Una significacion de la amistad (por Mateo Dieste)

Vengo a hablar de la amistad, o por lo menos de esas relaciones placenteras que todos tenemos bajo tal denominación. Probablemente no sabríamos muy bien qué responder si nos preguntan qué es la amistad, o procederíamos —lo que es algo similar— a balbucear una confusa aproximación de las ideas que se nos ocurren al respecto. Cualquier forma de esta infundada noción nos viene bien: como tesoro de la codicia infantil («¡Es mi mejor amigo!»), como estímulo martirial («¡Yo por Jorge mato a quien sea!»), como rótulo falso con arreglo a pretensiones amorosas («¿Y, qué onda vos y Seba..? —¡Ay no, calláte! Somos amigos nada más»), como crédito de garantía («Vos quedáte tranquilo, que yo tengo un amigo que trabaja ahí…») o aún como biografía virtual disponible en Internet («Nacho quiere ser tu amigo en Facebook»). En fin, tratamos con todas estas cosas que refieren a la amistad, y, sin embargo, a veces no sobreviven a nuestras experiencias: no siempre logran persistir como razones para creer en lo que llamamos «amistad». ¿Qué es lo que llamamos amistad? Se trata, por lo demás, de un tapujo hereditario con el cual imaginamos obtener relaciones abstractas donde el ideal moral (el «Amigo») sustituye a la persona, es decir, un constante no mirar y decir sí a la ficción (lo de siempre, ¿no?). Si una amistad así fuera real, ya no estaríamos ante una relación humana, sino ante la estupidez de seres artificiales. Pero aún no hemos arribado a la verdadera cuestión: qué es la amistad, porque lo que llamamos amistad…; bueno, eso está sujeto al ánimo de cada uno —pues nombrar no deja de ser un capricho.

Empecemos con un aforismo: la amistad es una decisión. Antes que padecimiento o condición, la amistad es una decisión sobre el modo de vivir; antes que mera selección de afinidades, es la voluntad de conservar la posibilidad de pensar. Y una decisión es eso: determinar la dirección de nuestra voluntad frente a tal o cual punto. No obstante, aquí estamos fuera de las decisiones inmediatas y consuetudinarias, puesto que si hablamos de una decisión sobre el modo de vivir —como es decidirse a tener un amigo— nos referimos a una deliberación que estampa su consecuencia en una vida entera. En efecto, ¿qué representa el amigo sino la perpetua conciencia de tener alguien que nos remite a lo más privado de nosotros, todo aquello que implica pudor aun en soliloquio? O para decirlo con palabras de Zaratustra: «¿Pues qué es, por lo demás, el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, en un espejo grosero e imperfecto». Y este individuo sólo existe si supera la costumbre, ese vil depredador de nuestra sensibilidad. Desde luego que no siempre estarán estas especies de amigos-Herracor o «del alma» (?), y ello no demuestra la ausencia de amistad, sino lo variopinto que es la vida. Por eso nos referimos al tipo ideal de amistad; no al tipo irreal del duermevela, sino al arquetipo de amistad que se verifica con dos o tres características y no en cada punto de su extensión. No es una categoría taxativa que se aplica toda o no se aplica: son, simplemente, algunos retoques que terminan de pulir las superficies de una figura humana a menudo no contemplada. Para desaliento de la propaganda moralina, estos retoques podrían ser simplezas tales como la posibilidad de un diálogo afable, de compartir experiencias que necesitan sensibilidad para existir (hablo de todo lo que no se ajusta a la frivolidad del consumismo); la sinceridad (y mejor aún si es de corte «psicoanalítica»), y, en la medida posible, una filosofía común que soporte todo ello: voluntad de independencia, búsqueda del conocimiento, creación de libertades, etc. Pero cuidado: ¡esto también va para ustedes, señores padres de familia, exhaustivos trabajadores, refunfuñantes de todo lo que altera sus arraigados caprichos! ¿Pueden dejar de justificarse alguna vez? Difícil es su faena, pues son cobardes conscientes: conscientes de que un segundo de introspección los pondría al margen de su destrucción (no se calienten viejitos: si aceptan una vez la crítica, vivirán quince años más). En suma: la verdadera razón que constituye la amistad es esa decisión profunda y vital sobre el amigo, que consiste en mantener nuestra relación bajo las características anteriormente enunciadas. La intención es alejarnos mayormente de cualquier frangollo o rarefacción, y aproximarnos al trato menos mentiroso con los amigos, nada más . Una vez creí que la amistad era aquello que todos más o menos pensamos, eso del amigo que está «en las buenas y en las malas». Luego pasaron los años y las buenas y las malas no fueron tan importantes, y me di cuenta de que esperar una situación límite para poder evaluar a mis amigos era algo paralizante. Entonces me pregunté: ¿por qué nos conducimos de ese modo? ¿Por qué no libramos, de una vez, nuestra percepción a las condiciones simples del buen trato? Es como si tuviéramos un tubérculo moral que nos impide disfrutar del amigo; una exigencia que sólo quiere exigir, nutrida del obstinado carácter de nuestros deseos inconscientes. Así, sin quererlo, ponemos a prueba el obrar de los amigos como si fuéramos el tribunal competente de su vida: y dictaminamos su valor de acuerdo con dos o tres conductas que suponemos debidas. Pero al final de cuentas: ¿queremos poseer un trofeo nominado Fulano o Zutano que certifique nuestro buen desempeño social? ¿Queremos una mercancía altamente cotizada, extinta en el mercado de las amistades? O, por el contrario, ¿preferimos una persona que voluntariamente elegimos y reelegimos y adquiere, pues, la doble calidad de reanudación del pretérito? ¿Qué queremos? ¡Por favor hagamos votos para que la última opción sea la predilecta!, o de lo contrario correríamos el peligro de ofrecer y recibir seres considerados únicamente por su conformidad con los patrones sociales. Se objetará que todo esto ha sido una mera circunlocución, y no podríamos negar la porción de verdad que hay en ello. Pero resulta que uno de los modos de significar es el discurso, que supone la sucesión ordenada de cosas que quieren decir algo. En el incesante movimiento del discurso, algunos pliegues ensombrecen los significados que esperan su turno y otros drapean aquellos que solicitan su aparición. Las palabras son como la esfera de un péndulo que no puede evitar oscilar de un extremo a otro, y entre denotaciones y connotaciones el lector se irrita: no puede recolectar las huellas de significados que esparce cada vaivén. Acto seguido: tira el texto al diablo y prende la televisión —allí no se siente vulnerado, se conserva mejor. Pero quien resiste hasta el último renglón, notará que ciertas cosas no pueden explicitarse «ya», justamente porque la sutileza de sus contenidos implica darles un tratamiento delicado. En lo concerniente a nuestro tema, sería muy fácil bombardear al lector diciéndole que la amistad no existe, que es todo una mentira y que hay que relacionarse con la gente en forma auténtica. ¿Y qué ganaríamos con ello? Contestación: la prescripción de un error que conlleva una aplicación eficaz contra un problema inexistente.

Ni «todo es mentira», ni las cosas se solucionan definitivamente con un solo acto. Es siempre —como le gustaba decir a Vaz Ferreira— «un tema de grados» (sólo que no siempre se vive «gradualmente», sino a las patadas, y ello equivale a estar apto para comprender a las patadas, es decir, en términos radicales, bipolares y eventualmente irracionales). Hechas estas precisiones, ¿qué nos queda? Tenemos en la mano un concepto suavecito, un poco frágil, algo así como un pequeño polluelo mojado. Y la metáfora quizás no esté muy distante de la realidad, puesto que la dependencia que nos manifiesta este animalito, es la misma que tiene una amistad concebida desde el plano de la acción: si no me decido a conservar mi amigo, si no establezco una carga de voluntad en mi relación con él, la amistad morirá —o lo que es lo mismo: se reducirá al trato con el Sr. Nostalgia (que es un tipo simpático, pero no es buena junta porque no tiene demasiado futuro…). Muchas veces el amigo ocupa un lugar relevante en la vida de la gente, otras es simplemente el amigote que proporciona instancias de desahogo laboral o matrimonial. En general —repetimos— tendemos a una calificación laxa de quién es amigo y quien no, lo que nos hace sospechar de la validez de este concepto, y, por qué no, también de su propia dignidad —y aquí reside, acaso, el propósito esencial del presente ensayo: cuestionar el valor de una figura ignorada como es la del amigo. Si observamos con detenimiento, podremos advertir que la mayor parte de nuestra actividad está ocupada por el cumplimiento de deberes, es decir, actuamos para conseguir la aprobación de las autoridades a las que estamos subordinados o para evadir la mayor cantidad de sanciones posibles. Desde nuestras actividades laborales hasta las conyugales, la motivación que reina es cumplir con el deber, pero curiosamente, con los amigos, donde no vemos estas obligaciones «convencionales» y de principio somos libres, nuestra respuesta es la indiferencia. ¿Será que nos hallamos incapaces de contraer relaciones libres? ¿Será que para nosotros las relaciones sólo valen en función de un intercambio de intereses? Sin abundar en este problema, podríamos afirmar que la amistad perdura por una razón protegida contra la costumbre. En este sentido, recuérdese que la relación conyugal puede sobrellevar el desgaste, porque los cuerpos se unen y obedecen a un compromiso que tiene la potencialidad de agotarse en su propia rigidez. En la amistad, en cambio, los cuerpos navegan al undívago en la marea de la libertad, esto es, son dejados al libre albedrío de sus dueños y no hay nada que los constriña a permanecer o abandonar la relación, excepto su propia autonomía. Y, como toda idea que adhiere su fortaleza a la libertad, la amistad obtiene un valor estético que sublima su significación. Finalmente, si cedimos ante esta inquietud helénica y su correspondiente tono ensayístico de expresión, ha sido con el único fin de revalorizar la dignidad contenida en la amistad, que, con una palabrita poco verosímil pero sobremanera convocante, podríamos condensar en: libertad.

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