Frente a los usos políticos de los términos, nuestra función como filósofos es
desencantarlos, develar el significado que se esconde en los usos abusivos de
expresiones como ‘los verdaderos intereses de la gente’. Se dice ‘verdadero’ referido
al supuesto engaño de quienes no conocerían sus ‘verdaderas’ necesidades,
intereses, preferencias, y no serían ‘verdaderamente libres’. Las distinciones
meramente lingüísticas no resuelven nuestros problemas: Necesitamos principios
morales y argumentos que los fundamenten. No pretendemos contestar la pregunta
de por qué existe filosofía política. Queremos afirmar que se la hace siempre, y los
que dicen que no la hacen, simplemente se emboscan, en un pretendido apoliticismo,
como el que quiso defender Heidegger -con sorprendente éxito- después de la derrota
del nazismo.

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Un comentario sobre “El lenguaje en filosofía política, una introducción (Lía Berisso)

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