Los datos de la crisis ecosistémica global y local abundan. No son producidos en el marco de paradigmas conservacionistas ni anarco-ecologistas; lejos de ello, son el resultado de la acumulación institucional capitalista y estatal -muchas veces en el marco de conflictos contra su propia acción, muchas veces atenuando y ocultando los datos más alarmantes-. Más allá y más acá de la mathesis de la ciencia moderna, lo “real-concreto” irrumpe en forma de cataclismos climáticos y sus consecuencias para la vida humana. Podría pensarse que en un contexto así, la asunción de la responsabilidad humana sería inevitable y así también la deslegitimación del desarrollismo como doctrina política ecoicida. Sin embargo, la realidad en el Uruguay es de una fuga a ciegas hacia adelante, negación de lo real y peligrosa confianza en abstracciones modernas convenientemente difundidas desde el poder: el progreso humano benéfico, unidireccional e irreversible, la ciencia como institucionalidad benigna y neutral y el liderazgo político no clasista, que gobierna “Para todos”, como dice el lema demagógico del gobierno de izquierda neoliberal o corporativista.
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