Rumiando lo uno sin genesis y sin ruina en Poema del Ser de Parmenides (por Gabriel Trucillo Di Landro)

El planteo de Parménides de Elea (ca. 540 – 470 A.C.) hijo de un tal Pireto, introduce en la filosofia occidental la cuestión ontológica. Para Parménides el sustrato subyacente universalmente común, que se buscó en occidente desde el “comienzo” del pensar filosófico (a partir de los jonios) resulta que es su Ser. El arjé (ρχή = arkhé > “fuente”, “origen”) del mundo es su Ser, el Ser. La mismidad del cosmos es su Ser, lo que hay detrás de la “naturaleza” (φύσις.= physis > “brote”,
“emanación”) es lo Ente (τó óv > “lo que es”). Dejemos de lado el tema del uso del lenguaje que hacían los griegos, las implicaciones y la ambigüedad (si es cópula, si es sujeto, etc.,etc.) del “verbo” SER (εμ = eimi “ime” > ser >>estar>> haber>>existir) porque es muy complicado para la exigencia del caso. Aunque es sabido que la mayoría de las controversias sobre la obra de Parménides son de tipo semántico y particularmente sobre el semantema (o también, lexema) “ser”. Es interesante saber que, como en español por ejemplo, el verbo “ser” es tan importante, que lo acabo de usar para decir que “ser es tan…”. Entonces, este semantema (que puede ser verbo, entre muchas otras funciones) incluso ha formado nuestra forma de pensar a través de los siglos, por lo cual es muy difícil abstraerse. Prueba lo antedicho el “enredo” que puede generarse al leer los fragmentos de Parménides, así como las nefastas interpretaciones que, aunque pocas, las hay. Sobre el Ser sólo se puede decir que es. En esto consiste precisamente la primera verdad, fundamento universal de cualquier otra verdad: el ser es. Y es lo único que se puede decir sin que pierda nada de sí, lo único decible
por fuera del nomos (νόμος = nómos > “ley” humana). La suposición que es cimiento del Mundo de Parménides parte de una aletheia (λήθεια = “a”
sin “lethia” ocultar > se entiende como “verdad”). Esta “verdad” (“sin ocultar”, “evidente”) develada (sin velo), le es revelada en su expedición “tan lejana como el ánimo anhela” (fragm.1). Como ya se dijo, esta verdad es que “lo Ente es” (fragm.6). Y su “antinomia”, lo No ente, es “indecible e impracticable” (fragm.2), y “nada no es” (fragm.6). La oposición entre el Ser (lo Ente) y el No ser (lo No ente) asume primeramente el principio de identidad, en donde el Ser es -y el No ser no es-. En apariencia copioso, este enunciado –el Ser es y el No ser no es- es el fundamento del eleatismo. Razón que también implica a lo Ente ser único, porque la otra opción haría que lo No ente estuviese siendo. Luego, el principio de no contradicción implica por un lado que el Ser es y no puede no ser, y por el otro lado, que el No ser no es y no puede ser. Obsérvese que todo el razonamiento implica la exclusión de una tercera posibilidad (tercero excluido). Esta “camino” hacia una “meta” inconcebible conforma un argumento reductio ad absurdum. Este método le permite a Parménides negar la multiplicidad del Ser de siguiente modo: A) Lo Ente es uno > B) Si no es uno, es múltiple > C) Si es múltiple lo No ente es Parménides afirma que lo Ente es uno (tesis). A ello, le agrega (como antítesis) la otra posibilidad restante (excluyendo una tercera), o sea, lo Ente es múltiple. La conclusión C) se razona así: la multiplicidad implica una diversidad, una alteridad. ¿Y qué es lo alterno a lo uno? ¿Cuáles son esas singularidades que conforman la pluralidad? ¿De qué consta esa multiplicidad ontológica?… Pues lo múltiple constaría de lo Ente y de su otra posibilidad, lo No ente. Entonces tenemos aquí siendo a lo No ente, tal como se afirma en la conclusión C), lo cual es el absurdo al que se quiere llegar. En el “Parménides”, durante la estadía en Atenas de los dos ilustres eleatas, Sócrates habla: …”Tú dices, oh Zenón, que si las cosas que son, son muchas, éstas deben de ser todas parecidas y también todas distintas, lo cual es algo imposible; de hecho lo que es distinto no puede ser parecido, ni lo que es parecido ser distinto, ya que es imposible que lo que es distinto sea parecido y lo que es parecido sea distinto, y por lo tanto también es imposible que sean muchas las cosas que
son…” (Platón, ca. 368 A.C.) Ahora bien, ¿qué aclara, tanto para la génesis o para la destrucción de lo Ente, que lo Ente sea uno? Sencillamente que no debemos buscar el origen o el fin en una constelación de entidades, sino que únicamente en el siendo de lo Ente. Se me ocurre que puede ser una buena transliteración de lo Ente (el Ser)
referirlo como el “Siendo”. Así como eón (αίών = aión), “Siendo” connota su presente continuado y su esencia ontológica. Ya que denota su persistencia, su perseverancia, su redundancia, también su
atemporalidad. La ausencia del tiempo se manifiesta en ese presente continuo de lo (Ente) Siendo: un presente que desconoce de pasados y de futuros, que no puede ser atrapado sin dejar de ser lo que es. El presente, a pesar de ser lo único que de hecho es (siendo), es menos “aprehensible” que el pasado, al menos cognitivamente. No se puede siquiera pensar en el presente, porque ya pasó para ese entonces. El presente no tiene tiempo. Un infinitésimo (a la enésima potencia) de “tiempo” luego, posteriormente después a un “presente”, es pasado. Incluso hasta parece el futuro ser más tangible, más real (al menos el futuro inmediato). Sin embargo, a pesar de no tener ninguna magnitud (ni siquiera la temporal), el presente es el escenario (a modo de contenedor newtoniano) donde se manifiesta lo existente o (como para Liebniz) lo existente es el propio tiempo (el tiempo es dependiente de las cosas materiales: hay tiempo porque hay sucesos). Entonces, si lo Ente es capaz de ser en una tal dimensión (sin “dimensiones”, sin quantum) como es la del presente, podríamos sospechar que siempre “fue” y siempre “será”, ya que lo Ente no necesita de una plataforma temporal (como no la necesita en el presente) para poder ser en todos los pasados y en todos los futuros (o sea ser siendo). Lo Ente no necesita del tiempo para ser, sino que contrariamente es el tiempo quien necesita que lo Ente sea para también poder ser. A pesar de ello, es pensable. A pesar de su presencia en un tiempo ausente, lo Ente es inteligible ( pero lo No ente ni puede pensarse, ni mencionarse, ni nada). Es inteligible porque es el Intelecto, es la Razón. ¿La Razón de qué? La Razón de Ser. Esta instancia “superior” que hace ser lo Ente de la manera que es, algo así como una conciencia de lo Ente, una instancia ordenadora en el propio Ser (un SuperSer). Esta noción de noûs (νος ó νόος > mente, intelecto, fuerza ordenadora, etc.) esbozada aquí será retomada por Anaxágoras. Lo interesante de estos conceptos de Parménides (del fragmento 4), reside en que se puede al menos tener la duda sobre la posible génesis de lo Ente. Noûs mantiene a lo Ente sin multiplicidad
(ni “junto” y ni “disperso”) y siendo uno (“sólido” y “compacto”) sin que nada le falte (ya que hasta contiene lo ausente)… ¿Podría también este noûs estar involucrado en la génesis de lo Ente?… “Pero mira: lo ausente está a la vez firmemente presente para el noûs, porque el noûs no apuntará lo ente de su conexión con lo ente, ni disperso por todas partes y de todos lo modos según un orden, ni reunido en sólida consistencia.” (fragm.4) “Indiferente es para mi por donde empiece, pues allá retornaré de nuevo.” (fragm.5) Como es sabido, en toda concepción trascendental del pensar humano que no haya sido ignorada o descartada, se cumple la validez argumental. Generalmente, la discordia o crítica posterior, cuando no una refutación categórica, es enfocada sobre el punto de partida del cuerpo teórico. El enunciado que oficia de punto de partida es el que origina las discrepancias, generalmente. Luego de tener ese “cimiento”, el edificio teórico se realiza dentro de las reglas de juego convencionalmente aceptadas. ¿Quién va a dudar de la validez matemática, por ejemplo?. Su desarrollo teórico es irreprochable. ¿Se puede poner en tela de juicio a la física clásica? Sí, se puede y de hecho ya es tema superado. ¿Quiere esto decir que contenía errores metódicos o demostraciones desquiciadas? La respuesta es no. Sucede que el campo de aplicación, en este caso de la física clásica, era restrictivo como para que fuese “correcto” o “cierto” en todo el Universo. Para construír un puente por ejemplo, se necesita un ingeniero, un “físico”. Este ingeniero, que supongamos desconoce otra física que no sea hija de Newton, cumplirá correcta y acertadamente con su labor. El ingenio del puente quedaría satisfactoriamente resuelto, salvo alguna desgracia contingente que no ha lugar para esta suposición. Sucede que las leyes que se cumplen para determinado campo de aplicación, mundano en este caso, pueden no cumplirse para otras coordenadas. Y eso no quiere decir que está ·”mal” construido el corpus teórico, sólo que está restringido a un “nivel” del universo. En el caso de la física, tenemos la física cuántica o a a relativista, las cuales “responden” a otros problemas que la física clásica no abarca. Incluso la teoría general de la relatividad, parece que no es tan “general” como se pensaba. En el caso de la matemática, y nadie duda de su validez, sabemos, sin embargo, que las “verdades” en las que se asienta son
“palabra santa”. Este fundamento axiomático se “toma” o de “deja”. Son argumentos primarios no comprobables, salvo en sí mismos, como la
“identidad”,etc. No se les denomina “dogmas” porque queda “poco laico” en una “ciencia”, pero lo son. Y punto. (y recta)… Parménides no es la excepción a la construcción teórica que parte de ese tipo de “revelaciones” y a partir de las cuales se progresa (progressus) y que sistemáticamente a ellas se vuelve (regressus) para justificar en última instancia. Es así que adquiere sentido el viaje sobrenatural de Parménides, más allá de lo pintoresco que resulta aducir que era una costumbre, o que la transición del mito al logos, o la influencia homérica, o el sentirse un “elegido”, etc.,etc.. La revelación dada a Parménides es ese principio fundante, que por evidente que pueda ser, no admite una explicación porque no hay una lógica por detrás. La hay sí por delante de ese principio necesario y, pretendidamente, “suficiente”. Lo único que se puede no compartir de la argumentación que hace Parménides, es su principio: el ser es y el no ser no es (lo Ente existe y lo No ente no existe). Incluso este punto de inicio, revelado desde el “más allá”, es difícil de rechazar. Seguramente debido a la estructuración mental que heredamos y que reforzamos “aculturándola”, no nos es posible pensar alguna alternativa airosa frente a la premisa eleática del ser. Entonces tenemos que la imposibilidad de destrucción de lo Ente es bastante razonable, es decir, se desprende como conclusión de una cadena de argumentos correctos. La problemática, como ya se dijo, refiere más a los significados semánticos, preponderantemente en torno al semantema ser. Ahora, el atributo ingénito de lo Ente, es un poco más difícil de rastrear. Siempre lo “ur” es la pieza sellada de la colección… Que de la creación nada vaya a quedar, no es viable. ¿Para dónde va a ir? ¿A qué le llamamos fin? ¿A que explote una estrella? ¡Si el sistema solar es gracias a alguna explosión estelar!… ¿A que un agujero negro se trague todo lo que hay, incluso a los escritos de Parménides? Tampoco sería el final, habría siendo (permaneciendo) al menos un agujero negro tratando de digerir al cosmos. Lo que hay son finales de transitoriedades, como los seres humanos, un planeta, una estrella, o lo que se nos ocurra designar como de transitoriedad relevante, y por ello recortado de la totalidad del espectro. Incluso, dentro del sistema cuasi-cerrado que denominamos La Tierra, sabemos hace siglos que nada se pierde y que todo se transforma. Perece lo que es pero no el es. El Siendo siempre fue y será. Lo que está siendo, es sólo en el presente. Si el ser es uno, como ya vimos por lo absurdo de lo múltiple, es el todo. Que como todo que es siempre va a estar. ¿Dónde se iría a situar al perecer, si es todo? Para dónde sea que escape, también sería parte de su totalidad. La unicidad de lo Ente que se desprende de la premisa revelada es en definitiva la causa que imposibilita su extinción. Como se puede apreciar, siempre hay un regreso al cimiento de la argumentación. Una vez que lo Ente no es múltiple, o sea es uno y ese uno es el todo (plenum), se infiere su indestructibilidad. Además, si dejara de ser, sería no ser, y el no ser no es. Y a su vez el ser es y es imposible que no sea. Este laberinto de palabras, tiene sentido. Este apoyo, esta recurrencia, se denomina regressus ontológico. Se niega la multiplicidad, la vía errática del mundo sensible, y se afirma un Uno completo, único, un Todo. Lo Ente es ingénito. ¿Qué origen le buscarías? ¿Podría el ser haber no sido? No. Por definición no puede lo Ente devenir de lo No ente, porque lo No ente no es. Y es inadmisible que sea. Lo mismo que hace que lo Ente sea imperecedero.

“¿Cómo podría después dejar de ser los entes? ¿Cómo llegaría ser? Si llegó a ser, no es, ni tampoco si va a ser alguna vez. Y así se extingue la génesis e ignota es la ruina.” Fragm. 8

Bibliografía ABBAGNANO, Nicolás. Historia de la filosofía. Barcelona: Ed. Montaner, 1975. BUENO, Gustavo. Ensayos materialistas. Madrid: Ed. Taurus, 1972. FERRATER MORA, José. Diccionario de filosofía. Buenos Aires: Ed. Sudamericana, 1964. GOMPERZ, Theodor. Pensadores griegos. Barcelona: Ed. Herder, 2000. HAUSSMAN, Bernard. Problemas filosóficos de la matemática moderna. Buenos Aires: Ed. Columbia, 1968. KIRK, G., RAVEN, J.E., SCHOFIELD, M. Los filósofos presocráticos. Madrid: Ed. Gredos, 1987. PLATÓN. Obras Completas (Trad. García Vaca). Caracas: Ed. PRV-FHCE, 1980. RUSSELL, Bertrand. La sabiduría de Occidente. Madrid: Ed. Aguilar, 1964. SOTO POSADA, Gonzalo. El enigma de Parménides. Revista “Escritos” Nº 37. Medellín: Ed. U.P.B., 2008.

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