El mito europeo (por Fernando Gutiérrez Almeira 78)

1 Existe, en general, la mítica convicción de que Europa ha sido origen absoluto de la civilización moderna con sus raíces bien ancladas en el pasado grecolatino. De esto casi no se duda, se realiza más bien un acto de fe al asumirlo. La consecuencia directa de esta asunción pseudorreligiosa de la maternidad civilizatoria de Europa sobre el resto de la humanidad es el eurocentrismo del que hemos padecido durante siglos los latinoamericanos. Es necesario, pues, terminar con este mito, el mito europeo. Para empezar es necesario señalar que la historia de las civilizaciones no es la historia de un conjunto de desarrollos civilizatorios independientes entre sí que solo en segunda instancia se influyen mutuamente. La historia de las civilizaciones es, por el contrario, una secuencia de civilizaciones que conducen unas a otras por trasvasamientos culturales a través de los intercambios comerciales, las expediciones de exploración y los episodios de invasión, conquista, colonización. En el caso de Europa esto ha sido claro. La civilización griega se asentó sobre el prolífico intercambio comercial mediterráneo recibiendo como herencia los aportes culturales egipcios, cretenses, fenicios, etc. Unos de los elementos que distinguió a los griegos y que influyó seguramente en su configuración mental, el alfabeto, lo heredaron de los fenicios. También había un importante desarrollo de la aritmética y la geometría en Egipto asociada a las actividades agrarias y las observaciones astronómicas y es dificil creer que esto no tuvo influencia en el desarrollo matemático posterior de los griegos. La civilización romana, a su vez, al expandirse sobre las colonias griegas no hizo más que absorber amplia y profundamente un sólido desarrollo cultural previo que se patentizó en casi todos los aspectos de la vida republicana e imperial. Pero Europa no solo recibió la influencia de sus raíces grecolatinas sino que en muy diversas instancias, a través del califato de Córdoba o las Cruzadas o la influencia de Federico II de Hohenstaufen de Sicilia, un sicilio-normando de costumbres árabes que alcanzó gran poder secular y que fundó la Universidad de Nápoles, primera casa de altos estudios europea con organización propia 79, recibió con intensidad y durante siglos la influencia del Imperio Árabe, que le dio en herencia conocimientos matemáticos incluyendo la numeración de base diez con la utilización del número cero, amplios desarrollos del álgebra y la geometría, conocimientos astronómicos, médicos, decenas o centenares de libros valiosos, aportes filosóficos como los de Alfarabí, Averroes, Avicena o Avempace. Fue gracias al pensamiento de estos filósofos que la influencia de Aristóteles resurgió en Europa dándole a la filosofía fuerzas recobradas que se manifestaron a través de Santo Tomás de Aquino, Giordano Bruno, etc. Como anécdota basta considerar esto: “En Toledo, desde 1085 en manos cristianas, un arzobispo, Raimundo, aproximadamente alrededor de 1135, fundó la primera universidad de Europa para estudios orientales, un instituto de traducción de investigación sistemática, de acuerdo al modelo del “Brit-al-Hikma” de Bagdad. Aquí…se tradujeron el “Álgebra” de al-Jwarizmi y el Korán. Aquí también trabajó el famoso traductor Gerardo de Cremona. Hasta su muerte en 1187 tradujo en total setenta y un libros importantes del árabe, entre ellos el “Almagest” de Ptolomeo, los “Elementos” de Euclides, numerosas obras de Aristóteles, Galeno e Hipócrates, todos los que no estaban disponibles en su lengua original.” 80 No olvidemos, de paso, las diversas influencias culturales recibidas por Europa a despecho de su vanagloria durante los episodios de expansionismo europeo, influencias provenientes de los viejos pueblos americanos, del pueblo chino, del pueblo hindú (que influyó sobre Europa indirectamente también a través del Imperio Árabe). Claro que estas influencias son de menor entidad ya que al actuar como salvajes depredadores los europeos no pudieron valorar las culturas a las cuales depredaban aunque esto se compensó oscuramente a través del exorbitante y continuado durante centenares de años expolio de las riquezas y de la vida de esos pueblos.

2 Una vez aclaradas las raíces mundiales y universalmente humanas de la cultura europea hay que señalar claramente que el impulso material necesario para que Europa se despegara del resto del planeta en cuanto a desarrollo civilizatorio provino del expolio, justamente, de aquellos pueblos que fueron dejados atrás. La ventaja crucial adquirida por los pueblos europeos sobre el resto de los pueblos se debió a una circunstancia al mismo tiempo espléndida y horrorosa: el encuentro de los europeos con el continente americano. Esta fue una circunstancia espléndida para los europeos porque encontraron ávidos de riquezas y poder que allí habitaban pueblos cuyo desarrollo técnico en materia de guerras era muy inferior y esto debido simplemente a que estaban oceánicamente aislados de la gran masa continental conformada por África, Europa y Asia en la que acontecieron prácticamente todos los grandes conflictos de la historia incluyendo las posteriores dos grandes guerras mundiales. Fue una oportunidad pavorosa para que los europeos se entregaran al robo 80 despiadado y miserable de todas las riquezas posibles completando el mismo con un expolio continuado durante varios siglos hasta que los propios colonizadores acriollados decidieron romper políticamente con la metrópoli. El proceso de depredación fue facilitado enormemente por la infección mortal de millones de indígenas con las enfermedades traídas por los europeos. La transferencia cuantiosa de riquezas que llegaron a Europa a través de la voracidad inglesa y española fue el primer gran impacto material necesario para llevar a Europa hacia unas condiciones económicas que hizo posible el trabajo intelectual necesario para expandir su cultura. Detengámonos aquí un momento para comprender otro de los factores que condujeron al triunfo total de los europeos sobre los pueblos originarios de América: la crueldad extrema. Para ello basta leer este fragmento de la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, obra de Bartolomé de las Casas: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas… Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos…” 81 Basta este fragmento para comprender que los europeos no trajeron consigo una superior civilización, si es que de civilización estamos hablando, sino una civilización que tenía mucho mayor conocimiento de la barbarie, el salvajismo, la crueldad extrema, los excesos sádicos, las atrocidades sangrientas y un mayor desarrollo militar, de tal modo que sobre esta oscura base se impuso destruyendo al mismo tiempo que enfermando con sus plagas sobre pueblos a los que terminó por diezmar y cuyas riquezas y territorios quedaron a entera disposición para un enriquecimiento sin precedentes. Pero una vez que el monstruo europeo afiló sus dientes y sintió placer haciendo correr la sangre en grandes cantidades a costa de mansas poblaciones que habían vivido hasta ese entonces en paz y acordes con la naturaleza, una vez que sintió el olor de la matanza y usufructuó de aquellas inmensas riquezas, ya nada lo detuvo, y su garra maldita se extendió igualmente hacia todos los confines de África, otra zona del planeta donde los pueblos permanecían en unas condiciones frágiles ante cualquier invasión militar. La exacción de África no fue menos violenta, cruel, sanguinaria, esclavizante, tortuosa, criminal. De allí fueron transferidas a los pueblos europeos otras tantas inmensidades de riquezas y posibilidades vitales mientras millones de africanos padecían dolor, esclavitud y muerte sistemática por siglos. Si nos asomamos desde lejos para contemplar la obra europea en América y África veremos a los europeos como un gran enjambre 81 de langostas devoradoras y asesinas que asolan todo a su paso y sin valorar lo que destruyen extraen de aquellas vastas extensiones un manantial fabuloso de bienes con los que se fortalecen y pueden a su vez lanzarse a más y más festines planetarios, mientras en muchas partes van dejando cultural y políticamente sometidas a las poblaciones originarias mediante una sistemática colonización oligárquica. Leamos, para entender esto, una frase muy simple de Bernardin de Saint Pierre: “No sé si el café y el azúcar son necesarios para la felicidad de Europa, pero si sé que estos dos vegetales han llevado la desgracia a dos partes del mundo. Se ha despoblado América para tener tierras para plantarlos; se ha despoblado África para tener una nación que los cultive.” 82 Es una frase que resume el más profundo parasitismo humano que es dable pensar, el parasitismo colonial esclavista europeo. En tiempos subsiguientes y esencialmente a través del auge imperial británico que había desplazado a la corona española, la ambición tentacular europea se expande sobre la mismísima Asia siendo alcanzadas las riquezas de la India, de China, de los viejos territorios árabes, etc. Cuánta mayor fue la riqueza que se extrajo mediante este expolio universal de todos los restantes pueblos del mundo mayor fue el impulso cultural interno de Europa, mayores fueron los esfuerzos por ampliar y potenciar la máquina de guerra trituradora de vida que aseguraba el botín y más grande y más profundo fue el zarpazo sobre los demás pueblos del orbe. Para Europa este fue su auge y más prolífico círculo virtuoso de riqueza-ascenso-expolioriqueza aunque finalmente la máquina de guerra europea hiciera presa de los propios europeos durante el delirio asesino de las dos grandes guerras en que se enfrascaron durante el siglo veinte.

3 La civilización europea no tiene una auténtica continuidad con la civilización griega pues tal continuidad fue imposibilitada por el cercenamiento expulsivo que el catolicismo produjo sobre los bienes culturales paganos que hubieran podido heredarse y la decadencia imperial romana que desembocó, con el Bajo Imperio, en un autoritarismo teocrático militarista y decadente. Solo una parte ínfima de esta posible herencia sobrevivió en Europa pero en un estado letárgico que podría haber continuado indefinidamente. Lo que evitó a Europa un persistente oscurantismo religioso fue el influjo del imperio árabe que había rescatado del olvido muchísimas obras griegas y había cultivado una amplia variedad de conocimientos que fueron transferidos a Europa a través de la conquista de España, las Cruzadas y el reino de Sicilia. En todo caso no es válido identificar la civilización europea con la civilización grecolatina ya que ésta solo pudo dar lugar a aquella a través de su desintegración y desaparición.

Los europeos construyeron su exitosa modernidad empezando por los restos del naufragio grecolatino, fragmentos de cultura esparcidos que pudieron ser rescatados del fanatismo destructor con que el catolicismo se expandió y conservó una vez que el influjo proveniente del norte de África contribuyó a la articulación en la salvaje Europa del espíritu investigativo y la inquietud intelectual-filosófica, acontecimiento que ha sido llamado Renacimiento con la pretensión de un resurgimiento imposible del antiguo esplendor grecorromano y que es solo el nacimiento de una nueva civilización que, al ponerse en contacto con los vulnerables pueblos americanos y africanos (para lo cual Europa está privilegiadamente situada en el mapa), logró ascender vertiginosamente a través del expolio más feroz y miserable, más genocida y sangriento de toda la historia humana. Pese a todo hay que reconocer que una civilización como la europea no puede existir por si misma sin diferenciarse a través de alguna virtud o característica fundante. ¿Cuál ha sido esta característica fundante en el caso europeo? No ha sido la especulación matemática ni la especulación filosófica, ni el concepto de coexistencia republicana ni el monoteísmo ni siquiera la idea del libre albedrío que si bien fue gran motivo de especulación cristiana y post-cristiana no incidió sobre la historia europea más que como un fantasma continuamente perseguido por su negación sobre la base de una siempre resurgente visión totalitaria de la realidad y la tendencia a esclavizar, dominar, controlar o suprimir voluntades y fuerzas objetivas…una característica espiritual con que la larga y cruel decadencia romana logró embeber a los pueblos europeos. Todas estas características fueron heredadas y no fundantes. Lo que caracterizó y sigue caracterizando a la civilización europea es el maquinismo, la casi obsesión y veneración constante hacia las máquinas. La historiadora Lynn White señala al momento que pudo ser fundacional para el surgimiento de la civilización europea: la invención del arado pesado. “Esta relevante innovación tecnológica produjo un giro radical en la relación entre el hombre y la naturaleza al establecer la norma de la parcelación de la tierra según la capacidad de la máquina y no según la necesidad humana.” 83 Pero un invento aislado, pese a su influencia retornante sobre la mente que lo ha creado, no es suficiente para estabilizar ampliamente un cambio mental. Los grandes impulsores originales de la civilización europea fueron los monjes benedictinos y lo hicieron sobre la base de una profunda convicción: creían que la mecanización de las actividades diarias, la sujeción del cuerpo y la mente a rutinas de control mecánico, era la vía más apropiada para disponer el alma hacia la perfección divina. “En el salterio de Utrecht, iluminado cerca de Reims hacia el año 830, se encuentra una ilustración del salmo 63 en el que se otorga ventaja tecnológica a los que están de parte de Dios.” 84 Esta innovación se produjo por obra de los benedictinos, que alcanzaron la hegemonía en Europa
83 84 durante los siglos X y XI a impulsos de Carlomagno y su hijo Ludovico Pío. “Primero bajo el imperio y luego bajo los auspicios feudales y papales, los benedictinos convirtieron con el tiempo su devoción religiosa hacia las artes útiles en una revolución industrial medieval…” 85 El maquinismo, con el transcurso del tiempo, alcanzó a todos los aspectos de la vida europea. En el siglo X, “los benedictinos de la catedral de Winchester instalaron el primer órgano gigante, la máquina más compleja conocida con anterioridad a la invención del reloj mecánico.” 86 La música fue conquistada, por lo tanto, para la causa de la máquina. Luego le tocó el turno a la noción y experiencia del tiempo a través del reloj mecánico y a la escritura y el lenguaje a través de la invención de la imprenta. Todos los aspectos de la vida europea se colmaron con el sueño mecánico incluyendo la tortura y la eliminación de los criminales (recordemos el “humanitarismo” de la guillotina y las máquinas feroces de la Inquisición), la creación de armas para la guerra y el estudio filosófico del universo y la naturaleza humana. “Ya Descartes comparaba al cuerpo humano a esas máquinas móviles que la industria de los hombres sabía construir en su tiempo, sin emplear, decía, sino muy pocas piezas, en comparación con la cantidad de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y todas las demás cosas que hay en el cuerpo de todo animal”. 87 A través de su maquinismo los europeos lograron algo que en otras civilizaciones fue solo un gesto incipiente y sin mucho futuro: lograr establecer sobre la vida humana, sobre la naturaleza y sobre los demás pueblos un despliegue de máquinas capaces de triturarlos y convertirlos en material para una dominación analítica y repetitiva donde el perfeccionamiento de la exactitud, linealidad y funcionalidad de las acciones eran aspectos de una embriaguez que culminó en el delirio determinista de la ciencia europea. El agotamiento de la hegemonía depredadora del espíritu europeo solo puede equivaler al agotamiento de su maquinismo mesiánico y hasta apocalíptico y por el momento esto no parece posible. Hoy siguen perfilándose sobre el futuro sueños de robotización, expansión tecnológica fuera del marco planetario, desarrollo artificial de la inteligencia y las emociones, mixturas de la vida con las máquinas (los ciborgs), intrusión mecánica en lo orgánico (la bioingeniería), intervención técnica sobre la mente, etc. Sin embargo, también ha comenzado a perfilarse en el estudio científico y en las consideraciones filosóficas la irreductibilidad de la incertidumbre, de la borrosidad de los límites…y de la vida en general, a los estudios basados en la analogía mecánica. En esto se juega el futuro de la humanidad. Y para cerrar quiero dejar esta frase de Roberto Hainard en su obra “Naturaleza y mecanicismo”: “Es necesario darse cuenta que la ciencia 86 85 europea no conoce a la realidad, sino a un modelo mecánico construido según aquella. Los pintores, cuya imaginación a duras penas llega a tomar el juego de las articulaciones del hombre, a situar sus miembros en el espacio, tienen pequeños muñecos de madera que colocan en la pose deseada y los copian. Este muñeco representa al cuerpo humano en el arreglo elemental de sus partes más sumarias. Para hacer una imagen viviente es necesario completar a estas indicaciones por observaciones más sutiles y, sobre todo, por el sentimiento. Se podrá hacer un muñeco más perfeccionado, más ligero, con articulaciones más numerosas. Dará indicaciones que estarán más cerca de la vida. Pero sin embargo será necesario cuidarse de tomar el muñeco por el hombre. Y ESTO ES LO QUE HACE EL MECANICISMO.” 88

Notas:
78
Filósofo virtual uruguayo nacido en 1971.
79
Los Árabes, Rolf Palm, Javier Vergara Editor 1980, pág.323. 80
Ídem, pág.356.
81
Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias,
Proyectos Ánfora, 1995, Ediciones Nuevo Siglo, pág 23.
82
Extraído de “La esclavitud”, Maurice Lengellé, Oikos-Tau ediciones, 1971.
83
La Religión de la Tecnología, David F. Noble, Editorial Paidós, 1999, pág. 27
84
Ídem, pág. 27
85
Ídem, pág. 28
86
Ídem, pág. 33
87
Maquinismo y Filosofía, Pierre-Maxime Schuhl, Ediciones Galatea, Nueva Visión,
1955, pág.108
88
Naturaleza y Mecanicismo, Roberto Hainard, Espasa-Calpe, 1948, pág, 79.

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