(Breve cuento, un poco en serio, un poco en broma, sobre el Sr. Dato, y su largo camino antes de ser socialmente aceptado.)

Hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era chico, en la playa, noté que las personas, cuando más lejos, más sencillas e iguales se veían. Al alejarse perdían sus dedos, sus brazos y sus piernas y quedaban como una simple rayita. Pero curiosamente, bastante antes de quedar tan simples, también perdían el movimiento. A cierta distancia se veía la persona. ¡Pero no se le veía mover! Uno notaba que, de un momento a otro, ya no estaba en el mismo sitio, pero no lograba verla en movimiento.

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