del Redactor: Este artículo de Guillermo Uría mantiene su total vigencia frente a la votación que se realizará en Uruguay en pocas semanas más con motivo de la Anulación de la Ley de Caducidad.

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