La irrelevancia pragmatica de la filosofia moral (por Andres Delmonte)

I Voy a argumentar en este artículo, por un lado, en favor de la reducción de la filosofía moral a la filosofía del derecho y a filosofía política por razones básicamente pragmáticas; por otro lado, defenderé la idea de que la teoría moral, como teoría de la motivación moral, no tiene un campo epistemológico propio, ya que este es un asunto que le corresponde estudiar a la psicología y por lo tanto pertenece a las fronteras epistemológicas de esta ultima. La filosofía moral entendida, ya sea, como el conjunto de teorías filosóficas que justifican la adopción de un cierto criterio para la elección moral justa, ya sea entendida como la reflexión filosófica sobre los motivos de la conducta moral; no puede pretender, ni exigir obligatoriedad a los individuos. Por dicha razón, la filosofía moral no tiene consecuencias prácticas sino es a través de su institucionalización jurídica y política, concebidos estos dos ordenes como el conjunto de instituciones que gobiernan las relaciones humanas tanto a nivel mundial, regional, nacional y local. La filosofía moral no puede pretender obligatoriedad dado que no hay una única teoría moral, ni hay consenso para aceptar una de ellas, en cuyos criterios educar (socializar) a los individuos para que internalice y adopte dichos criterios en su forma de vida. De esto último también se deriva la conclusión de que tampoco puede la teoría moral exigir obligatoriedad, debido a que eso solo podría exigirse a partir de la socialización de acuerdo a una teoría moral elegida, que dado la pluralidad de concepciones y el desacuerdo existente, ello no sería otra cosa que la imposición de una visión parcializada, correspondiente a la visión que tienen las autoridades de turno, además de implicar la restricción de la libertad del espacio privado. Se me podría objetar que de suponer que estas conclusiones sean ciertas, no se ve porque razón la filosofía del derecho y la filosofía política cumpliría su cometido de regular las relaciones sociales de otro modo que no sea a través de la imposición de la perspectiva de las autoridades institucionales. Respondo a esta objeción de la siguiente manera: la diferencia radica en que los procedimientos de toma de decisiones en el orden jurídico y político pueden ser democráticos, mientras que los procedimientos en el orden moral nunca lo podrán ser. Para justificar estas afirmaciones argumentare que la filosofía pragmático – trascendental de Jürgen Habermas y Karl Otto Apel proporcionan criterios sólidos e insuperables para la toma democrática de decisiones jurídicas y políticas, dado que en estos espacios es posible pretender y exigir la defensa racional de aquellos intereses universalizables a través de la participación en un discurso práctico de todos los afectados, como lo sostiene la propuesta de la Ética del Discurso defendida por estos filósofos. Si bien es cierto que la teoría de Habermas y Apel es ante todo, una propuesta de filosofía moral, considero que su aporte solo puede ser aplicable prácticamente, a los órdenes jurídico y político, dado que estos órdenes no tienen la amplitud que tiene el orden moral, el cual por dicha razón es inmanejable para el hombre. En el ámbito moral no es posible instrumentar la defensa racional de intereses universalizables por todos los afectados en un discurso práctico, como propone el programa de la ética del discurso, ni aplicar ningún otro criterio propuesto por cualquier otro programa, sea el que fuere, debido a las dimensiones que abarca el fenómeno moral. Esto lleva a pensar que las teorías morales únicamente pueden tener consecuencias prácticas a través de los órdenes jurídico y político, mediante el aporte de las teorías filosóficas, a la discusión de normas jurídicas, decisiones y programas políticos. Pero este aporte es el que le corresponde realizar a la filosofía del derecho y a la filosofía política, por lo cual, la labor de filosofía moral es superflua. En consecuencia, la filosofía moral no tiene utilidad social y no pasa de ser más que la profesión de un grupo de personas que trabajan en la producción académica de teorías sin otro fin que la mera producción. La pregunta que el lector debe realizarse ahora es si ¿de hecho los criterios de la filosofía pragmático – trascendental de Habermas y Apel, aplicados al orden jurídico y político, logran no solo evitar que se institucionalice de forma mas o menos arbitraria, una perspectiva filosófica de ver la realidad socio – políticas, sino además, encontrar la formas de democratizar las decisiones en las diferentes instituciones? Pienso que la respuesta a esta pregunta es afirmativa siempre y cuando se avance hacia la institucionalización de esferas cada vez mayores de la vida social, de forma que queden bajo la regulación jurídicos – política un campo cada vez mayor de comportamientos humanos, hasta abarcar, incluso el campo de la familia. Esto no implicaría una reducción de la libertad de los individuos, ya que los procedimientos de toma de decisión de las instituciones, se harían de acuerdo a los criterios pragmáticos – trascendentales de la argumentación racional, dilucidados, como ya explique, por la filosofía de Habermas y Apel. Esta extensión de la regulación jurídico – política no puede conquistar, de todos modos, el espacio de la interioridad individual, por lo cual podría pensarse que aun queda un espacio para la reflexión filosófica de la moral entendida como teoría de motivación moral. Defenderé en el próximo apartado de este artículo, que tampoco aquí tiene razón de ser la filosofía moral, pues no es posible situar en estas fronteras el terreno epistemológico propio de la filosofía moral, dado que ninguna teoría que trate sobre la motivación moral de la conducta humana, tendrá éxito, sino es una teoría de corte psicológico. A argumentar a favor de esta idea dedicare la segunda parte del presente artículo.

II La filosofía moral como teoría sobre la motivación moral de la conducta humana, no tiene un campo epistemológico propio, debido a que la dilucidación o estudios de los móviles morales humanos solo puede realizarlo con éxito, la psicología. Una de las razones de ello, es debido a que la motivación moral, como cualquier otra motivación de la conducta humana, forma parte de la configuración de la personalidad y por lo tanto se conforman como producto del proceso de socialización y no como resultado del libre albedrío del individuo. De acuerdo con esto, la filosofía moral puede elaborar una teoría de los móviles morales, pero dicha teoría es intrascendente, pues no logra motivar, por si sola, a la conducta humana. Para que unos motivos sean móviles morales de la acción humana, estos deben formar parte de la estructura psíquica de las personas, convirtiéndose las mismas en pensamientos y emociones que se manifiestan como parte de la forma de ser del individuo. Pero esto ya nos habla de que el campo epistemológico de la filosofía moral, repito, como teoría de la motivación moral, se superpone con el campo epistemológico de la psicología, lo cual, teniendo en cuenta la irrelevancia práctica de los aportes de la filosofía moral, ésta debería desaparecer como disciplina, también en este ámbito, dejando el estudio del problema de la motivación moral a la psicología. Ninguna teoría moral sobre motivación puede tener éxito, dado que debería demostrar que los motivos que ella descubre pueden mover a la conducta humana por medio del libre albedrío y eso es imposible; porque si estos móviles no están internalizados, solo en algunos casos lograría haber un acuerdo en cuanto a los motivos que deberían mover a realizar tal o cual acción. Esto significa que todo comportamiento moral depende de resortes psicológicos, sin los cuales no es posible construir orden moral alguno, por lo cual es la psicología y no la filosofía la que debe ocuparse del estudio de la motivación moral. Es necesario aclarar que me estoy refiriendo exclusivamente al orden moral. Otra cosa distinta ocurre a nivel del orden jurídico y político. En estos ámbitos, institucionales, donde se toman decisiones en las cuales puede darse una participación amplia y efectiva en base criterios racionales, las motivaciones psicológicas quedan eclipsadas por el criterio filosófico aceptado. Una objeción que se me podría realizar a mi planteo anterior podría pasar por argumentar que algunas personas eligen en ocasiones determinar su comportamiento por móviles morales que no son los que tienen internalizados, y que en un esfuerzo casi altruista, deciden obedecer a ciertos motivos elegidos. En estos casos deberíamos aceptar que las personas eligieron sus móviles morales, contradiciendo mi afirmación de que tal cosa no era posible. La pregunta que debería hacerse quien este pensando en este argumento, es si ¿la existencia de tales casos demuestra que es posible esperar de la mayoría o de casi todos una conducta igual? Para responder a esta pregunta debemos primero dilucidar si los comportamientos en los casos mencionados son producto de la autonomía del individuo o de las particulares circunstancias en las que se encuentra el individuo, pues de lo contrario difícilmente se puede establecer con probabilidad que dichas conductas se reiteren, incluso, en los mismos individuos, una y otra vez, dado que los móviles elegidos no solo no están internalizados, sino además hasta pueden contradecir a los si introyectados. Ahora bien, si damos por supuesto que la conducta mencionada es producto de la autonomía del individuo, de todos modos la cuestión es irrelevante, ya que es imposible esperar de todos los individuos semejante conducta sin una socialización previa, dado que la autonomía individual conduciría a elegir móviles dispares con respecto a otros individuos, no pudiéndose cumplir la finalidad de la realización de un determinado orden moral. Esto agrega una segunda conclusión a la ya expuesta en este apartado. No solo considero cierta la conclusión de que los móviles morales no tienen efecto sobre la conducta humana, a no ser que formen parte de la estructura de la personalidad – como ya exprese más arriba- sino además, se me impone ahora, después del análisis realizado en el párrafo anterior, la conclusión de que todo el campo de la filosofía moral carece de efectos prácticos y que únicamente una parte de ella, como teoría que propone un criterio de justicia para decidir entre acciones correctas o incorrectas, puede tener un efecto indirecto, a través de la práctica jurídico-política. Pero como exprese en la primera parte de este artículo, dicha influencia se superpone con el trabajo que realiza la filosofía del derecho y la filosofía política.

III La defensa de un noción de sujeto jurídico y político autónomo es compatible con la existencia de un orden jurídico y político, mientras que, la sustentación de una concepción del sujeto moral autónomo no es compatible con la idea de un orden moral; pues el concepto de autonomía del sujeto implica necesariamente, a la vez, la idea de la constricción de la voluntad a un principio universal anclado en la razón práctica, y la aceptación conciente y voluntaria de dicha constricción de la voluntad por parte del individuo. Una concepción así, después de Kant, no es posible sustentarla en la idea del sentido común, de que somos autónomos cuando seguimos los dictámenes de nuestras inclinaciones, dado que estas son productos de la programación natural y cultural y por lo tanto, no las elegimos. Esto me conduce a pensar que se hace imprescindible una noción trascendental de sujeto autónomo al estilo kantiano, pero al mismo tiempo, sabemos como pos – kantianos, que dicha noción trascendental de autonomía no puede eludir la fuerza motivacional y teleológica de las inclinaciones en la conducta individual. De aquí que solo un trascendentalismo a través del cual se establezcan condiciones a priori del uso de la razón, se puede derivar un principio práctico con el cual permitir la realización de las inclinaciones que puedan elevarse a rango universal, tal y como lo plantean las filosofías de J. Habermas y K. O. Apel, y así superar unos de los defectos de la concepción Kantiana: el de su vacuidad material; y ofrecer una noción de sujeto autónomo compatible con la construcción de un orden, por lo menos en parte de nuestro mundo práctico. La parte de nuestro mundo práctico que permite ser ordenado racionalmente, es el ámbito jurídico y político, dado que el funcionamiento en estos espacios puede instrumentarse a través de mecanismos que permitan la participación efectiva y real de todos los afectados. La otra parte del mundo práctico que considero que es imposible compatibilización un orden con un una noción de sujeto autónomo es en el espacio de la moral. La complejidad y amplitud del fenómeno moral no permite la aplicación de los criterios que definen a un sujeto autónomo, debido a que su aplicación conduciría a autoritarismos morales y por ende, a la difuminación del valor de la decisión moral. Los individuos únicamente se comportarían de acuerdo a los criterios que definen a un sujeto autónomo si son socializados y ya la socialización implicaría que la segunda condición que había establecido como necesaria a cualquier concepción de autonomía, a saber – la de la aceptación conciente y voluntaria de los criterios prácticos – no se cumpliría. Por otra parte, si abandonamos la idea de construir una noción de sujeto autónomo, la moral se reduce a las decisiones que cada uno tome de acuerdo a su sentido moral, las cuales variarían de acuerdo a criterios individuales, grupales y culturales; y esto nos dejaría en un relativismo moral, sin herramientas para juzgar los comportamientos morales individuales o colectivos, sumergiéndonos en una actitud pasiva y conformista ante el autoritarismo moral que se constituyan dentro de las fronteras familiares, nacionales y culturales. Como conclusión general se extrae entonces, que, o bien nos quedamos en un relativismo moral, cuya principal consecuencia va a ser el autoritarismo moral dentro de fronteras (familiares, nacionales y culturales) o bien reducimos cada vez mas el espacio moral al espacio jurídico – político y permitimos así la construcción de un orden racional del mundo práctico humano, basado en una noción de sujeto autónomo tal y como lo he definido aquí, lo cual posibilitaría también el ejercicio de una democracia efectiva y realmente participativa y que responda a los intereses de la humanidad y no a los de un grupo o clase social.

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