Ariel Nro. 2 (primera parte) – 09/2009

Ariel, revista filosófica
Red Filosófica del Uruguay
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Esta es una publicación de Red Filosófica del Uruguay

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Imagen portada: Dunas del Cabo Polonio

Redactor Responsable: Fernando Gutiérrez Almeira

Nota editorial: El presente volumen de la revista Ariel, primero de los dos que aparecerán en Setiembre de 2009 se construyó a partir de los contenidos del blog del sitio de la Red Filosófica del Uruguay, del mismo modo que lo hecho con respecto al volumen editado en Agosto de 2009 tratando de mejorar la presentación de los textos, la imagen de portada, etc. En tanto se realiza esta publicación ha sido anunciada como primera fecha de cierre efectiva de la revista Ariel el 31 de octubre de 2009. A partir de esa fecha la revista Ariel será una publicación bimestral, siendo su lanzamiento en el bimestre Noviembre-Diciembre, con la condición no existente aún y que se cumplirá a partir de esa fecha, de que sus textos serán INÉDITOS. Por lo pronto la revista Ariel ya cuenta con un staff importante, los nombres y datos de cuyos integrantes pueden encontrarse en el sitio de la Red (http://filosofiauruguaya.ning.com ). Además, se sabe ya que en su lanzamiento a la categoría de revista basada en textos inéditos, en NoviembreDiciembre 2009, tendrá como creador de su portada a Marcelo Falcón Vignoli y como diseñador gráfico a Leandro Vieira, ambos miembros de Red Filosófica del Uruguay. Importante: Los textos que aparecen o aparecerán publicados en Revista Ariel son de la autoría EXCLUSIVA de miembros de la Red Filosófica del Uruguay. Por lo tanto, quien desease publicar en Ariel deberá registrarse como miembro de la Red. La dirección existente para enviar textos INÉDITOS a ser publicados en revista Ariel con fecha límite el 31 de octubre de 2009 durante el período NoviembreDiciembre es la siguiente:

atalamantis@gmail.com

Gracias por compartir esta experiencia.

ÍNDICE

  1. VAZ FERREIRA: PRIMER CRÍTICO DEL CARÁCTER COLECTIVO URUGUAYO (Mateo Dieste)
  2. FILOSOFÍA EN EL URUGUAY: ACTUALIDAD Y DESPUÉS (Horacio Bernardo)
  3. EL ARTE VISTO COMO UN MEDIO DE EXPRESIÓN MUY PARTICULAR (Luis Mazas)
  4. AUTOCONCIENCIA (Fernando Gutiérrez Almeira)
  5. GOOGLE ACT: EL ESPACIO PÚBLICO EN RELACIÓN A LOS CUERPOS (Laura Alonso)
  6. EL COLOR DE LA VIDA (Dardo Bardier)
  7. FILOSOFÍA Y EXTENSIÓN: UN LUGAR DE LA INFANCIA (Walter Kohan)
  8. CONCIENCIA Y SENTIDO DEL TIEMPO (Nelson Pilosof)
  9. AUTORES, PROPIETARIOS, METAFÍSICOS (Horacio Potel)
  10. JUAN MOREIRA: FÁBULA DE UN HÉROE (Analía Lardone)
  11. MIRADA CIEGA: LA IMAGEN DEL PENSAMIENTO (Ricardo Viscardi)
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MIRADA CIEGA: LA IMAGEN DEL PENSAMIENTO (por Ricardo Viscardi)6

(Instituto de Filosofía-Universidad de la República-Montevideo)

La imagen en la mediación

La discusión acerca de la imagen alcanzó durante el siglo XX, en particular a través de la fenomenología, un lugar significativo en la explicación de la constitución y el proceso del pensamiento. Sartre en sus escritos de juventud le da atención preferente y la considera el elemento característico de la autonomía subjetiva.[1] Derrida ve en la estructura diferencial que vincula significante a significado (imagen acústica y concepto), tal como la plantea Saussure[2], el atisbo de la desubstancialización del concepto, es decir, el umbral de posibilidad de la deconstrucción.

Un giro alternativo adviene, sin embargo, con el trabajo de Marie José Mondzaín, en cuanto esta investigadora se sitúa en la doble perspectiva de una arqueología de la imagen y de un análisis de los medios masivos de comunicación en la segunda mitad del siglo XX, con particular énfasis en la televisión. La filiación del trabajo de Marie José Mondzaín se vincula al grupo de estudios sobre el cine, que desde el fin de los años 1950, desarrollaran figuras como Roland Barthes y Edgar Morin. Posteriormente, con el desarrollo de ámbitos específicos de reflexión sobre el cine y la teoría de la imagen en la Universidad de Paris8, así como la inscripción de esa orientación en el Collège International de Philosophie a partir de su creación en 1983, se
desarrolla un núcleo de trabajos importante en torno a la teoría filosófica de la imagen, del cual participan, entre otros, Ancla Vasiliu y la propia Marie José Mondzaín.

La transformación que adviene con el trabajo de Mondzaín obedece a la progresiva significación que adquiere, en el horizonte filosófico, la rearticulación de la cultura intelectual medieval con el surgimiento del pensamiento clásico.

Esta revalorización obedece, a su vez, a la relectura que el estructuralismo y el posestructuralismo posibilitan de la crítica moderna del pensamiento clásico, en cuanto esta crítica decimonónica anclaba en los propios postulados del idealismo trascendental y de su posteridad organicista. El planteamiento de una materialidad alternativa del discurso, enfrentada al lenguaje desde un ámbito intrínseco y no desde la condición sucedánea de la conducta empírica, permitió acceder al vínculo entre pensamiento y lenguaje desde una perspectiva liberada de correlatos naturalistas[3]. Asimismo, esta liberación de la comprensión del vínculo activo entre pensamiento y lenguaje condujo a una teoría de la enunciación y a la consiguiente revalorización de la condición interpretativa propia a la individuación medieval[4].
En este contexto teórico proclive, desde los años 80, a una arqueología de la enunciación, el planteo de Mondzaín[5] se caracterizó por la identificación de la imagen como el elemento crítico de la originalidad cristiana. Desde esa perspectiva aborda el crisol teológico del pensamiento medieval, para vincular su sedimentación antropológica con la visión cristiana medular, que no es otra que la elaboración patrística de la cristología.

En ese núcleo encuentra el simulacro epicúreo una transformación conceptual radical, en cuanto la imagen no sólo vincula, sino que ante todo interviene en tanto que vehículo icónico articulador del proceso universal de la creación. El elemento decisivo del aporte de Mondzaín reside en explicar la imagen por el criterio cristológico de la mediación, antes que como efecto de una mediación incorporada en el orden natural del conocimiento, tal como se postulara desde el análisis moderno. Esto permite explicar el efecto antropológico del cristianismo, anclado en sus propias coordenadas y condiciones, así como establecer una economía simbólica de los procesos culturales regidos por el legado cristológico, en particular, por la postulación de un “tercero incluido” que articula el campo propio de la mediación.

Desde esa perspectiva antropológica la imagen arquetípica es la imagen de Cristo, en cuanto concita la pasión propia de un proceso de salvación que incluye al individuo, en tanto el propio Creador, que se hace hombre en Cristo, lo llama a participar en un mismo destino de la Creación. La imagen de Cristo en la Cruz, transida de la pasión del Creador, permite el tránsito desde la pasión de la criatura, hacia el destino que el Cristo salvador-mediador le anuncia con su propio sacrificio.

Esta identificación entre imagen de la pasión y pasión por la imagen, con su sedimentación antropológica, instala una economía simbólica con dos inscripciones principales: encarnación e incorporación. La encarnación supone la participación subjetiva del individuo en el destino de la mediación, de manera que identifica su propio destino con el del mediador y por consiguiente, con la pasión por la imagen que éste, de su lado, encarna. La incorporación supone, por la vía de la mediación que posibilita la
imagen, la participación en el orden del conjunto de la Creación, en cuanto este orden se constituye a través de un proceso articulado entre los miembros del mismo orden.

Esta diferenciación entre encarnación e incorporación le permite a Mondzaín establecer un criterio para el análisis de la imagen, según la inclinación que ésta presente a preservar un equilibrio entre las dos fases de su desarrollo. De esa forma, la imagen puede ser gobernada con un criterio antropológico, estableciendo el elemento participativo que debe predominar en su desarrollo. A ese respecto, Mondzaín señala como ejemplo canónico de implementación de la imagen en favor de la dominación, en razón de una carga predominante de “incorporación” (en el sentido que Mondzaín le da al término en su teoría), la estrategia seguida por el régimen nazi en el empleo de la propaganda y más particularmente del cine.

La imagen de la intermediación

El advenimiento de las Tecnologías de la información y la comunicación (Tics) introdujo una modificación significativa en la economía de la mediación tecnológica. Esta transformación se traduce en el proceso que los especialistas denominan “convergencia”[6]. Dos artefactos son característicos de este proceso: el computador y el teléfono celular.

En los artefactos que lideran los procesos de “convergencia”, distintos medios se reúnen en un único soporte, que se encuentra de esa forma provisto de una polivalencia mediática. El computador se convierte simultáneamente en transmisor de radio, televisor, emisor y receptor de correo, proyector de imagen, reproductor de música, etc. Incluso, estas funciones comienzan a estar ligadas entre sí a través de un sólo artefacto. Otro tanto ocurre con el teléfono celular. La “convergencia” que postulan los expertos en tecnologías mediáticas se convierte, a través del análisis de Gianfranco Bettetini[7] en su contrario. No convergen en el aparato una multiplicidad de vectores mediáticos, sino que el artefacto intermedia entre una diversidad de soportes mediáticos y más allá, entre condiciones de producción y de concepción. En las Tics no nos encontramos ante un “resumen” de medios, sino por el contrario, ante una ideación expansiva que desplaza sin cesar los límites de su propia ampliación. De tal forma, el artefacto Tics intermedia entre la industria y el servicio, el soporte y el contenido, la sustancia y la forma.

El aspecto determinante de esta situación es el rol activo que la tecnología tiene en tal intermediación y en qué medida la misma tecnología postula, por sí y ante sí, los términos que posteriormente religa. Bettetini[8] ha observado que el computador se transforma, en el plazo de treinta años, de instrumento de cálculo en instrumento de tratamiento de la información, para terminar por convertirse en soporte de la comunicación. Esa transformación histórica del computador, antes que subrayar la reconversión técnica de un artefacto, destaca la división de la información que surge de la transformación de un vínculo de información (unisémico) en un vínculo de comunicación (polisémico).

Cabe preguntarse qué significa ser soporte de la comunicación, cuando la comunicación requiere, en el planteo de Derrida[9], estar ante otro. Lo propio de la
comunicación es ser alter-nativa, suponer alter, otro, como su condición de existencia. Por consiguiente, la mutación que transforma al artefacto que era soporte de información en soporte de comunicación, supone que el artificio no sólo amplifique la potencia de cálculo informativo, sino ante todo, la vinculación Incalculable de la comunicación. La extensión cuantitativa de la información, su potencial calculable y la propia instrumentación que despliega, producen asimismo un hiato en la información, en cuanto la colocan al servicio de la comunicación y la dividen, por consiguiente, en tanto que proceso atravesado por la propia alteridad.

“Sin olvidar que todos los nuevos media hacen tecnológicamente posible también la interacción entre usuarios a través de los medios, más allá de la simple interacción con lo medios: y aquí nos encontramos en el centro del campo constituido por su clasificación en una perspectiva “relacional” o comunicativa. No se trata ciertamente de una interacción natural, sino de una especie de interacción humana mediada por máquinas interactivas”.[10]

El interés que reviste para una teoría de la información la expresión “(…una especie de interacción humana mediada por máquinas interactivas”, consiste en que las “máquinas interactivas” configuran un “tercero incluido”, por medio de la interacción de dos interpretantes que comparten sus divergencias a través de un mismo artificio. Esta división de la información es un hecho inédito en la cultura de occidente, sobre todo porque se produce subjetivamente, a través del artificio humano, circunstancia que promueve la disyunción comunicacional a través de la misma actividad que impele la vinculación informativa. La alter-nativa de disyunción queda sustentada comunicativamente, por esa vía mediática, como efecto del mismo impulso que la impele informativamente.

Esta escena de impeler en disyunción[11] explica la intermediación (“convergencia” para los expertos) que instalan las tics, desde el punto de vista de la tradición de la metafísica, en cuanto esta tradición, particularmente a través de su versión cristiana, entendió a la información como vinculante a partir de una fuente comunicacional, esto es alter-nativa. De esta forma, la posibilidad de la comunicación revestía cuerpo mediático en cuanto el vehículo informativo adquiriese univocidad, por consiguiente, la comunicación se determinaba a través de la unificación de las condiciones de mediación, esto es, de información. Sin embargo, el desarrollo artefactual de la información ha revertido esta perspectiva cultural, en cuanto la unificación calculable de la información, es decir, la informática, ha terminado por inficionar la propia unicidad calculable de la información al impeler, desde la propia potencia calculable de esta última, un vínculo incalculable de disyunción comunicacional.

La interrogante que deja planteada la historia del soporte informático, por su transformación tecnológica en soporte de comunicación, plantea la trascendencia de lo Incalculable a partir de la propia información Calculable. Esta trascendencia no se dirige hacia un fin o núcleo que la satisfaga en su designio, sino que proviene de un designio que instala un más allá por medio de su intermediación informativa (“las máquinas interactivas”). Esta trascendencia no actúa, por consiguiente, bajo mandato substancialista, determinista ni finalista (onto-teo-teleo-lógicamente), es decir, en una comunicación del ser pro-vista por una existencia previa al proceso inteligente, sino
como consecuencia de la entidad supra-informativa que el artefacto pone por sí mismo en comunicación.

La transformación de lo Incalculable

El elemento que plantea otra perspectiva para la metafísica, es la inscripción de lo Incalculable en la condición de la tecnología, con un advenimiento vertical de la alteridad a partir del propio núcleo de lo calculable, de forma que lo Incalculable prospera a partir de la actividad del cálculo. El vínculo entre lo Calculable y lo Incalculable como efecto de la técnica moderna fue planteado de forma insigne por Heidegger. Este efecto genera desde ese punto de vista lo gigantesco, que a su vez se encuentra superado, desde sí mismo, por la magnitud del ser que lo protagoniza:

“Car le gigantesque est bien plutôt ce par quoi le quantitatif devient une qualité propre et, ainsi, un mode insigne du Grand. Chaque époque historiale est non seulement plus ou moins grande par rapport aux autres; elle a aussi, à chaque fois, sa propre notion de la grandeur. Mais dès que le gigantesque de la planification et du calcul, de la réorganisation et de la sécurisation saute hors du quantitatif pour devenir une qualité propre, le gigantesque et ce qui est apparement toujours et entièrement calculable devient par cela même l’Incalculable. Celui-ci reste alors l’ombre invisible, partout projetée autour de toute chose, lorsque l’homme est devenu sujet et le monde image conçue”.[12]

“Lo gigantesco es más bien aquello por medio de lo cual lo cuantitativo se convierte en una cualidad propia y, por lo tanto, en una manera especialmente señalada de lo grande. Cada época histórica no sólo es diferentemente grande respecto a las otras, sino que además tiene su propio concepto de grandeza. Pero en cuanto lo gigantesco de la planificación, el cálculo, la disposición y el aseguramiento, dan un salto desde lo cuantitativo a una cualidad propia, lo gigantesco y aquello que aparentemente siempre se puede calcular por completo, se convierten precisamente por eso en lo incalculable. Lo incalculable pasa a ser la sombra invisible proyectada siempre alrededor de todas las cosas cuando el hombre se ha convertido en subjectum y el mundo en imagen”.[13]

Dos expresiones de Heidegger trasuntan, para explicar lo propio de la historialidad de la Técnica, una puesta al límite de toda magnitud, sea ésta temporal, espacial o conceptual: “(…le gigantesque et ce qui est apparement toujours et entièrement calculable…)” y más abajo “(…partout projetée autour de toute chose…)”. Pero esta puesta al límite de todo límite no proviene de una extensión inusitada (lo gigantesco en el sentido trivial que denuncia Heidegger unas líneas antes) de la actividad, sino por el contrario, de su intrínseca cualidad propia. La totalización calculista no deja lugar, al calcularlo todo, sino a algo intrínsecamente cualitativo, inédita plétora que desborda en sombra de sí misma. Este des-bordar corresponde a una inherencia plena del límite, que no queda de-limitado sino por el hombre, en tanto sujeto que protagoniza el mundo en cuanto imagen. Lo que de-limita, como puesta al límite de toda delimitación previa a su intervención des-bordante, es Incalculable porque In-Calculable.

Calculable-In-Calculable, lo gigantesco supone conversión del cálculo de todo otro en calidad propia de sí. Luego, lo otro y el sí mismo quedan de por sí, uno y otro, vinculados por la conjunción historial, como inherencia de diferenciación propia a la diferencia que se instala Entre-dos.
“Savoir l’Incalculable, c’est-à-dire le préserver dans sa vérité, l’homme ne le pourra qu’à partir d’un questionnement créateur, puissant dans la vertu d’une authentique méditation. Celle-ci transpose l’homme du futur dans cet Entre-deux dans lequel il appartient à l’être cependant qu’au milieu de l’étant il reste un étranger”.[14]

“El hombre sólo llegará a saber lo incalculable o, lo que es lo mismo, sólo llegará a preservarlo en su verdad, a través de un cuestionamiento y configuración creadores basados en la meditación. Ésta traslada al hombre futuro a ese lugar intermedio, a ese Entre, en el que pertenece al ser y, sin embargo, sigue siendo un extraño dentro de lo ente”.[15]

El “hombre del futuro” presenta un presente dividido, entre el ente en que permanece como extranjero y el ser al que pertenece partir de la meditación que lo transpone en el “Entre-dos”. Por consiguiente, el “Entre-dos” no divide, sino que reúne y conlleva el ser, donde el hombre se encuentra traspuesto por la intervención del “cuestionamiento creador” a partir de la “auténtica meditación”. La “sombra invisible” corresponde entonces a la condición Incalculable propia al ser en el “Entre-dos”, determinada desde ese ámbito indiviso del ser. Este indiviso es la relación misma entre el hombre en tanto sujeto y el mundo en cuanto imagen, sujeto de cada cosa como una cosa de la imagen, cosas que quedan a la luz del ser que proyecta el mundo, sujetoentre-imagen. Más allá del sujeto-entre-imagen, queda la “sombra invisible” que el ser Incalculable del hombre arroja, Entre-dos, en todas partes alrededor de las cosas del mundo.

Lo Incalculable “salta fuera de lo cuantitativo” como consecuencia de la plétora cualitativa del propio cálculo, pero además, por todos lados alrededor de toda cosa, se proyecta Incalculable la sombra invisible que supone el sujeto-entre-imagen. El Entredos concita dos Incalculables: el hombre y el mundo. Los dos están determinados por el sujeto-entre-imagen. Lo Incalculable en la “sombra invisible” de toda cosa es el mismo Incalculable propio al sujeto-entre-imagen, porque las cosas sólo arrojan “sombra invisible” ante la cualidad propia de ese sujeto-entre-imagen.

Lo Incalculable en Heidegger establece una inferencia que por su diferenciación tautológica permanece, como la Identidad de los Indiscernibles en Leibniz, supérstite de sí misma y de toda otra. Identidad y Diferencia es elocuente, en la obra de Heidegger, con relación a esa deuda que revela la tradición.

La “sombra invisible” se encuentra, desde este punto de vista, más cerca del “trop de lumiére obscurcit” de Pascal, que de la “luz natural” de Descartes. No instala una continuidad entre luz y sombra, sino una discontinuidad propia de lo Incalculable, de forma que lo gigantesco está en la desproporción de lo Incalculable ante todo otro, incluso a partir de lo Calculable. A través de la “creación meditativa” esa discontinuidad instala una continuidad antropológica que lleva a lo gigantesco, por cuanto un cálculo puede ser meditado, encerrando así una mediación intrínseca al Entre-dos del hombre, en tanto sujeto-entre-imagen del mundo.

Lo invisible no es entonces ceguera, sino oscuridad de lo que no pertenece a la mediación. Sin embargo lo Incalculable también está allí, porque su mirada sostiene un mundo subordinado a la Imagen, de forma que lo que resta en la sombra admite asimismo el mundo propio de otra imagen, que a su vez corresponde a otro Entre-dos. Lo Incalculable junto con la puesta al límite del cálculo es, por consiguiente, puesta al límite del orden del mundo, en cuanto lo Incalculable de otro sujeto incide en la agonística de todo sujeto.

“Etant donné que cette situation s’assure, s’articule et s’énonce comme Weltangschaaung, le rapport moderne à l’étant devient, dans son déploiement décisif, confrontation des Weltangschaaungs; et non pas des Weltangschaaungs quelconques, mais uniquement de celles ayant déjà recouvré les situations fondamentales extrêmes de l’homme, et avec la dernière detérmination possible. Pour cette lutte entre Weltangschaaungs, et conformément au sens de cette lutte, l’homme met en jeu la puissance illimitée de ses calculs, de ses planifications et de sa culture universelle”.[16]

“Como esa posición se asegura, estructura y expresa como visión del mundo, la moderna relación con lo ente se convierte, en su despliegue decisivo, en una confrontación de diferentes visiones del mundo muy concretas, esto es, sólo de aquellas que ya han ocupado las Posiciones fundamentales extremas del hombre con la suprema decisión. Para esta lucha entre visiones del mundo y conforme al sentido de la lucha, el hombre pone en juego el poder ilimitado del cálculo, la planificación y la corrección de todas las cosas”.[17]

Lo gigantesco es también lucha entre gigantes, agigantados por lo Incalculable, en cuanto éste “pone en juego la potencia ilimitada de sus cálculos, de sus planificaciones y de su cultura universal”. Esta “potencia ilimitada” inabarcable nos señala lo Incalculable como partícipe de un devenir agonístico, en el cual la “sombra invisible” supone también el agigantarse de otro, por su Incalculable cualidad propia de Entre-dos, sujeto-entre-imagen. Por consiguiente, la sombra invisible no es ceguera, ni privación de mirada, sino necesaria indeterminación para el Cálculo de lo que se encuentra Incalculablemente determinado.

La cuestión decisiva de la mediación

Lo Incalculable de la técnica tal como lo plantea Heidegger, nos lleva de retorno a la mediación, por la vía del Entre-dos, como consecuencia de la mediación consigo del sujeto-entre-imagen. Sin embargo, esta mediación es presentada por Heidegger como supeditada a condiciones e incorporaciones que no dependen de sí misma, sino que la subordinan a lo Incalculable. Esta supeditación interviene cuando Heidegger se refiere a la economía propia de la meditación, que supone el coraje, así como cuando se refiere a la “potencia ilimitada” que supone la Weltanschaaung, en cuanto activa potencialidades previas de los individuos y grupos. En los dos casos se aduce un recurso que proviene y adviene de forma supérstite y que el sujeto-entre-imagen no encierra en sí mismo, de forma que lo Incalculable se presenta ante todo con el carácter de fundamento, en particular, del propio sujeto-entre-imagen.

Ahora, esa supeditación de la mediación a lo Incalculable puede encerrar asimismo la incalculabilidad de la mediación y por consiguiente, su perforación metafísica más tradicional. Sobre todo, porque Heidegger atribuye a una “secreta mediación” la emanación de la imagen a partir del ente, tal como Platón concibe a una y a otro. Es claro que el reproche de Heidegger no se dirige a la mediación, sino a su carácter “secreto”. Esto podría llevarnos a retomar el análisis arqueológico de la imagen que se presenta asimismo como un horizonte antropológico en la obra de Marie-José Mondzaín, en cuanto la imagen encuentra su principio en la mediación. Abriendo la imagen a lo incalculable, Heidegger no habría hecho sino acercar la mediación a la imagen en cuanto el sujeto-entre-imagen corresponde a una mediación entre lo Incalculable y lo Calculable, que se resuelve por la meditación, es decir la mediación consigo mismo, en tanto que acto creativo. La meditación se encuentra, sin embargo, embargada por una manifestación que no proviene de la mediación, sino del propio ser, quien manifiesta una necesidad que provoca, a su vez, la transformación del hombre:

“Il s’agit avant tout et toujours de comprendre l’essence de notre âge à partir de la vérité de l’être qui y déploie son règne, parce qu’ainsi seulement s’éprouve du même coup le plus digne de questionnement qui seul donne de fond en comble maintien et cohésion à une création s’ouvrant sur l’avenir, création laissant sur place tout ce qui est simplement là (das Vorhandene) pour faire advenir la transformation de l’homme comme une nécessité jaillisant de l’être même”.[18]
“De lo que se trata en primer lugar y siempre es de comprender la esencia de la era a partir de la verdad del ser que reina en ella, porque sólo así se experimenta al mismo tiempo aquello que es más digno de ser cuestionado y que soporta y vincula desde el fundamento a un crear en dirección al porvenir, dejando atrás a lo que está ahí para que la transformación del hombre se convierta en una necesidad surgida del propio ser”.[19]

El porvenir adviene en el interior de un reino, donde el hombre llega a ser transformado por su capacidad de hacer la experiencia de (éprouver) la verdad, de donde proviene el sostén y la cohésion (maintien et cohésion) de una creación capaz de proyectarse hacia el porvenir. Se trata entonces de un porvenir y de una creación anticipadas por el ser, que por consiguiente pre-destina por su existencia previa, la propia transformación y creación, a través de la meditación, del hombre. Esta preeminencia del ser por sobre el hombre señala que el protagonista determinante de la mediación propia a la meditación es el “reino del ser” y no el hombre como tal, ante todo porque el hombre puede permanecer entre lo existente “como extranjero” (Heidegger dixit, supra), si no llega a “pertenecer al ser” en el “Entre-dos”.
La verdad tal como la entiende Heidegger no ha hecho sino perfeccionar un estatuto que ya tenía en los griegos, en cuanto aquella condición del ser suponía una “secreta mediación”, propia al ser comprendido por Platón en tanto que eidos:

“L’homme grec est en tant qu’il est l’entendeur de l’étant ; voilà pourquoi le monde, pour les Grecs, ne saurait devenir image conçue (Bild). En revanche, que pour
Platon l’étantité de l’étant se detérmine comme Eidos (ad-spect, “vue”), voilà la condition lointaine, historiale, souveraine dans le retrait d’une secrète médiation, pour que le Monde (Welt) ait pu devenir Image (Bild)”.[20]

“El hombre griego es en tanto que percibe lo ente, motivo por el que en Grecia el mundo no podía convertirse en imagen. Por el contrario, el hecho de que para Platón la entidad de lo ente se determine como wodäe (aspecto, visión), es el presupuesto, que condicionó desde siempre y reinó oculto largo tiempo de modo mediato, para que el mundo pudiera convertirse en imagen”.[21]

La interrogante que plantea el carácter secreto de la mediación en su repliegue (retrait) consiste en saber ante quien resguarda, en ese repliegue, tal secreto. No puede ser ante el hombre, porque para los griegos éste no participa, según Heidegger, de una Bild (imagen) concebida, por ende, tampoco de ninguna imagen procedente del hombre. Por consiguiente, tal secreta mediación no puede provenir sino del ente como tal, que engendra su propia mediación de espaldas al hombre. Habrá, por lo tanto, una historialidad del encuentro del hombre con la mediación propia del ente, sólo en cuanto el hombre acceda a esta historialidad a través de su propia pertenencia al ser. Desde que ser y eidos provienen de la misma condición óntica de lo existente, que incluso se reserva una secreta mediación ante el hombre, la noción de mediación en Heidegger, incluso en tanto que inscripta en el ámbito de la meditación, se articula con el existir del ente y no con el devenir de la imagen.

Por consiguiente, el vínculo entre pensamiento e imagen permanece en Heidegger, a través de su concepción de la meditación-mediación, inclinado hacia el ente y no hacia la imagen. Incluso en cuanto el ente provee el avatar historial de la imagen. La imagen no pertenecerá al pensamiento ni surgirá de él, sino de una condición del ente que también incluye al hombre (como lo entiende Heidegger).

Esta comprensión del hombre es precisamente, en tanto que ser de la representación para el sujeto, el plano que Derrida cuestionará en el planteo de Heidegger. Este cuestionamiento es un cuestionamiento, a su vez, de la lectura que hace Heidegger de la presencialidad (pre-esencialidad-Anwesenheit[22]) en el eidos platónico. En el pasaje de su comentario de La Epoca de la Imagen del Mundo al respecto de la determinación propia del ser del ente en tanto imagen, que se divisa en el eidos platónico, Derrida emplea dos apreciaciones distintas, que vinculadas entre sí, permiten sin embargo una observación que acerca a propósito de la mediación (cuyo propósito de mediación, como veremos, sobre todo a través de la imagen, consiste precisamente en acercar).

En un pasaje, que en su significación sigue la que presenta la traducción francesa, Derrida sitúa la condición del eidos que presenta el ser del ente, en tanto que “secreta mediación”: “La determinación del ser del ente como eidos no es todavía su determinación como Bild , pero el eidos (aspecto, vista, figura visible) sería la condición lejana, el presupuesto, la mediación secreta para que un día el mundo llegue a ser representación”.[23] Líneas más abajo Derrida presenta, sin embargo, una versión propia del pasaje de La Epoca de la Imagen del Mundo, en la que registra la expresión “domina mediatamente” para expresar el mismo “secreto”, que esta vez, ejerce una mediación de dominación mediatamente, o sea, por medio o a través de otro:

“Frente a eso (Dagegen), el que para Platón el ser-ente del ente (die Seiendhiet des Seienden) se determine como eidos (aspecto, vista, Ansehen, Anblick) es el presupuesto dispensado (enviado) con una gran anticipación (die weit woraus geschikte
Voraussetzung), y que desde hace tiempo reina, domina mediatamente, de forma oculta (lang im Verborgenen mittelbar waltende), para que el mundo haya llegado a ser imagen (Bild)”.[24]

Por su lado el traductor de la edición francesa vierte: “En revanche, que pour Platon l’étantité de l’étant se determine comme eidos (ad-spect, “vue”), voilà la condition lontaine, historiale, souveraine dans le retrait d’une secrète médiation, pour que le Monde (Welt) ait pu devenir image (Bild)”.[25]
Nos encontramos entonces, ante tres acepciones distintas de “mediación” a partir de la crítica de Derrida a la presencialidad (pre-esencialidad, Anwesenheit) tal como la entiende Heidegger:

1.En la traducción de Brokmeier que corresponde a la edición francesa, la soberanía del ser-ente del ente se encuentra replegada en una “secreta mediación”, que configura una condición lejana e historial del futuro devenir imagen del mundo. 2.En la versión de Derrida, por el contrario, la destinación oculta reina y domina incluso a través de lo mediato, para que el mundo llegue a ser imagen.

3.Finalmente, en un comentario que precede a su propia traducción del fragmento, Derrida parece situarse en una posición mediana entre la que presenta Brokmeier y su propia versión del pasaje, en cuanto la condición y presupuesto propio al ser-ente del ente aparece referido a la “secreta mediación” en sí misma.
Lo que surge del cotejo de versiones del texto de Heidegger, por encima de cualquier exactitud semántica (si tal cosa fuera posible) de la traducción, es que la mediación en su concepto, las satisface a todas. Tanto a la que trasunta la soberanía del ser-ente del ente a través de una condición mediata y opaca, como en la opuesta, que inscribe en lo propio del ser-ente del ente un secreto que termina por trascender desde su soberanía replegada.

Lo que es decisivo desde el punto de vista de la mediación, en tanto mediación, es la indiferencia entre trasuntarse a través de un intermediario o replegarse en sí misma para anunciarse desde su propia soberanía, porque en los dos casos un tercero incluido (la condición mediata de un intermediario o la irradiación de una soberanía) configura la propia figura del vínculo de otros dos elementos entre sí. El “tercero incluido” actúa en tanto emisario que se patenta a través de una opacidad de lo mediato (traducción de Derrida) o a través de la impronta diáfana de una soberanía (traducción de Brokmeier), pero en los dos casos permanece vinculante, como lo propio de la mediación, un tercer elemento interno que la sostiene entre los elementos mediados.

La indiferencia de este elemento interno a la opacidad de lo mediato o a la impronta diáfana de una soberanía constituye lo propio del pensamiento, que se constituye como vínculo con otro, aunque ese otro sea ajeno al propio pensamiento. La arqué del pensamiento, tal como lo registra Derrida en tanto que envío sin origen propio, consiste en la mediación tanto en una faz opaca como en una faz diáfana:

“Esta es incluso la definición tanto de la representación como del pensamiento para Hegel: la Vorstellung es una mediación, un medio (Mitte) entre el intelecto no
libre y el intelecto libre, dicho de otro modo, el pensamiento. Es una manera doble y diferenciada de pensar el pensamiento como lo más allá de la representación”. [26]

La clave para pensar el pensamiento consiste, entonces, en “una manera doble y diferenciada”, lo que quiere decir que una diferenciación interviene entre dos polos, el “intelecto no libre” y el “intelecto libre”, pero esa diferenciación es a su vez diferenciada de la condición doble y configura por lo tanto, el elemento vinculante, interno e incluido, del pensar.

Para Derrida el “tercero incluido” es originariamente, como tal, lapsario, de forma que lo impensable e irrepresentable envía, a través del intelecto no libre, lo que llega a ser representación a través del pensamiento. De esta forma el pensamiento no es sino un remitente que adopta otro, que se inventa una identidad a través del sello de la representación. Por más que este sello se imprima en imagen, no transpone ninguna visión previa, sino la invisibilidad que se antepone a una mirada:
“(El guardián de la ley y el hombre del campo sólo están “ante la ley”, Vor dem Gesetz, dice el título de Kafka, al precio de no llegar jamás a verla, de no poder llegar jamás a ella. La ley no es ni presentable ni representable y la “entrada” en ella, según una orden que el hombre del campo interioriza y se da, se difiere hasta la muerte)”.[27]

Ceguera a distancia

La inclusión de la imagen, así como del pensamiento y la representación en la mediación, hasta el punto de más allá, en que el no-pensamiento se incorpora en lo doble diferenciado del pensar, no deja ante una mirada ciega.

El guardián de la ley, por el contrario, pese a estar ante la ley, no la ve, porque no está ante ella para verla, sino para hacerla cumplir. Que este acto de cumplimiento genere cierto incumplimiento, nos llama a la memoria del dictum latino “Quién custodia a los custodios?”. Pero sobre todo nos señala que la regresión ad infinitum que genera una custodia de la ley, se genera en una mirada ciega a lo que la ley ordena. La mirada ciega del guardián de la ley no puede divisarla porque no tiene distancia de perspectiva suficiente, ya que su ser otro que la ley consiste en darle fuerza pública.

En el caso del hombre del campo, la invisibilidad de la ley consiste en su excesiva distancia respecto a la circunstancia, de forma que el hombre debe forzarse a reconocerla, a punto tal que siempre se trata de un esfuerzo que se agota en el aislamiento.

¿Que sucede entonces cuando la imagen, es decir el pensamiento, es decir la mediación, es decir la distancia propia a la misma ley y a su propia fuerza, se
determinan a distancia, es decir, no a partir del otro inabordable aunque des-bordante en su envío, sino a partir del mismo tele-enunciador-enunciatario que emite-recibe-adistancia un mensaje?

Así como el guardián no está ante la ley para ver en la ley sino para darle fuerza de cumplimiento, situación que lo priva de visión legal por la propia custodia activa de la legalidad, el hombre tecno-lógico no está ante la imagen en pantalla para contemplarla en un marco inalterable, para ordenarla en un sistema de pensamiento o para divisarla en el horizonte de la experiencia, sino para hacer presente la técnica y para actualizar la virtualidad de la inteligencia.

La expresión “inteligencia de la técnica” en tanto que sinónimo de “tecno-logía”, encierra otro des-pliegue, entre “hacer presente la técnica” y “actualizar la virtualidad de la inteligencia”. Esas dos últimas expresiones están expresando una condición lapsaria de la distancia (“hacer presente la técnica”, un presentar a otro) y una condición supralapsaria de la posición (“actualizar la virtualidad de la inteligencia”, consignar un texto). Se trata de una di-stancia lapsaria a la que se sobrepone una posición supralapsaria. Este hiato trans-bordado configura una “neutralización del acontecimiento”, en cuanto se encuentra pre-visto supralapsariamente por una condición virtual y asimismo una “anulación de la naturaleza”, en cuanto artefacto que interviene lapsariamente por una condición artificial:

“L’échouage c’est le moment où, intentionnellement cette fois, librement, délibérément, de façon calculable et calculée, autonome, le capitaine d’un navire, parce qu’il échoue à tenir le cap, prend alors la résponsabilité de toucher le fond, -et cette décision ressemble aussi à un événement”.[28]

“La encalladura es el momento en que, intencionalmente esta vez, libremente, deliberadamente, de manera calculable y calculada, autónoma, el capitán de un navío, porque ha fracasado en mantener el rumbo, toma entonces la responsabilidad de tocar fondo, -y esta decisión también parece ser un acontecimiento”.[29]
Entre el fondo del mar y la conducción del navío no hay visibilidad y sin embargo hay di-stancia. Esta di-stancia amerita una conducción, que posiciona en una encalladura el éxito de la maniobra. El lapso del posible hundimiento ha sido salvado supralapsariamente por una mirada que no ve el fondo. La mirada ciega no es aquí privación de perspectiva, propia del theorein griego (tal como lo expresa la traducción conceptual “ver considerando”), sino prospectiva inherente a la profundidad, aunque ciega en la distancia.

Referencias bibliográficas

Benveniste, E. (1966) “Nature du signe linguistique” en Problèmes de Linguistique Générale 1, Gallimard, Paris. Bettetini, G. Colombo, F. (1995)Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires. Derrida, J. (1967) De la grammatologie, Minuit, Paris. Derrida, J. (1967)La voix et le phenomène, PUF, Paris.
61Derrida, J. (1993) La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona. Derrida, J. (2003) Voyous, Gallimard, Paris. English, J. “De la conscience à la psyché: une phénomenologie éclatée” (2005) Cités 22, 17-18, PUF, Paris. Foucault, M. (1990) Tecnologías del yo, Paidós, Barcelona. Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris. Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza, Madrid. Mondzain, M. (2002) L’image peut-elle tuer?, Bayard, Paris. Mondzain, M. (2003) Le commerce des regards, Seuil, Paris. Muller, Ch. “En un lustro se desarrollará el “hogar digital” y la vida cotidiana estará regida por la computadora, Internet y el teléfono móvil” (2007) Búsqueda, 1º de febrero, Montevideo, pp. 34. [1] Car il ne s’y contentait pas de donner à la philosophie , pour unique point de départ possible, la conscience, en se faisant ainsi, en termes exprès, disciple de Bergson, mais il y identifiait aussi déjà le genre de attitude où la conscience pouvait être le plus elle-même à l’imagination, ce que n’avait pas fait Bergson dans son Essai sur les données immédiates de la conscience, et même, plus particulièrement, quand elle entrait en rapport avec cette région de l’imaginaire où l’art moderne avait créé des “images mobiles”, en reproduisant de cette façon le mouvement même de la vie, mais ailleurs que là toutefois où il s’excerce directement, se trouvant alors transposé dans “l’irréel””. English, J. “De la conscience à la psyché: une phénomenologie éclatée” (2005) Cités 22, 17-18, PUF, Paris. [2] “D’une science qui ne peut plus répondre au concept classique de l’epistémè parce que son champ a por originalité –une originalité qu’il inaugure- que l’ouverture en lui de l’”image” y apparaît comme la condition de la “réalité” : rapport qui ne se laisse donc plus penser dans la différence pure et l’extériorité sans compromis de l’ “image” et de la “réalité”, du “dehors” et du “dedans”, de l’ “apparence” de de l’ “essence”, avec tout le système d’oppositions que s’y enchaînent nécessairement. Platon, qui disait au fond la même chose des rapports entre l’écriture, la parole et l’être (ou l’idée), avait au moins de l’image, de la peinture et de l’imitation une théorie plus subtile, plus critique et plus inquiète que celle qui préside à la naissance de la linguistique saussurienne”. Derrida, J. (1967) De la grammatologie, Minuit, Paris, pp.50-51. [3] El mejor testimonio al respecto es la temprana percepción desde 1939 por parte de Emile Benveniste. Benveniste, E. (1966) “Nature du signe linguistique” en Problèmes de Linguistique Générale 1, Gallimard, Paris. [4] Particularmente “Omnes et Singulatim” en Foucault, M. (1990) Tecnologías del yo, Paidós, Barcelona. [5]Mondzain, M. (2002) L’image peut-elle tuer?, Bayard, Paris. Mondzain, M. (2003) Le commerce des regards, Seuil, Paris. [6] “Por años hablamos de productos convergentes. Lo que define el CES Internacional 2007 es que se trata de la “nueva convergencia”: la convergencia de contenido, servicios y productos…)” “En un lustro se desarrollará el “hogar digital” y la vida cotidiana estará regida por la computadora, Internet y el teléfono móvil” (2007) Búsqueda, 1º de febrero, Montevideo, pp. 34. [7] Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires, p.25. [8] Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires, p.21.
62[9] Derrida, J. (1967) La voix et le phenomène, PUF, Paris, p.78. [10] Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires, pp. 35-36. [11] En Derrida se encuentra la expresión “injonction-disjonction”, que vertimos por “impeler en disyunción” y analizamos en un trabajo anterior: Viscardi, R. “Darse el tiempo de encallar. Tecnología, celulosa y Soberanía en el Río (Uruguay) del Otro”, Seminario Historia y simultaneidad. Política y post-historia en el horizonte de la mundialización, Collège International de Philosophie, Buenos Aires, 12 de abril de 2007. [12] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, pp. 124-125. [13] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid. [14] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, p. 125. [15] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid. [16] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, p. 123. [17] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid. [18] Nota sobre “méditation” en Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, pp.126-127. [19] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid. [20] Op.cit. p. 119. [21] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid. [22]El alemán admite para “anwesenheit”, junto con la acepción generalizada de “presencia” la de “ubicación” y “asistencia”. Asimismo, admite la expresión “im anwesenhet von” (ante), “im anwesenhet von jemanden” en “presencia de alguien”. En función de esa significancia del término, que denota a través de distintas acepciones la noción de una presencia activa, entendemos pertinente la traducción conceptual de “anwesenheit” por “presencialidad”, ante todo, en razón del contexto teórico de la expresión heideggeriana. [23] Derrida, J. (1993) La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, p. 96. [24] Op.cit.p.96. [25] Heidegger, M. (1986) Chemins qui ni mènent nulle part, Gallimard, Paris, p.119. Esta traducción de Wolfang Brokmeier fue revisada en ocasión de la segunda edición, por J. Beaufret, F. Fédier y F. Vézin. La primera edición data de 1962. [26] Derrida, J. (1993) La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, p. 118. [27] Op.cit.pp.121-122. [28] Derrida,J. (2003) Voyous, Gallimard,Paris, p.173. [29]Traducción de R.Viscardi.

JUAN MOREIRA: FÁBULA DE UN HÉROE (por Analía Lardone)

“Moreira no ha sido el gaucho cobarde encenagado en el crimen, con el sentido moral completamente pervertido; no ha sido el gaucho asesino que se complace en dar una puñalada y que goza de una manera inmensa viendo saltar la entraña ajena desgarrada por su puñal. (…) Moreira era como la generalidad de nuestros gauchos; dotado de un alma fuerte y un corazón generoso, pero empujado a la pendiente del crimen, no reconoció límites a sus instintos salvajes despertados por el odio y la saña con que se lo persiguió, haciendo lujo de un valor casi sobrehumano (…)”
Fragmento de “Juan Moreira”, E. Gutiérrez

Al igual que el esquema dramático de El gaucho Martín Fierro, el Juan Moreira narra la historia de un campesino criollo de la campaña bonaerense: la persecución de la que es objeto por parte de los hombres que representan la Justicia, su iniciación en el camino del crimen y la correlativa pérdida del sentimiento de integración social. Ambos enfatizan la entereza del héroe, su coraje, su dignidad y su amor por la libertad. Destacan el gusto por el trabajo, la afición al canto, el apego a la vida familiar y el culto a la amistad.

En el prólogo al Libro “Juan Moreira” -“Metamorfosis de un héroe popular argentino: Las mil caras de Juan Moreira”-, Alejandra Laera es quien nos cuenta que el gaucho citado “se convirtió, sin llegar a saberlo, en un héroe popular cuyo nombre trascendió los pueblos rurales que habitó fines del siglo XIX”, gracias al folletín publicado por Eduardo Gutiérrez, quien narró su vida por primera vez en 1880. “El héroe popular no puede entenderse, en las épocas de fuertes inflexiones modernizadoras como lo fue la década del 80, sin considerar su pasaje por un medio de comunicación de masividad incipiente como era la prensa de esos años.” En ese sentido, Juan Moreira es el primer héroe popular mediático en la Argentina.

Según la autora, lo que sitúa a Moreira en ese lugar de héroe popular es esta alianza entre la tarea de investigador-cronista y de novelista de Gutiérrez, quien se incorpora en “el mercado de las letras”, estableciendo distancia de sus pares, quienes sólo pueden ver en el suceso logrado con los folletines gauchos una claudicación y un desvío respecto de las expectativas de su clase y una alianza con los nuevos sectores populares urbanos. Moreira nace como héroe “en ese brusco pasaje en el que el folletín se apropia de la cultura popular del mundo rural, producida y difundida oralmente por los gauchos, para transformarla en una cultura popular entendida en términos de la nueva e incipiente cultura de masas, es decir, de base urbana y de circulación mediática.”

La misma historia de Moreira era reproducida en canciones gauchas, hecho que acentuaba la popularidad del héroe. Todos los rasgos que se le atribuyen, tanto de criminal a través del prontuario y víctima de la justicia por la oralidad de la tradición, convergen y se enfrentan en la prosa del folletín.

La figura central de la novela adquiere también una importancia representativa cultural, en relación al contexto modernizador de época. Como lo expresa Adolfo Prieto: Moreira fue uno de los “superhombres inventados para cubrir las fantasías del lector urbano (…) que necesitaban presentarse en el ropaje de gauchos.” Muchos de los lectores se situaban en diversos grados de proximidad a la realidad del mundo campesino: espectadores y testigos de la disolución del mundo campesino o memoriosos del desarraigo, encontraron en el paisaje, las costumbres y los personajes una fuente de gratificación complementaria a la provista por las peripecias del héroe, como el reaseguro necesario para un sentimiento de identidad fuertemente sacudido por los cambios.

Además, como personaje, cumplía una función representativa hacia “los de afuera”: lo que unía al país en esta etapa de cambios e hibridaciones era la figura del gaucho, reivindicada por Gutiérrez. En su descripción, el gaucho se estereotipa en este nuevo discurso.

La violencia en Moreira se expresa en una cadena de hechos de sangre en cuyo origen se encuentra la defensa del honor personal y en cuyo transcurso se juega la afirmación instintiva de la libertad. Sus luchas contra los agentes policiales se ubican en el eje mismo de la narración, motor de sus actos de coraje y no síntomas de su degradación moral y su derrota. Los combates simbólicos venían a sublimar las esperanzas de los oprimidos. Gutiérrez favoreció esta postura intercalando discursos políticos y morales cada vez que las acciones de Moreira no parecían justificarse sino por su pertenencia a la clase desheredada del gaucho.

El autor innova en lo verosímil con Juan Moreira tomando la noticia como eje referencial. Trabaja los hechos susceptibles de ser transformados en noticia persiguiendo dos características fundamentales: Es Jorge Rivera quien describe esa combinación: un pedal testimonial-periodístico que moviliza “hechos” y pone a contribución “datos históricos y fehacientes (por ej., el hecho de que Moreira habría sido entrevistado por el autor de folletín el mismo año de su violento final), y un pedal novelesco, que reelabora, selecciona, los materiales acarreados según su propia dinámica imaginativa.

Paul Ricoeur ofrece una interesante idea, cuando habla de la conjunción entre ficción y mímesis en el discurso narrativo, en donde aclara que la construcción histórica recurre a fuentes y la ficción a la imaginación. Para él, habría una imaginación histórica, como reconstrucción imaginativa: “la historia es a la vez un artefacto literario y una representación de la realidad”. Ficción y representación de realidad no constituyen para el autor términos antitéticos.

Para Prieto, Moreira es documental, “pero sin condenarse a respetar todas las imposiciones del documento…”; inventivo, “pero sin atreverse a anajenar todos los signos del referente invocado. El texto de Gutiérrez alimenta y controla sus propios excesos, sin otra exigencia interior que la de asegurar el carácter rebelde del héroe.”

Remitirse al concepto de héroe extraído de la fuente mas fidedigna, el diccionario, ayuda a ir dibujando la figura de Juan Moreira en esta novela: “Héroe: El que ejecuta una acción heroica. // Fig. Personaje principal de una obra literaria, de una aventura. // Persona que realiza una acción que requiere valor.” El lugar que Gutiérrez
dió a Juan Moreira en la historia, justamente es la de un héroe en todos estos sentidos. Lo situó en la centralidad del relato, basándose en sus “acciones de valor”, en los reiterados triunfos en sus enfrentamientos con las partidas.

“… Moreira vive aún en la tradición de los pagos que habitó. Sus desventuras se cantan en décimas tristísimas y sus hazañas son el tema de los más sentidos y tiernos estilos, que canta cada paisano, lamentando la muerte de aquel hombre fabuloso (…). Moreira no tiene parangón con ninguno de los muchos hombres de valor asombroso que han habitado nuestras campañas…”

Para introducir la importancia del establecimiento del personaje central en la novela, siendo que del que se habla es de un solo personaje y de sus hazañas, nos remitimos a Bajtin. Este autor nos ofrece la noción de plurilingûismo social, como “diverso reconocimiento del mundo y la sociedad que orquestan la novela, a través de las imágenes de los hablantes de los lenguajes genéricos, profesionales o bien como las imágenes plasmadas del autor condicional, los narradores y, por último, los héroes.” Existe una orientación totalmente particular de la palabra en la novela: la palabra no puede olvidar o ignorar el plurilinguismo circundante. “El hombre en la novela es esencialmente un hombre hablante: la novela necesita de hablantes que traigan su palabra ideológica peculiar, su lenguaje. Lo que crea el estilo de la novela son el hombre hablante y su palabra.”

Bajtin distingue tres momentos: 1) El hombre hablante y su palabra son en la novela el objeto de representación verbal de la representación artística. 2) El hombre hablante en la novela es un hombre esencialmente social, históricamente concreto y determinado, y su palabra es un lenguaje social y no un “dialecto individual”. 3) Es siempre un ideólogo y sus palabras son siempre un ideologema. El lenguaje particular en la novela es siempre un singular punto de vista sobre el mundo, que pretende una significación social. La palabra se convierte en objeto de representación de la novela.

La acción y la conducta del héroe en la novela son imprescindibles tanto para revelar como para probar sus posiciones ideológicas, sus palabras. El héroe aquí no sólo actúa, sino que también habla, su acción no es trascendente ni incuestionable, y necesita de una especificación ideológica. Su acción siempre está separada ideológicamente: él vive y actúa en su propio mundo ideológico, posee su percepción del mundo, que se plasma en la acción y la palabra.

Para Bajtin, el héroe es solo una de las formas del hombre hablante. En este caso, todos los lenguajes están social e históricamente concretados y son objetales: en Juan Moreira se traslucen las imágenes de las personas hablantes, a través de los ropajes sociales e históricos concretos, los lugares habituales que se mencionan, la forma misma de expresión del autor.

Es interesante cuando Bajtin habla de la transmisión de la palabra ajena, porque en Moreira vemos de parte del autor una intención de querer respetar la literalidad del habla, en los diálogos, y hasta en la forma que adquiere por momentos el relato. Según Bajtin, estas son “palabras autoritarias”, establecidas por tradición, y en esta novela se interceptan estos conceptos con la palabra internamente convincente, palabra en zona de contacto con la actualidad inacabada. Cada palabra establece la distancia que hay con el lector. La hibridación de la que habla el autor establece que la mezcla de dos lenguajes
dentro de una misma expresión en la novela es un procedimiento intencionalmente artístico.

Retomando al personaje Moreira, es interesante rescatar las nociones de Barthes para definir la estructura del personaje en el relato. Para él, hay que definir al personaje no como un “ser”, sino como un “participante”, un agente. La verdadera dificultad planteada por la clasificación de los personajes es la ubicación del sujeto en la matriz actancial, cualquiera sea su fórmula. ¿Quién es el sujeto /el héroe) de un relato? El personaje solo adquiere sentido en tanto unidad de acción, si se lo integra a la Narración.

Por último, es interesante la idea de héroe que retoma Bajtin de las obras de Dostoiévski. El héroe es un punto de vista particular sobre el mundo y sobre sí mismo, como una posición plena de sentido que valore la actitud del hombre hacia sí mismo y hacia la realidad circundante. No sólo la realidad del héroe, sino también su mundo exterior y la vida cotidiana que integran el proceso de autoconciencia, se transfieren del horizonte del autor al del héroe. “(…) El autor concibe a su héroe como un discurso. Es por eso que su discurso acerca del héroe es un discurso acerca del discurso. Esta orientación entonces resulta ser dialógica. El autor no habla del héroe, sino con el héroe. Solo gracias al distanciamiento, es posible asegurar una auténtica objetividad en la representación del héroe.”

AUTORES, PROPIETARIOS, METAFÍSICOS (por Horacio Potel)

Siempre tuve un cierto carácter coleccionista, y de niño mi gran colección, la que más quería y de la cual más me ocupaba era mi biblioteca: una mesa de luz, donde iba ordenando mis tesoros. En 1998 me compré una computadora después de ahorrar todo un año. El primer contacto con ese aparato –que ya no me abandonaría- cambio todo. Se me hacía de no creer que existía un medio donde cualquiera se podía comunicar a voluntad con cualquiera, donde los libros y las imágenes que tanto había amado y que tanto habían significado en mi vida estaban allí para ser distribuidas de manera libre y gratuita, sin restricciones para todo aquel que las quisiera o necesitara. La Web, era para mí el sueño del pibe, podía tener acceso a tantas cosas que antes solo había podido soñar, libros agotados, reproducciones de obras de arte, que antes solo podía ver de “prestado” en las librerías, ya resignado a no tener jamás esos hermosos y carísimos libros. La lectura que hice de la Web en ese primer momento, en ese primer encuentro, en ese instante del conocimiento, fue: acá están todas las posibilidades, ya no habrá más escasez de bienes culturales, con esta herramienta una parte inmensa del conocimiento humano puede estar disponible para todos. Un planteo un tanto ingenuo, desde luego, pero bueno nunca fui bueno para los negocios y no pensé o no quise pensar a la Web, en aquellos lejanos tiempos, como debería pensarla todo ciudadano consciente de su pertenencia al capitalismo: es decir como un almacén de venta de baratijas. Y por otra parte hace diez años eran muy otros los aires en la Web, el terreno mucho más libre, no estaba bajo la amenaza cada vez más ominosa de barreras, censuras y prohibiciones cada vez más asfixiantes. Y desde ya que había como para maravillarse: Hipertexto de hipertextos, texto en construcción continua, texto sin autor, la Web es una maquina hiperdiseminante.

Como sabemos, según Derrida, recientemente censurado en nuestro país, el texto singular se independiza desde siempre de su supuesto autor para devenir máquina productora, diseminante del sentido, separada de la conciencia y por tanto de las intenciones y de la plenitud del querer-decir de éste, y de cualquier otro que quiera erigirse en el dueño, o el restaurador de un supuesto sentido originario. La Web, la tela de araña, siempre estuvo implícita en el concepto de escritura. La iterabilidad es decir el surgimiento de lo otro en la repetición, desarrolla las posibilidades que desde siempre habitaron a la escritura, siempre hubo injertos de textos, copias, hibridaciones, contaminación, sin que fuera posible encontrar el texto pleno, el primero, el padre de los demás. La repetición, como todo, nunca puede completar su círculo, porque lo que debe repetirse nunca llega siquiera a ser el mismo, no hay repetición como tal, porque no hay como tal que pueda repetirse como tal. De lo que se deducen al menos dos cosas: 1) La repetición al no poder nunca repetirse está condenada a producir lo nuevo, es decir el acontecimiento, lo otro. Si la repetición es alteracción entonces lo que se vuelve inconcebible es lo mismo o lo que es lo mismo: el uno, el origen, el autor, 2) Si la repetición no se repite cada singularidad es absolutamente única, 3) El eterno retorno de lo mismo es la eterna amenaza, eternamente condenada a fracasar. 4) El origen es retorno, re-venida, re-aparición espectral, la herencia ni comienza ni termina y nada más ridículo que creerse dueño de ella. No hay herencia contante y sonante, aquí y ahora presente. Somos en el modo de la herencia. Estamos heredando.

La producción textual no siguió nunca una línea recta sino que estuvo desde siempre sumergida en un laberinto, en una red, en una máquina autoproductora; el texto se teje a sí mismo, nadie puede y nadie pudo jamás dominar sus hilos. Diseminándose en una multiplicidad irreductible, la ausencia rompe el límite del texto, con lo cual queda impedida su totalización y su cierre, nunca acaba el querer-decir, la firma siempre está abierta a una nueva contrafirma. Sobrevive. Salvo que se borren esas huellas, que es justamente lo que intenta la causa contra las web de Derrida y Heidegger.

Para mí era más que evidente que al menos en el campo de la filosofía, todas las obras de todos los filósofos y en general toda la producción filosófica, podía y debía estar on line. Recuerden ustedes que yo estudiaba filosofía y entonces estaba sujeto a horas perdidas tratando de encontrar artículos de revistas que no estaban en ninguna biblioteca, libros que no se publicaban hace décadas porque no era redituable hacerlo, o porque al dueño del derecho de copia no le venía en gana. Las revistas de papel especializadas en filosofía me parecían una pérdida de tiempo una especie de locura. Sacar 100 ejemplares de una revista, para que con suerte fuera archivada en dos o tres bibliotecas donde las comería el tiempo, se me ocurría un gasto loco de trabajo desperdiciado, pudiendo colocarse toda esa producción en la web de forma tan fácil y barata. Soñaba con poner a los empleados de todas las bibliotecas universitarias a digitalizar textos, pero claro, la ley 11723 ley del año 1933, no contempla medidas de privilegios o excepciones para las bibliotecas, éstas están impedidas de copiar su propio material, aún si es para fines de preservación. Si hay que creerles a los carteles que suelen adornar los libros, el préstamo mismo estaría prohibido y no sería de extrañar, si esta embestida de las corporaciones que se creen dueñas de la cultura no para, o mejor
dicho no hacemos algo para que pare, que las mismas bibliotecas se vean obligadas a pagar derechos de autor o se vean obligadas a cerrar.
Esta pelea es una pelea por el Archivo. El Archivo, sabemos, es la casa del Arconte es decir, de aquel que ejerce la Arkhé, palabra que nombra el comienzo y el mandato, el origen y la autoridad. El Arconte no sólo es el guardián y el intérprete autorizado del archivo, sino sobre todo su productor: la técnica de archivación determina lo que es y lo que no es archivable, la archivación no sólo registra, ordena, jerarquiza sino que produce el acontecimiento luego archivable y con él las categorías mismas del pensamiento, es decir, del mecanismo ordenador. Sería bueno recordar unas palabras de Jacques Derrida en 1995 en Mal de Archivo: «Ningún poder político sin control del archivo […]. La democratización efectiva se mide siempre por este criterio esencial: la participación y el acceso al archivo, a su constitución y a su interpretación». Que la web nos dé la posibilidad de independizarnos de tutores y encargados y poder así escoger nosotros mismos nuestra herencia es algo que pone tan nerviosas a las corporaciones de los antiguos distribuidores de la cultura como el hecho de que ahora esta distribución pueda ser realizada con una eficacia infinitamente mayor y a precios que podrían convertir en realidad el sueño de una cultura libre para todos, obra de todos, herencia de todos, si no fuera por la batalla que en contra de ella vienen llevando los mercaderes que han vivido a su costa.

Pero volvamos 10 años atrás. Yo estaba en esa época fascinado con el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Y de él había poco y nada en esos tiempos lejanos en la Web. Algunos textos en inglés y alemán pero casi nada en castellano, el buscador Altavista (el Google de aquella época) indexaba sólo 15 textos sobre Nietzsche en castellano en toda la web. Pues bien, me dije, porque no devolver los regalos y las sorpresas que la Red me daba a diario, enriqueciéndola un poco, y así fue que en una noche de diciembre del 98 me puse a teclear una selección de textos de Nietzsche, y al otro día la obra de Nietzsche en castellano se había duplicado en la web, de esto se van a cumplir ya diez años, de trabajo en gran medida solitario, pagado con mi tiempo y mi dinero sin ninguna clase de subsidio ni de apoyo de ninguna entidad, pero tampoco, sin los juicios y amenazas de prisión con que hoy me regalan entidades que dicen defender con estas acciones nada menos que la cultura y la producción de conocimiento. Es que estos señores tienen unos razonamientos muy raros. La editorial Minuit, para no ir más lejos ha dicho de mí: “Horacio Potel publicó a lo largo de varios años, sin autorización y de forma totalmente gratuita, versiones completas de varios trabajos de Jacques Derrida, lo que es dañino para la difusión de sus (los de Derrida) pensamientos”.

La lógica del don, para los mercaderes es subversiva. Porque además ¿quién es este que se mete a decidir qué hacer público o que no, cuando ese siempre fue nuestro papel, nuestro privilegio y nuestro monopolio? Como decíamos antes: el control del Archivo. Esta es quizá la batalla más importante de nuestro tiempo y no termina con la cuestión del copyright, apenas se abre. El copyright tiende a concentrar, a través de la privatización, el control de la herencia cultural en manos de un número cada vez menor de propietarios privados. El copyright es la forma que tienen las corporaciones que fabrican libros de papel de apropiarse de la creación de los autores para su pura explotación mercantil, de manera tal que priva a todas las demás corporaciones editoras, incluido el autor, de la posibilidad de reproducir su propia obra. El copyright es el monopolio de la explotación de los productos culturales y como todo monopolio impide la competencia que podría traer alguna baja en el precio sideral de los libros, cosa
particularmente grave en un país como el nuestro donde la gran mayoría de los libros de filosofía están patentados por corporaciones extranjeras con lo cual hay que pagarlos a precio de oro. Es hora de preguntarnos que es más importante si la ganancia de algunos empresarios multinacionales que no quieren amoldarse a los tiempos que corren y a los nuevos esquemas de negocios que estos platean, o la necesidades urgentes que tienen Argentina y Latinoamérica toda en cuestión de educación y cultura. Sobre todo cuando se cuenta ya con un medio técnico para la difusión libre y gratuita del conocimiento. Intentar como se intenta cada vez más privatizar la web es un crimen que del cual con justa razón nos acusaran las generaciones venideras.

En ese entonces, 1998, no pretendía nada raro, sólo subir a la web, en forma ordenada y con cierto control de calidad todo lo que pudiera encontrar sobre los filósofos que me ocupaban. Las posibilidades técnicas convirtieron por sí solas a estas “bibliotecas” en máquinas privilegiadas para la producción cultural, dando la posibilidad de buscar en instantes un término en toda la obra de un filosofo, tener linkeado en el texto no sólo la cita sino el texto al que se alude, o las distintas versiones de una misma conferencia, no sólo en castellano, como fue la idea original, sino particularmente en el caso de Derrida, también en francés. No sé si a mis colegas o a los estudiantes estas herramientas -que hoy ya no están en la web- les habrán sido de utilidad -al parecer sí, teniendo en cuenta los mensajes de solidaridad que he recibido de todo el mundo- pero para mí eran imprescindibles, teniendo esos textos en mi computadora, el trabajo empezaba igualmente siempre en la web, las distintas formas de ordenación del material así como la posibilidad de usar buscadores, reducían el trabajo en horas a la vez que producían el encuentro de lo no esperado dado su carácter maquínico: no era yo solo tratando de recordar y asociar, era yo más la máquina.

Estas maquinas defendían los derechos de autor de Heidegger y Derrida. Porque que alguien pueda ser leído, pueda ser encontrado, en un lugar que ofrece un mínimo de calidad sobre lo que publica, que ordena el material, que lo recopila y lo reúne, que permite hacer búsquedas de conceptos en casi toda la obra escrita del autor, un lugar así es un derecho que todo autor debería o quisiera tener. Derrida y Heidegger los tenían en la Web, las corporaciones que viven a costa de ellos han terminado con estos derechos de autor, para hacer valer sus patentes y sus propiedades. Supongo que estos artefactos deberían darle a su “autor” -en este caso a mí- algún derecho, pero parece que no, han sido borrados por el capricho de una editora francesa que no trabaja en Argentina y que no sabe qué hacer para demostrar su codicia, su egoísmo, su afán apropiador. Minuit le comunicó al agregado “cultural” de la embajada de Francia en Argentina su malestar y este señor para defender la cultura francesa terminó con el lugar más visitado y completo dedicado a la obra de uno de los principales filósofos franceses del siglo XX. La Cámara Argentina (o francesa, ya no sé) del Libro, hizo una denuncia que fue tomada con inusitado vigor por fiscales argentinos, así que una triple alianza de Corporaciones patronales, embajadas neocoloniales y poder judicial argentino, se juntaron para bajar de la Web sitios que difundían filosofía y de paso joderle la vida al boludo, loco y terrorista que había tenido la idea de compartir las herramientas que usaba para trabajar en filosofía. Porque el trabajo de profesor de filosofía tiene como una de sus obligaciones la escritura, no hay la menor necesidad de tentar a nadie con los ridículos derechos de autor que podría recaudar una obra sobre el ser en el Heidegger tardío, las obligaciones del oficio obligan a escribir. En este campo la mentira que dice que los derechos de autor fomentan la producción intelectual no se hace solo evidente sino hasta insultante, pensar que Nietzsche o Hölderlin escribían para cobrar dos
mangos de derechos de autor, como si fueran vulgares autores de libros de autoayuda, da la idea de los valores con los que se mueven estos mercachifles.

La ruina del Estado-Nación es también la ruina de su derecho, y por tanto, también de ese particular derecho de copia, que se conoce también como derecho de autor. El autor, lo sabemos, es una figura en deconstrucción. La Red, con su capacidad infinita de copiar, injertar, tejer, yuxtaponer textos en todas las formas de la reiteración y de la modificación, es otro de los mecanismos que arruina el concepto de autor y sus concepciones conexas: el sujeto, el sujeto soberano, la identidad, la conciencia, la intención, la presencia a sí, la autonomía, la propiedad, el origen; pero la identidad está asediada por la diferencia, la propiedad está habitada desde siempre por una impropiedad irremediable, la presencia encuentra su origen siempre en la ausencia. El deseo de autoría es el de un querer-decir-correcto, de una intención-de-significación, de un querer-comunicar-ésto y solo ésto, de ser el padre y el dueño del texto. Esto, sabemos, es imposible, el texto se escapa siempre, resiste siempre a todo intento de apropiación. Sabemos que Derrida ha escrito en La escritura y la diferencia: «Ausencia del escritor también. Escribir es retirarse […] Ir a parar lejos de su lenguaje, emanciparlo o desampararlo, dejarlo caminar solo y despojado. Dejar la palabra. Ser poeta es saber dejar la palabra. Dejarla hablar completamente sola, cosa que sólo puede hacerse en lo escrito [ ..]. Dejar la palabra es no estar ahí más que para cederle el paso, para ser el elemento diáfano de su procesión: todo y nada. Respecto a la obra, el escritor es a la vez todo y nada»

Pero por otro lado la apropiación no es sólo del autor, la Red está llena de tachaduras de nombre para inscribir sobre el borrado, el propio. El robo, la falsificación, la simulación, un mecanismo de apropiación generalizado está a la orden del día y esto es un conflicto de interpretaciones, un conflicto en el que no podemos no intervenir. Debemos defender el sentido contra toda apropiación a manos de poderes anónimos que se han vuelto universales y actúan movidos por un racionalidad puramente económica, empeñados en llenar el espacio, dominar cada uno de los hilos, atrapar a todas las moscas con la dulzura de las baratijas, para extraerles toda su sangre o para derramarla, si no es lo suficientemente nutritiva. No debemos imponer nuestra autoridad al texto que producimos y al mismo tiempo no debemos permitir que se le imponga una interpretación que cierre toda interpretación en un sentido único. Pero este ejercicio de responsabilidad sobre lo dado, este tratar de evitar que se lo convierta en un presente envenenado, no es y no se debe confundir con el copyright, el paradójico derecho de copia, como si alguien pudiera ser dueño de la iterabilidad maquínica, esta pretensión atañe a los que viven de vender libros de papel y es un problema de ellos, problema de corporaciones internacionales que dificultan nuestro derecho al archivo; son ellos los que tendrán que encontrar una manera de sobrevivir, y eso pasará seguramente por algún mecanismo autoinmunitario, algo deberán cambiar las editoriales, algo deberán incorporar de la Red, si no, la pura reacción inmunitaria del nada con el otro, la pura defensa legal de unos derechos ineficaces y divorciados de la justicia no los lleva ni los llevará a ningún sitio. Habrá que cambiar algo de esos derechos que se pretenden absolutos, y que de creerles a las tapas de los libros prohíben no sólo las bibliotecas, sino hasta el préstamo, el don, el regalo; el libro sólo puede ser mercancía para ellos, cualquier otro uso está prohibido es malo e ilegal. Lo menos que se puede decir de este planteo es que su ingenuidad no tiene ningún por venir y ninguna inocencia.

La cultura el conocimiento, la tradición no son la obra de “autores” es curioso que los mismos señores que han terminado con las ideas ilustradas del sujeto libre y soberano, para vendernos el sujeto sujetado al consumo, apelen a la metafísica de la subjetividad a la hora de buscar más dinero. Es curioso que lo hagan en este caso ya que tanto Heidegger como Derrida, hoy censurados y prohibidos en la Web, se han opuesto a esta idea de una subjetividad creadora como origen y causa de la “Obra”. No hay átomos privilegiados por la Musa repartiendo la luz entre masas pasivas. No hay átomos y la constitución del “autor” como cualquier otra se con-forma con la alteridad que la preexiste. Heidegger y Derrida han señalado cómo antes de constituirse o en la constitución misma de algo así como un sujeto, de algo que diga “yo”, todo un mundo previo ya preexiste, que estamos formados antes de ser, por la herencia y la tradición, la transmisión, la pervivencia del mensaje, el conocimiento no es una mercancía, el conocimiento produce conocimiento, es una transmisión, una traducción, una tradición, una herencia, que como tal me preexiste. Aún más para Derrida todo empieza con una llamada un “Ven” el ven es el envío llamando a los envíos, el primer mail exigiendo la correspondencia en la que somos, correspondencia con el otro que está siempre antes. Cortar los envíos, es la muerte, y es esto los que los militantes fundamentalistas del copyright quieren imponer en la Web, quitándole todo potencial para domesticarla como instrumento de venta de banalidad. Pero como alguna vez dijo Derrida: “Heredo algo que también debo transmitir: ya sea algo chocante o no, no hay derecho de propiedad sobre la herencia”.

Carlos de Santos, presidente de la Cámara Argentina del Libro, ha dicho hace poco en un matutino famoso: “La idea de que la cultura es gratis resulta muy peligrosa y dañina para las futuras producciones culturales. […] es un delito”. No de Santos, sin conocimiento, sin acceso al archivo, a la herencia, no hay producción de conocimiento posible. La idea de una cultura para pocos, para lo que puedan pagarla, es lo peligroso y lo dañino. La Cámara Argentina del Libro y su campaña de cierre de bibliotecas on line, es muy peligroso, muy dañino y sería hora que estos señores vayan cambiando la palabra cultura que tanto tienen en la boca, por la frase: dinero para las editoras. Sincerarse nunca está de más. Es esta herencia que no le pertenece a nadie y que nos forma a todos, esta herencia que es el don común sobre el que se construye lo nuevo, lo que se está atacando al atacar la difusión y el acceso de todas y todos a la misma. Es lógico. La herencia de la filosofía, del pensamiento crítico es demasiado peligrosa para los hombres del mercado, puede hacer creer que no necesitamos de tutores ni de encargados para atrevernos a saber-ser, tal como en la lejana época en que la burguesía era aún ilustrada, quería el viejo Kant. : “¡Sapere Aude! He aquí la bandera de la Ilustración.” En esa herencia Mariano Moreno fundaba la Biblioteca Nacional, el primer diario y publicaba la traducción del Contrato Social, en el convencimiento de que el saber hace libres a los pueblos, hoy doscientos años después, un juez de este mismo país está llevando un proceso penal en contra de dos bibliotecas públicas por difundir filosofía, algo anda entonces mal, muy mal y es hora de empezar a decirlo. Permitir que corporaciones oscurantistas solo preocupadas por su dinero, y amparadas en leyes obsoletas y por lo tanto injustas con este nuestro tiempo, empiecen a cerrar las nuevas bibliotecas de este siglo es asegurarnos un futuro de mayor ignorancia y por tanto de mayor sometimiento y mayor injusticia. En Argentina, en Latinoamérica toda no nos podemos dar el lujo de acceder a los reclamos de estos sectores retrógrados y atrasados, que no titubean en destruir las nuevas máquinas del conocimiento en su afán de seguir ganando más y más dinero.

CONCIENCIA Y SENTIDO DEL TIEMPO (por Nelson Pilosof)

Todo cuanto es, está en el tiempo. Pero no todo cuanto es tiene conciencia del tiempo. Estar en el tiempo y no tener conciencia del mismo, equivale a ser sin saber que se es.

Una reflexión sobre la realidad total de la que formamos parte, nos lleva a descubrir que el ser total se presenta como una pluralidad infinita de seres, que tienen cada uno de ellos identidad propia. Todos son, pero son distintos, aunque puedan parecerse. Si así no fuere, el ser sería una continuidad sin pausas. Sería lo mismo que la nada.

Un paso adelante de la meditación nos muestra que la enorme mayoría de los seres son, pero no saben que son. No tienen conciencia de serlo. Hasta donde podemos comprobarlo, el hombre es el único ser que es y sabe que es. Más aún, es el único que llega a saber de su propio ser y del de los otros seres, de los cuales tiene conciencia. Podemos llegar a inferir que cada hombre tiene el privilegio de poder concienciar el ser propio, y el de la comunidad interhumana, el de los otros seres vivos y el de las cosas inertes.

Cuando nacemos, somos y tenemos vida. Pero no tenemos conciencia de una cosa, ni de la otra. La conciencia de sí mismo, cada hombre la descubre más tarde, en la comunidad de otros prójimos, que por tal es convivencia y reciprocidad. Por formar parte de esa comunidad, el hombre puede llegar a saber de su ser y del de los otros seres. Lo más curioso es que la conciencia de sí mismo la adquiere por integrar la comunidad y por descubrir el ser de otros, antes que el propio.
Todo cuanto venimos descubriendo, transcurre. No son fenómenos estáticos que se dan de una sola y única vez. Ser y saber que se es, se dan y sobreviven en el tiempo. Las cosas están en el tiempo. Mis otros prójimos y yo, también. Lo que es, nos aparece como transcurriendo en el tiempo. O sea: ser, tiempo y cambio, están intrínsecamente unidos. Son inseparables. Los seres están en el tiempo, y el hombre sabe de ellos y de sí mismo, en el devenir del tiempo.
En este universo, todo cambia. Nada es de una manera y para siempre. El hombre es el único que toma conciencia del tiempo, y de los cambios en el tiempo. Puede comprender que todo cambia. Cuando el hombre comprende que transcurre, ha asumido conciencia del tiempo. Así es, y aunque quisiera, jamás podría evitar está realidad esencial. A medida que va viviendo, detecta que el tiempo se le manifiesta de tres maneras. El tiempo que fue: pasado. El tiempo que es: presente. El tiempo que aún no es: futuro. El pasado, es irrecuperable e inmodificable. El presente es vivencia fugaz, pero intensa conciencia palpitante. El futuro, una posibilidad hacia la que nos
proyectamos desde el presente, con la fuerza del pasado, con la expectativa que llegue a ser, y con la esperanza que sea como lo imaginan nuestros sueños y nuestra fe.

El presente es el punto de inflexión del tiempo. Es el único escenario en que vivimos el tiempo. Inclusive, la recordación del pasado y la confianza en el futuro. Por la memoria, recordamos parte del pasado, y desde la perspectiva que lo apreciamos hoy. Con todo nuestro ser, vibramos y tomamos conciencia del presente. Por la imaginación, nos proyectamos hacia el porvenir. En el presente, sentimos que lo que fue ya fue. Nunca más será. La nostalgia o el olvido son nuestras actitudes ante el pasado que no retornará.

El pasado que se recuerda es inmensamente menor que el que yace en el olvido. En la historia de la humanidad, es mucho más lo que ha quedado en el olvido que lo que permanece en el recuerdo. Recordar es rescatar apenas algo de lo que fue y que nadie recordará totalmente.

En el presente, podemos llegar a comprender que, en su fugacidad, está el puente existencial, que debemos asumir como tal. Esto es: la memoria del pasado, donde están las raíces, unas veces muertas, otras latentes, otras vivientes. Es asumir la intensidad del tiempo, que vivenciamos aquí y ahora. Es la capacidad de dirigirnos al tiempo aún no vivido, hacia el que nos proyectamos y al que destinamos nuestros proyectos. El presente tiene una tarea, que es misión trascendente: entender el papel e importancia del pasado. Vivir intensamente y entender el significado del presente, y fundamentalmente, no desperdiciarlo. Preparar el futuro con optimismo, pero cuidando las previas etapas del tiempo, y comprendiendo algunas verdades fundamentales.

El futuro nunca lo vivimos como tal. Si llega, y cuando llegare, dejará de serlo. Será el presente del mañana. Casi siempre, si llega y cuando llega, será distinto a como lo hemos imaginado en aquel presente en que lo pensamos. Pese a sus frecuentes pretensiones, al hombre se le ha dado el don de pensar el tiempo, pero no ser su soberano total.

El único momento del tiempo en el cual puede ejercer real soberanía, es el presente. No puede cambiar el pasado, ni imponer el futuro o saber de antemano como será. El tiempo, al manifestarse en el ser, tiene valor. Tiene significado. Y como tal, tiene sentido. Sentido quiere decir a la vez, valor y dirección. Al tiempo, debemos respetarlo y cuidarlo como un precioso don. El tiempo se dirige siempre hacia adelante. Nos proyecta hacia un permanente enigma, mientras vivimos.
La muerte es la finalización del tiempo de cada hombre. Se lleva consigo su pasado. Lo deja sin presente. Lo priva de futuro. Tiempo y muerte se dan juntos en la condición humana. Todos habremos de morir. Lo sabemos desde que tomamos conciencia de nuestro ser. No sabemos cuándo, ni cómo, ni dónde. Pero sabemos que hemos de morir. Sin embargo, nadie vive su propia muerte. Sabe de la muerte de los demás. Por reflexión, sabe que no podrá escapar de ella. Para el hombre que está aun conciente, su último momento es su póstumo presente. Para quien sigue vivo, pero sin conciencia, su último presente se anticipó en el tiempo a su momento final como ser vivo.

Cuando se pierde conciencia del tiempo, el alma ha quedado sin vida. El cuerpo seguirá su destino biológico, pero sólo otros podrán saber que ha pertenecido a alguien, cuya alma hace tiempo dejó de estar vigente. La muerte, a pesar de su fuerza ineluctable, es fundamental para entender el tiempo y su significado. Por la muerte, puede adquirir valor y sentido la vida. La idea de la muerte nos acecha siempre y nos infunde temor. Sabemos que llegará, pero nos invade la incertidumbre de su inevitable presencia personal. Todos los seres vivos mueren. Por ende, el hombre también. Por la importancia de la muerte, se realza la importancia de la vida. Recordar, vivir y soñar son rostros diferentes de la misma vida en el tiempo. Cobran distintas intensidades y trascendencias, según las viva cada quien. Vida y tiempo se tornan en historia única, en la inconfundible e irrepetible existencia de toda persona.

Toda persona tiene su propia identidad. Es la combinación inigualable de factores físicos, biológicos, sociales, y espirituales, que la convierten en un ser único e irrepetible. Conforman la circunstancia única de cada persona. En la persona humana, identidad y unicidad son como sinónimos. Por su identidad, podemos identificar a cada persona. La distinguimos de toda otra persona. Su rostro inconfundible simboliza el carácter y el destino singular de cada ser humano. Lo único igual entre las personas, es el misterio que nos torna desiguales. La identidad personal es la misma desde el nacimiento hasta la muerte. Pese a su permanencia, va cambiando en el decurso del tiempo de cada existencia.

El tiempo de cada uno es exclusivamente personal. Nunca hay dos tiempos iguales. Se lo vive desde el centro de la conciencia. Una de las peores desgracias es vivir habiendo perdido la conciencia de la propia identidad. En suma: identidad humana es lo que permanece en el tiempo, pese al cambiante devenir personal y temporal. El tiempo, en la existencia, lleva nombre y apellido.

Vida y tiempo se proyectan en edades. Edad es el tiempo vivido en distintos momentos de la vida. A medida que pasan, las edades se integran en el proceso del envejecimiento. El envejecimiento comienza cuando aún no somos viejos. Es una advertencia, que pretendemos soslayar. Sabemos que podemos llegar a ser viejos, aunque deseamos postergar lo más posible el tiempo de la vejez. Sin embargo, no siempre se comprende que la vejez de cada quien, depende muchas veces de la forma en que se ha acompañado o descuidado el envejecimiento. Una de las mejores maneras de saber envejecer, consiste en ir asumiendo a conciencia el paso del tiempo que se está viviendo en cada edad. Más se extiende la juventud cuanto más sabemos envejecer. En una era en que se ha incrementado la expectativa de vida, debería desarrollarse y expandirse la cultura del arte de saber envejecer.

Recuerdo el profundo pensamiento de un amigo: envejecemos como crecimos. La vida humana no solamente es. Tiene también valor. La recibimos, pero debemos saber vivirla. Descubrir su significado y tratar de asumirlo, hace que la vida tenga sentido. El sentido de la vida es la dirección hacia la incertidumbre de su transcurso en el tiempo, y el valor de estar vivo, sabiendo asumirlo, cuidarlo y vivirlo. No es lo mismo dejar pasar el tiempo, que tornarlo intenso en cada uno de sus momentos vividos a conciencia.

Cuando entendemos y asumimos el tiempo, en la intensidad del presente, valorado y respetado, aparece muchas veces un “llamado”. Entonces, el momento
40presente se torna instante. El momento, lo registra el reloj. El instante, lo supera y trasciende. Esta envuelto en misterio. El instante es el engarce del tiempo con la eternidad. El tiempo emana de lo eterno. Lo eterno lo acompaña mientras transcurre. Pero se manifiesta sin saber cuándo, ni cómo. Es la revelación inesperada del mensaje. Es preciso estar atento para captarlo. Hay que asumirlo, para tratar de descubrir su significado. El mensaje siempre se dirige a alguien concreto. Puede asumirlo o no. Es una opción de su condición libre. Las consecuencias no son las mismas. Cada opción genera sus propias consecuencias. Como enseñó Martin Buber, “cuando se asume el instante, no seguimos siendo como éramos antes de él”. Se produce, por esta decisión, un cambio trascendente. El mensaje eterno, asumido en el tiempo personal, transforma el sentido de la existencia. A pesar de su fugaz presencia, el instante trascendente, cambia y otorga nuevo sentido a nuestra vida. La conciencia y el sentido del tiempo abrirán desde ahora nuevos rumbos. El ser humano asediado por la incertidumbre, sentirá mayor seguridad y plenitud por haber asumido el riesgo de haber escuchado el mensaje y haberse unido a su destino.

FILOSOFÍA Y EXTENSIÓN: UN LUGAR DE INFANCIA (por Walter Omar Kohan)

Universidade do Estado do Rio De Janeiro
walterk@uerj.br

a la sensibilidad de Fabiana, Beatriz sin querer

Hace doce años que trabajo en Brasil en proyectos de extensión universitaria reuniendo filosofía e infancia. De hecho, fue eso lo que me llevó a Brasilia en 1997: un proyecto nacido en la Universidad de Brasilia (UNB), “Filosofia na Escola”, que buscaba llevar la filosofía a algunas escuelas públicas del Distrito Federal. Desde el año de 2002 estoy en Río de Janeiro trabajando en un proyecto semejante, “Em Caxias a Filosofia en-caixa?”, que intenta aproximar, desde la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), la filosofía a escuelas públicas de Duque de Caxias, un populoso municipio de las afueras de la ciudad.

En uno y otro caso, la idea de “experiencias de pensamiento filosóficas” cumple un papel muy importante y podría decir que esa idea expresa el sentido principal de esos proyectos: se trata de promover experiencias de pensamiento que permitan, a quienes participan del proyecto, cosas tales como: pensar en lo que de hecho no estamos acostumbramos a pensar; pensar de otra manera lo que pensamos; afirmar otras relaciones para el pensamiento y con quienes pensamos; recorrer otros caminos para
pensar; en última instancia, transformar lo que pensamos y, a partir de allí, lo que somos.

Desde el inicio no estamos demasiado seguros sobre los métodos para propiciar experiencias de pensamiento; ni siquiera podemos garantizar que lo que nos proponemos sea de hecho posible. Hacemos de cuenta que lo es, trabajamos como si fuera posible, suponiendo que lo sea, “como si”, para apreciar qué prácticas pueden desplegarse de ese supuesto. Esa presuposición no nos impide problematizar a cada momento lo que hacemos y sus supuestos. Nuestros supuestos tienen que ver con al menos dos ideas: experiencia y pensamiento filosófico. En el primer caso, se trata de una categoría que pretende congeniar teoría y práctica, algo así como una práctica teórica en la que está implícita la idea de movimiento, de desplazamiento; esto es, se trata de una práctica de pensamiento, una vivencia del pensar en la que la teoría acompaña un movimiento a través del cual el pensamiento se piensa a sí mismo de una manera en que ya no puede salir del mismo modo en que estaba. Pensamos de una manera en que nos desplazamos en el propio pensamiento para pensar con otros de manera abierta e imprevisible en cuestiones que nos interesan en conjunto. Afectamos así el pensamiento, lo perturbamos en sus puntos fijos.

Por qué llamamos a esas experiencias de filosóficas es aún más complejo porque eso conlleva la polémica cuestión de lo que significa filosofía. En nuestro caso llamamos esas experiencias filosóficas porque es en esa tradición de pensamiento que nos afirmamos para encontrar los modos y sentidos de la experiencia del pensar; porque, de alguna manera, buscamos hacer algo semejante a lo que, nos parece, hacen algunos filósofos de la historia o, al menos, lo que muchos filósofos describen como su propio trabajo filosófico. Para dar sólo algunas referencias, podríamos referirnos a M. Foucault, cuando repite insistentemente que la filosofía en una de sus dimensiones es un “movimiento por el cual (no sin esfuerzos y obstáculos, sueños e ilusiones) uno se distancia de lo que está adquirido como verdadero y busca otras reglas de juego” FOUCAULT, M. (1994b: p. 110) o cuando se pregunta: “¿qué es la filosofía hoy – quiero decir la actividad filosófica – si no es el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? ¿Si no consiste, en lugar de legitimar lo que ya se sabe en buscar saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera?” FOUCAULT, M. (1984: p. 14-5). Por cierto, Foucault también caracterizó a la filosofía de un modo que destaca menos su carácter activo y subraya más sus efectos, como una actividad de diagnóstico, un “diagnosticar el presente” (1994a: p. 665) o una “ontología crítica de nosotros mismos” (1994c: p. 575). En todo caso, se trata de perspectivas diferentes, complementarias de una misma tarea y, en nuestro caso, destacamos aquella primera dimensión.

Ciertamente, al entrar en una institución pedagógica, la experiencia y la filosofía encuentran condiciones que tal vez las tornen imposibles; cualquiera que trabaje en una escuela – en particular si se trata de una escuela pública periférica en alguno de nuestros países – constata diariamente un cotidiano burocratizado, agobiante, con excesivos problemas que requieren respuestas inmediatas. Pareciera que allí, al contrario, todo estorba el pensamiento. Sin embargo, esas aparentes dificultades no nos han impedido mantener nuestros supuestos y sentidos puestos en la afirmación de experiencias de pensamiento. Por cierto, no vamos a las escuelas a probar o demostrar una hipótesis; a adquirir nuevas verdades sino, para decirlo con Foucault, a buscar otras reglas de juego, a problematizar justamente el carácter de verdad de esas reglas del juego pedagógico y de los otros juegos que lo acompañan. Para eso necesitamos
también afirmar otros supuestos sobre lo que significan aprender y enseñar y un conjunto de otras verdades que habitan el juego pedagógico.

En lo que hace a esas dimensiones, somos particularmente sensibles a algunas enseñanzas del viejo Sócrates, tal como lo testimonian algunos diálogos de Platón, de su rechazo a ocupar el lugar del maestro y, sin embargo, a obstinadamente provocar aprendizajes sin enseñanza, esto es, prácticas que no buscan una relación causal entre el enseñar y el aprender. También somos sensibles a los riesgos políticos de la relación de un maestro socrático con la ignorancia y del carácter embrutecedor de toda institución pedagógica, tal como J. Rancière lo ha destacado en El maestro ignorante (2007); con todo, no negamos ese imposible sino que lo habitamos, sin excesivas pretensiones; como si sobre ese imposible, de todas maneras, fuera posible pensar. Y pensamos a partir de lo que allí acontece.

El propósito de este texto no es extenderme sobre esos supuestos de nuestro trabajo, que he caracterizado de modo bastante ligero, sino dar algunas pistas sobre el sentido que tiene para nosotros ese trabajo de extensión universitaria con y desde la infancia. Según se afirma constantemente, la extensión es uno de los vértices del trípode universitario, junto con la investigación y la docencia. Aunque menos valorizado en la sociedad y en la propia universidad – tal vez porque da menos puntaje en la carrera académica, y exige igual o mayor esfuerzo que las otras dos actividades – es igualmente inexcusable en tanto propicia una relación más fluida entre la universidad y la sociedad. También aquí son necesarios supuestos de esa relación extensionista: así, pensamos la extensión como una práctica política dinamizadora de transformaciones fuera y también dentro de la universidad; no se trata de una mera fuente recaudadora de recursos para la universidad, de un complemento salarial para los docentes, ni de una obra caritativa por la que la universidad repasaría verticalmente sus conocimientos a la sociedad, sino de un espacio en el que una y otra pueden transformarse recíprocamente. Como dijimos, a través de la extensión universitaria, en el Proyecto “Em Caxias a filosofia en-caixa?” promovemos experiencias de pensamiento filosófico que están destinadas a sujetos infantiles, de muy diversa edad. Actualmente los alumnos de las escuelas con las que trabajamos tienen entre 5 y 70 años, en grupos van desde educación infantil hasta educación de jóvenes y adultos; las maestras y nosotros nos situamos en una fase intermedia; en común tenemos la infancia, que no la entendemos como una etapa de la vida ni una edad en el tiempo medido cronológicamente sino como una disposición y sensibilidad frente a la experiencia.

Las posibilidades de trabajar la infancia son muchas cuando se trata de extensión. Quizá un ejemplo nos ayude a ilustrar una de ellas. En el marco del proyecto de Filosofía en Duque de Caxias, decidimos abrir un espacio adicional en la Universidad, que denominamos “Ateliés de Filosofía”, con la pretensión de generar experiencias específicas que nos ayuden a pensar los desafíos metodológicos del proyecto. Allí planteamos experiencias de filosofía, como en la escuela, sólo que las hacemos como si fueran un laboratorio para, una vez terminadas, desmenuzarlas con detalle en sus alcances y límites. La forma de esos ensayos es semejante a la de la escuela y las hacemos alternadamente con chicos y con adultos.

Hace aproximadamente un mes, invitamos a un grupo de unos veinte chicos que hacen filosofía con la maestra Vanise Gomes para una de esas experiencias. Otros veinte adultos asistimos y después conversamos con los chicos y entre nosotros sobre lo
que vimos. Con todo, no quiero referirme a la experiencia en sí sino a una situación vivida con el grupo de chicos cuando estaban llegando a la universidad. Son chicos que no están acostumbrados a ir a una universidad. Sus familias tampoco lo están. Muy probablemente nadie en la familia de esos chicos ha estudiado en una universidad como la que ahora ellos visitaban con diez años. Consideren el impacto. El edificio de la Universidad del Estado de Río de Janeiro es bastante gris, arquitectura moderna, una serie de bloques de cemento de doce pisos que ocupan más de una manzana. Algo de verde en el suelo, pero mucho cemento gris elevándose hacia el cielo. De sólo verlos impresionan a cualquier adulto, imagínense a esos chicos. El caso es que la sala donde hacemos los talleres está en el último piso y para llegar hay que tomar uno de los ocho grande ascensores que llevan hasta 25 personas cada uno. A uno de ellos entraban los chicos, a los que todo les asombraba, cuando la ascensorista les preguntó, sorprendida al verlos, si estaban allí de visita. Respondieron en coro que “!No!”, casi gritando, como no se grita en una universidad. Y, enseguida, agregaron: “!!!Estamos aquí para hacer filosofía!!!”. ¿Qué tal? ¿Cuántos alumnos que toman todos los días ese mismo ascensor y se bajan en el piso 9 donde está el Departamento de Filosofía afirmarían con tanta soltura y alegría que están allí para hacer filosofía? ¿Cuántos profesores lo hacen? Claro, una de esas personas que no respondería de esa manera enseguida podrá preguntar: “¿pero es que esos chicos de hecho hacen filosofía?” “No lo sé”, les diría, pero algo interesante acerca de su relación con la filosofía muestra el modo en que piensan lo que están haciendo en la Universidad.

Esos chicos dijeron que no estaban paseando, de visita, sino que estaban en la universidad de verdad, a hacer lo que se supone debería hacer cualquier alumno en una universidad y también lo que ellos mismos creen hacer en la escuela. Si somos alumnos de filosofía, si tenemos clases de filosofía, se trata de hacer filosofía. Así de simple. Así de seria. Así de clara y directa se muestra la infancia. Eso es lo que esos chicos aprenden en la escuela con Vanise: a hacer filosofía; nótese la diferencia: no aprenden filosofía sino a establecer cierta relación con ella.

Claro, muchos de los adultos que presenciaron la escena del ascensor sonrieron, como sonreímos los adultos cuando queremos poner cierta distancia ante algo perturbador. Podríamos también pensar en las verdades que hemos construido sobre la infancia: si un grupo de chicos viene a la universidad debe ser a pasear, para ser estudiados en alguna investigación o para ser entrevistados. Con todo, podríamos esperarlos para otra cosa; ¿alcanzaríamos a recrear ese juego que excluye a los chicos de cosas serias y de una relación de igual para igual como la que exige hacer filosofía? ¿Nos interesa hacerlo? ¿Estamos dispuestos a dar lugar a las consecuencias que se seguirían de ese cambio de posición? Bastaría escucharlos. De ese modo, la hostilidad a los extranjeros podría transformarse en hospitalidad; los huéspedes hostiles se tornarían huéspedes hospitalarios. Ese es también un sentido para la extensión universitaria: propiciar hospitalidad donde hay hostilidad en el encuentro con la extranjeridad de la infancia.

Recuerdo otro episodio, unas semanas antes de aquél, en la misma escuela de aquel grupo de chicos. Estábamos reunidos en una sala con personas de la secretaría de educación, evaluando la posibilidad de ampliar el número de escuelas participantes. Algunos chicos, de otros grupos, estaban merodeando la sala curiosos. Estábamos reunidos en una salita que llamamos “sala del pensamiento” o de filosofía. Es un poco diferente de las demás, más colorida, sin pupitres, con más espacio para desplazarse.

Llamamos a algunos chicos para entrar; las personas de la secretaría les preguntaron qué era la filosofía para ellos, si les gustaba, qué pensaban de lo que estaban haciendo en ese lugar. Uno de los chicos, Juan, respondió diciendo que le gustaba, dio varios ejemplos de actividades que le parecieron importantes y, en el medio de su intervención, dijo lo siguiente, sobre el efecto que tenían en él los encuentros que habían compartido: “Bueno, antes de las experiencias de filosofia yo hablaba con la boca; ahora hablo con la cabeza”.

Sonreí con muchas ganas. La imagen me pareció potente, cargada de significado. Ciertamente, la conversación derivó para otras cosas y no pudimos volver sobre la frase para saber lo que estaba queriendo decir Juan. Quedé tan impactado que en ese momento no pude preguntarle nada. De todos modos, Juan puede haber querido decir muchas cosas. Puede haber pretendido distinguir entre dos maneras de expresarse, una más superficial o exterior y otra más profunda o íntegra; puede también haber querido sugerido que a partir de la filosofía, su cabeza, su cerebro está más activo y más participante en sus palabras; también que sus palabras han pasado a tener mayor peso y significado después de esos encuentros. En fin, podríamos continuar extensamente en este juego de interpretaciones posibles de la palabra de Juan. Pero ciertamente no se trata aquí de eso, no nos importa ese juego hermenéutico – tan frecuente por cierto ante la palabra infantil – a ver quien acierta lo que Juan estaba tratando de decir.

Lo que me parece destacable es que la boca y la cabeza de Juan están diciendo muchas más cosas ahora de las que podían decir antes de su contacto con la filosofía; que, a partir de esas experiencias de pensamiento que en su grupo llaman de filosofía, Juan y sus compañeros consiguen dar a las palabras un valor, un cuidado y un sentido muy diferentes del que daban anteriormente; que esos chicos y chicas tienen maestras que los acompañan en esos viajes y que están sensibles y atentas a esos movimientos; que muchos van a la escuela con más ganas, participan más activamente; se comprometen de otra manera con el trabajo individual y grupal.

Podríamos continuar con los ejemplos. No es necesario. Ya tenemos una buena muestra de lo que puede el filosofar infantil. Filosofar. He usado por primera vez el infinitivo verbal donde antes había sustantivo o adjetivo. No es un detalle: los chicos y las maestras están embarcados en una práctica, en un modo vivo de afirmar vida en el pensamiento; de darle fuerza a su capacidad de afectar y ser afectados a través del pensamiento.

De eso se trata en Caxias. De esa forma vivimos un proyecto de extensión universitaria. Destaco, para terminar, tres intensidades del trabajo con la infancia implícitas en los relatos anteriores. La primera tiene que ver con la fuerza de la infancia para darle una nueva intensidad a la propia extensión universitaria. Esta posibilidad aparece claramente, en primer lugar, con la infancia más literal, los chicos que no dicen la palabra de la institución universidad, que no piensan y se comportan como “hay que” comportarse allí donde está instituido el saber. Quién sabe, de esa manera, a partir de sus gestos imprevisibles, otras prácticas que las que el momento impone puedan surgir en la propia extensión. Primera intensidad, entonces, la que viene de la infancia de los chicos y las chicas, los de temprana edad, los que todavía no han pasado – o al menos lo han hecho de forma precaria o inconclusa – por la institución pedagógica de la infancia.

En segundo lugar, se trata de filosofia y la filosofia tal como la entendemos – como filosofar, como modo vivo de relacionarse con los saberes, como forma de experiencia en el pensar – transforma lo que sabemos y cómo pensamos. Esto es, cuando la filosofía pasa de verdad por nuestro pensamiento, ya no podemos saber lo que sabíamos y pensar lo que pensábamos. Segunda intensidad entonces de un proyecto de extensión: afectar nuestros modos de saber y de pensar, los que nos dominan, dentro y fuera de la universidad. Finalmente, están las otras infancias, las que no están asociadas a una corta edad; en ese sentido, el trabajo que realizamos muestra que la infancia no sólo no tiene necesariamente que ver con la edad sino que cierta sensibilidad a la infancia como otra voz, como palabra del silencio, como forma del comienzo y el recomienzo, es necesaria para poder pensar con la infancia de los pequeños. La infancia es una voz de una intensidad que interrumpe la monotonía de las palabras dichas por decir, una palabra que piensa como si inaugurase el pensamiento. Esa voz y esa palabra no tienen dueños ni edad para ser dichas, y requieren cierta atención y escucha. La infancia inaugura, nace, propicia allí donde hay un lugar para inaugurar, para nacer y para iniciar un camino. ¿Es sensible la extensión en la universidad a esos inicios infantiles?

Podríamos terminar con esa pregunta. Lo que hemos querido mostrar en este texto son algunos detalles de un trabajo de extensión universitaria desde, con y para la infancia que permiten darle más sentido a esa pregunta: ¿somos sensibles a la infancia? ¿Puede la filosofía como experiencia darle más fuerza a esa sensibilidad? No se trata entonces de llevar la universidad a la infancia, sino de llevar la infancia a la universidad: recibir una infancia, sin edad, para que la universidad encuentre nuevos comienzos. Es preciso, para eso, una forma de sensibilidad. Es necesario, como diría nuestro amigo Giuseppe Ferraro (2003), una escuela de sentimientos, una nueva educación afectiva. En fin, una nueva vida atenta a la infancia, a través de lo que llamamos, no sin exageradas pretensiones, de experiencia de filosofía.

BIBLIOGRAFÍA: EM CAIXAS A FILOSOFIA EN-CAIXA? (2009). Caderno de materiais, Rio de Janeiro, UERJ, mímeo. FERRARO, Giuseppe (2003). La scuola dei sentimenti. Dall’alfabetizzazione delle emozioni all’educazione affetiva, Napoli, Filema. FOUCAULT, M. (1984) Histoire de la sexualité 2. L’usage des plaisirs, Paris, Gallimard. FOUCAULT, M. (1994a) « Foucault répond à Sartre » In: Dits et écrits, Vol. I, Paris, Gallimard, 1984, p. 662-668. FOUCAULT, M. (1994b) « Le philosophe masqué » In: Dits et écrits, Vol. IV, Paris, Gallimard, 1984, p. 104-110. FOUCAULT, M. (1994c) « Qu’est-ce que les Lumières? » In: Dits et écrits, Vol. IV, Paris, Gallimard, 1984, p. 562-578. GISLANE, C. (2008). O Projeto Filosofia na Escola: uma experiência com a prática filosófica na infância. Recife, Universidade Federal de Pernambuco (Tesis de Doctorado en Educación). PLANO NACIONAL DE EXTENSÃO UNIVERSITÁRIA (1999). Brasília, Fórum de Pró-Reitores de Extensão das Universidades Públicas Brasileiras – SESu/MEC. RANCIÈRE, J. (2007). El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual, Buenos Aires, Libros del Zorzal.

El COLOR DE LA VIDA (por Dardo Bardier)

Tal parece que es hora de prender una alarma por el color. Hace unos decenios se fundó el Grupo Argentino del Color. Hace unos años se fundó la Asociación Boliviana del Color. Hace unos meses se fundó la Asociación Chilena del Color. En muchos países hay asociaciones del color. En Uruguay aún no. Entre nosotros muchos piensan que el color es algo superficial, sin importancia. Un agregado accidental sobre la realidad sustancial. No solemos conceder al color la importancia que otros pueblos le dan, como los mexicanos, bolivianos y tantos otros. Pero hace mucho tiempo que en otros países se considera al color como algo muy vinculado a sobrevivir y prosperar. Y lo estudian minuciosamente, con serios encares, desde los más duramente científicos hasta los más creativamente artísticos.
Mientras nosotros dudamos sobre si el color es o no es importante, otros hacen investigaciones, sacan provecho y nos dejan muy atrás.

Es bastante revelador observar quienes investigan el color. Gran parte de las investigaciones más avanzadas sobre el sistema visual humano y animal se hace con fines militares. Dado su carácter reservado, no se sabe qué tan grande es esa parte. El objetivo sería simple: “Yo te veo, tú no me ves, fin de tu historia”. Ver mejor es un modo muy eficaz de ganar guerras. El color sirve para distinguir mejor y más rápido los objetivos, que por algo les llaman blancos. Y, como continuación del mimetismo de los animales, conveniente para cazar y no ser cazado, el color también les sirve para camuflarse, para que los otros no lo vean. Por ello les es imprescindible estar un par de decenios adelantados sobre todas las investigaciones civiles. Y de su difusión. Lo suficiente para asegurarse que cualquier enemigo sepa menos que ellos de estos temas. Sería muy difícil calcular a cuantos, en la historia de la humanidad, por el color se les fue la vida.

Quizá en nuestra vida cotidiana nos afectan más frecuentemente situaciones relacionadas con los mercados. En ellos el tema color no es tan de vida o muerte. ¿O sí? ¿Los publicistas desprecian usar el color como arma? Todos sabemos que el color es parte de las estrategias comerciales. El objetivo sigue siendo simple: “Yo sé cómo usar los colores para vender, tu no lo sabes, fin de tu historia”. No es nada personal. Incontables particularidades y usos del color y de otras características de la percepción humana se investigan y se experimentan minuciosamente para su explotación comercial. Quien no sabe profundamente de estos temas puede convertirse en un competidor menos. Si hace sus envases sin saber los últimos descubrimientos sobre los
colores, puede perder ventas. Si quiere producir pero no logra vender quizá sea porque tus envases y propagandas no atraen con sus colores. Conviene saber qué color conviene en cada caso.

La lista de usos comerciales del color es interminable. Miles de millones de euros se gastan en colorear los envases y las mercaderías en casi todo el mundo. ¿Será un derroche innecesario del vendedor? ¿Por qué se gastaría tanta tinta de colores si el color comercial no fuese efectivo? ¿Es que la mercadería se hace para seres abstractos, o se hace para seres humanos? Los seres humanos, normalmente, consideran al color como algo que está muy relacionado con la esencia de lo que compran, lo esté o no lo esté. El color es un vendedor silencioso. Si nos dejan fuera de competencia, y no podemos vender nuestra producción para comprar lo que necesitamos para vivir, y algunos de nosotros no sobrevive, ¿es menos muerte que en la guerra? Es claro que es diferente. Causa y efecto no salen en al misma foto. En los lugares desarrollados puede quedar una empresa fuera de mercado en una mercadería, pero suele aprender y regresa con mejor presentación de la misma mercadería. Suele ser un daño recuperable. Pero ¿Cómo podrían hacer los habitantes de un lugar que esté alejado de toda fuente de información e investigación? Puede que no tengan modo de saber por donde les viene el hambre, tan callando.

Pero el color no sólo está en la competencia comercial. El color está en la producción misma. ¿Cómo saber si el grano almacenado está por podrirse? Por el color. ¿Cómo saber si es hora de cosechar? Por el color. ¿Cómo saber si el maíz está bien cocido? Por el color. ¿Cómo saber si el templado del acero está pronto? Por el color. ¿Cómo saber si un ladrillo es fuerte? Por el color. ¿Cómo saber la calidad de la fruta? Por el color. Hay miles de utilidades del color productivo que son investigadas. Y día a día aparecen nuevos descubrimientos. El color es de uso tan común que podemos llegar a creer que ya sabemos de él todo lo que hay que saber. Pero esa creencia es totalmente falsa. El color atraviesa todas las profesiones dando indicios, a veces certeros, a veces erróneos, de la supuesta esencia de las cosas, pero si invertimos poco en estudiarlo, poco vamos a saber cómo.

Más de 3000 colorantes de alimentos están registrados sólo en Argentina. Hasta la carne se colorea para que luzca más jugosa. Los que exigen más colorido en las comidas son los niños. Hay comestibles fluorescentes. Muchos colorantes actuales NO son buenos para la salud. Suelen usarse sin suficiente tiempo de experimentación y de ensayo. El alimento coloreado artificialmente se vende más y mejor. Esto es lo que está sucediendo masivamente desde hace decenios, aunque nos cueste creerlo. No es un accidente aislado. No es una situación marginal, sin importancia. El color artificialmente agregado ya está en casi toda nuestra comida.
Ya vimos que, en países lejanos, hasta la leche es adulterada con sustancias mortales. Una parte muy importante de la producción nacional se basa en que la leche sea blanca. Sin entrar a preguntar al lector si alguna vez en su vida tomó leche de vaca recién ordeñada, mayonesa hecha en casa, vino de sólo uvas. Parecería conveniente investigar más los colores alimenticios, los que nos ponen en la comida. La industria del mundo tiene un pilar muy bien asentado en el color. No en vano la industria alemana comenzó por los colorantes. No en vano la Química tiene su origen en los esfuerzos de colorear mejor y más barato. Uruguay podría vender más cueros y más caros si pudiésemos tener mejor control de colores para sus texturas más complejas.

Esos son los cueros más codiciados y mejor pagados: los que son un tanto irregulares, no los que parecen de plástico. La medición de los colores es toda una rama de la ciencia y los fabricantes pagan muy bien por ella. Pero las más tecnificadas mediciones fallan porque detrás de ellas no hay un buen conocimiento de cómo vemos los humanos un cuero de textura compleja. La producción se enlaza con la investigación científica. Toda nuestra vida se enlaza con la investigación de fondo. Si sólo los uruguayos supiesen cómo hacer más eficaces mediciones del color complejo del cuero, entraría más dinero al país, y quizá los uruguayos fuésemos unos cuantos más, sin necesidad de emigrar.

Desde satélites, mediante los colores del suelo, empresas y militares del otro lado del mundo saben qué riqueza mineral hay bajo el patio de nuestra casa. O bajo nuestros campos. Y en el momento que vengan a comprarlos difícilmente nos digan porqué lo quieren.

Hay personas con discapacidades para ver el color. Si no las reconocemos podemos estarlas discriminando sin darnos cuenta. Si una persona no ve el rojo, pero en cada semáforo siempre es el de abajo, no hay mucho problema, cuando se enciende el de abajo se detiene. Pero si le avisan que corte el cable rojo de la bomba que tiene entre manos, es el fin de su historia. Es conveniente complementar las señales en color con otros tipos de señales. También otros tipos de señales suelen complementarse con el color. Los científicos y los técnicos hace tiempo usan el llamado “falso color”, con el que tiñen los gráficos, cuyas variables, de color no tienen nada. Y eso ayuda enormemente a detectar situaciones y leyes. Hay mil usos del color para describir variaciones que, en su origen, no son de color. En la física nuclear se usa la palabra color para algo que no lo es. En música ahora se usa el color para representar sonidos. Es posible que en la escritura de la música muy pronto se abandone el pentagrama y, mediante computadoras, apele a otros modos de notación, incluyendo el color. Ya hay músicos que hablan de “un poco más de amarillo en ese acorde”.

Pero dejemos las aplicaciones prácticas del color comercial, industrial y de seguridad. Hablemos del color urbano, del color social. Resulta que en muchas ciudades del mundo se hacen análisis del color de la ciudad, edificio por edificio, cuadra por cuadra, barrio por barrio, y así de urbes enteras. Y se encuentran sorpresas. El color urbano resulta más relacionado de lo que se creía con el funcionamiento concreto de la urbe. Y entonces se puede iniciar la recuperación social de un barrio usando pinturas de color. Y el color, algo considerado tan superficial, resulta que cambia el sentido profundamente humano del barrio, y puede hacer que funcione mejor, que sirva para vivir mejor en muchos sentidos, no sólo en el estético. Tras el color se esconden otros aspectos esenciales de la vida ciudadana. Experiencias en muchos lugares del mundo se están afinando y dan grandes resultados, a muy bajo costo.

Complejas operaciones urbanas comienzan por el color y ello les abre el camino para seguir por otros aspectos de la vida local. Los vecinos sienten la identidad comunal de su ámbito y desarrollan su apreciación del color. El color resulta ser algo más importante en nuestra vida ciudadana que… lo que parecía.

En la enseñanza del color han surgido novedades radicales. La fineza en la apreciación de las leves diferencias entre tonos de color se construye orgánicamente en un período crucial de la infancia (quizá de los 6 meses a los 8 años). Si el niño vive en
una ciudad rica en azules, probablemente para toda su vida distinguirá más variedad de tonos azules. Si su ciudad es gris, probablemente distinguirá más variedad de grises y quizá poca variedad azules. Para toda la vida. Los edificios de Montevideo se hicieron grises en épocas en que las revistas de arquitectura que nos llegaban eran blanco y negro, y así resulta muy probable que muchos adultos actuales, que fueron niños en una ciudad gris, gusten de los grises. Hasta los ómnibus serán grises. Las túnicas blancas. Y los zorros se camuflarán de gris.

Nuestro paisaje rural es, y ha sido siempre, en colores. Un buen botánico puede distinguir de qué especie es un árbol a kilómetros de distancia, según su color estacional. En España se ha estudiado el color de su paisaje y se ha llegado a conclusiones que permiten saber qué especies vegetales plantar, según sus colores, para mejorar su estética. Lo cual puede ayudar a cambiar el paisaje para que sea más atractivo. Lo cual puede ayudar a traer millones de turistas. Si queremos turismo, debemos saber del color.

Conocemos el alejamiento y otros rasgos de los astros por su espectro de color. Se puede hablar del hablar de los colores. ¿Qué es un color en las palabras, y qué es un color en las sinapsis? ¿Cómo filtramos y compensamos los colores? ¿Cómo procesamos los colores con nuestras capacidades oculares y neuronales? ¿Cuántas causas objetivas del color se han descubierto? ¿Qué tanto nos dicen los colores, de la realidad atendida? ¿Qué pistas nos dan los colores para una nueva teoría del conocimiento? La investigación de los colores está afectando las bases mismas de nuestra concepción de la realidad.

Estas asociaciones, grupos, instituciones, organizaciones (si bien no suelen gubernamentales, las universidades suelen dar fuerte apoyo a las instituciones de estudio del color), son amplias, pluri-disciplinarias. Incluyen a toda la variedad de los que trabajan con el color. Científicos, artistas, biólogos, sociólogos, publicitarios, medidores, técnicos, pintores, acuarelistas, vitralistas, dibujantes, oftalmólogos, decoradores, tintoreros, filósofos, arquitectos, urbanistas, planificadores, vidrieros, industriales, comerciantes, diseñadores, y muchos otros. Es decir, todos los que, con espíritu abierto al conocimiento bien fundado, quieren saber más del color.
En otros países las asociaciones del color son muy activas, tienen sus cursos propios, organizan congresos con cientos de ponencias al más alto nivel, hacen publicaciones de primera línea, orientan la enseñanza del color, investigan, favorecen las investigaciones, son foros donde se dialoga del color, de la cesía, de la forma. Como si fuesen mares territoriales en los cuales la ciencia y el arte del color pueden alimentarse y desarrollarse. Estas agrupaciones se integran en la Asociación Internación del Color (AIC), organismo mundial de investigación y establecimiento de criterios generales.

En la población, y aún entre los especialistas, subsisten teorías del color sin mucha base científica. O con una base que hace decenios se ha demostrado que no es totalmente correcta. La investigación del color no ha terminado. Aunque solemos creer que estamos al fin de la historia de todo lo que se puede saber sobre el color, cuando se investiga duro, sin prejuicios, pronto se nota que no estamos más que en los primeros balbuceos. Aquí, y en otros países, hay bibliotecas muy respetables que sólo disponen de libros con información obsoleta sobre el color, desconociendo los descubrimientos
biológicos, neuronales y de comunicación, que atropelladamente están emergiendo, sobretodo en los últimos cuatro decenios. A muchas bibliotecas les llega tarde, mal o nunca la mayor parte de los mejores estudios sobre el color. A veces, ni siquiera tienen el mejor libro del mejor autor de cada época. Nuestros jóvenes pueden estar estudiando libros atrasados que les inculcan mitos sobre el color. Un día van a enseñar lo que no es cierto. Quizá en la enseñanza del color estemos más de medio siglo atrasados.

Apartado: Para apreciar el explosivo desarrollo del estudio del color, puede convenir revisar los temas de los trabajos de investigación presentados recientemente en algunos congresos, jornadas y seminarios, tales como Argencolor 2008 en Santa Fe y Luxamérica 2006 en Montevideo: Sobre el color, como tema científico, se realizaron exposiciones sobre temas tales como: *Medición y percepción visual del color. *Comparativa y medición del color de monitores. *Rupturas de simetrías debidas al color. *Período crucial de sensibilización humana a las diferencias entre tonos. *Alteraciones de la visión cromática. *Adecuación de colores en los diseños gráficos y de objetos para destinatarios discromatópsicos (que son ciegos a uno o más colores). *Color y disciplinas: razón, emoción y sentido. *Reconocimiento de patrones coloreados simétricos y asimétricos. *Posibilidad de daño retinial causado por lámparas fluorescentes y diodos emisores de luz. *Iluminación natural crepuscular. *Efectos biológicos no visuales de la luz. *El color y la oftalmología actual. *Nuevas formas de clasificar la apariencia visual. *Cambio periódico del color en reacciones químicas oscilantes. *Comparación de color en la industria. *Luz inteligente. El color en los alimentos: *Cambios en las propiedades ópticas de las frutas. *El índice de color como medida de calidad de alimentos. *Influencia de aspectos estructurales sobre la percepción del color y la apariencia de copos de maíz. *El color como índice del estado de la conservación de las semillas. *Caracterización colorimétrica de granos de mostaza blanca. *Cinética del color en lácteos. *Detección de materia extraña en el tabaco. El color y la enseñanza: *El concepto de lectura en la enseñanza del color. *Influencia del color en la memoria de los niños. *Sensibilización crucial a los colores. *La enseñanza de la cesía en el contexto de la industria automotriz. *Propuesta para la enseñanza del significado del color. *Proyecto “Arte en juego-la danza del color”. *Analogías, estímulos auditivos e imágenes gráficas en color. *Práctica de la mezcla de colores en la enseñanza de fotografía. *Diseñando la enseñanza del color en Chile. *Desarrollo de un proyecto de integración social por medio de la experimentación color. *El lenguaje del color y su manipulación en las composiciones morfológicas. *Bebidas y envases: enseñanza del color por superposición. *El uso del color en locales escolares. *La puesta a punto del espectro-foto-colorímetro como recurso didáctico. *Cambios de color por tecnologías emergentes. *Iluminación en escuelas brasileras. El color en el diseño: *Envases y etiquetado de productos alimenticios. *Retórica del color en el objeto de diseño industrial. *Influencia del color en el diseño lúdico-didáctico. *El lenguaje del color en la significación del diseño gráfico. *Estrategias cromáticas en envases de productos alimenticios. *Los signos cromáticos y sus estrategias. *Análisis semiótico de la gráfica de productos alimenticios. *Trasgresión versus tradición: el color como elemento diferenciador en envases. *Influencia del color y el movimiento en la lectura de las páginas web. *El color en el cyber, paleta de una representación de la tecnología. *Criterios para la selección y aplicación de color en el diseño de las páginas web. *Marca de municipio, imagen de la ciudad: variaciones del color. *Cambios de color en los sintagmas visuales. *Cromatipo, abstracción verbo-cromática en la identidad visual. *Iluminación y accidentes. *Semáforos LED en Brasil. El color en la arquitectura y urbanismo: *Emergentes cromáticos de un pueblo. *El color en la
31vivienda social. *Una experiencia de enseñanza de color urbano. *El color como variable en la gestión de los espacios urbanos. *El lenguaje del color en la condición urbana. *El color en la construcción de la imagen urbana. *El vitral, luz y color en los espacios contemporáneos. *Percepción significativa del color del paisaje. *El color como agente fenomenológico, análisis de sus problemas fisiológicos y psicológicos. *Natural y artificial, significaciones de los colores en la ciudad. *El valor patrimonial de la estructura cromática del paisaje urbano. *Color ambiental del paisaje rural de Córdoba. *El color ambiental de Tucumán. *El color en la recreación nocturna. *Elección del color en mezclas de cemento pórtland. *Registro cromático de la ciudad de Valparaíso. *El color como atributo de la forma arquitectónica. *Reconstrucción cromática de un barrio. *Arte público, el color en el espacio urbano. *Factor de visión del cielo urbano. *Polución luminosa rural. *El color en arte y cultura: *El color y el transcurso del tiempo en la pintura. *El rol del color en la representación de lo irreal. *El rol del color en la alerta, la memoria y el tiempo de reconocimiento visual.*Los colores en la guerra: Iraq ojo por ojo. *El rol del color en la imagen corporativa. *Colores del novecientos. *El color en la cultura de los inmigrantes. *Ética del uso de los colores. *El uso expresivo del color en el cine. *Tableros cromáticos. *Ecología y color en la obra de Hundervasser. *Color y sonido. *Hacia una cesía virtual. *El color en la restauración de pinturas murales. *El color en la señalética. *Colores y accidentes de tránsito. *Contaminación lumínica. Y así sigue…

GOOGLE ACT: EL ESPACIO PÚBLICO EN RELACIÓN A LOS CUERPOS (por Laura Alonso)

El espacio público fue campo de combate, el espacio del movimiento por la conquista. En el espacio público, lugar de los cuerpos, se debatía, entre otras cosas, el destino del hombre, o mejor dicho, se ponía en acción. Era posible hablar de Pueblo, de Clase, de Espacio en término de relación movimiento/cuerpo/tiempo, que también era tiempo histórico.

¿Dónde queda ese tiempo, directamente vinculado al hecho de la contigüidad física?

Asistimos a la lucha en términos de “cuerpo espectral” (1). Hoy firmamos largas cadenas de mails en ese otro espacio, espacio ya no cualificado como tal en los términos de su otra acepción. Hoy, estamos contra el golpe de estado en Honduras, contra la matanza de indígenas en Perú, etc (la lista sería infinita) pero desde el nanosegundo y el click, en el grupo Facebook, en el lugar de lo invisible –actuamos en la desaparición (2)-.

Todo parece estar sucediendo pero sólo parece. Parece que las cosas ocurren y que nosotros somos parte. Y ocurren, en el lugar donde el poder no tiene más remedio que ejercerse salvaje –o mejor dicho, en su modo más arcaico desde el punto de vista de su despliegue técnico- . Las víctimas son los únicos cuerpos presenciales. El resto está del otro lado de una pantalla. La sangre es una mancha de sangre, una imagen.

Asistimos, somos parte, del brutal simulacro (3) de la lucha. Hemos creído ejercer la libertad montados a la ilusión –casi en términos mágicos- del progreso tecnológico. Un puro GOOGLE ACT. —

Términos referencias: (1) Paul Virilio (2) Paul Virilio (3) Jean Baudrilliard

AUTOCONCIENCIA (por Fernando Gutiérrez Almeira)

Podemos decir que lo que caracteriza a la mente humana respecto de otras mentes es la conciencia que como tal mente tiene de sí misma…el hecho de ser autoconciente. La conciencia humana es el único ejemplo conocido de autoconciencia.

¿Qué implica la autoconciencia? De eso es de lo que voy a tratar aquí. Una simple conciencia es no más una conciencia abierta desde lo real hacia lo real y en lo real, una conciencia inmersa en lo real, sumergida en el devenir y siendo devenir junto a los demás acontecimientos. El cognoscente tiene ante si lo conocido y solo lo conocido, no pudiendo hallarse ni en si ni en lo conocido…por lo cual el cognoscente en la simplicidad de su apertura se encuentra perdido en lo otro de lo conocido, en su objeto. No es más que un pliegue reactivo en el proceso de los acontecimientos, un proceso reactivo de los acontecimientos sobre los acontecimientos. Una autoconciencia, en cambio, es un repliegue y no ya solo un pliegue de la realidad, de tal modo que en este repliegue el acontecimiento del conocer es distancia respecto de lo conocido, distancia establecida a través del estar ante si misma como cognoscente, como algo distinto de lo conocido.

Esto no significa que el ser cognoscente obtura con esa distancia su estar en lo conocido real sino solo que en esta distancia se establece una tensión separadora, una irrupción de la diferencia entre lo cognoscente y lo conocido. A esta irrupción la podemos llamar la irrupción del espíritu. Pero la irrupción del espíritu no es sin consecuencias. No hay un simple replegarse de la conciencia en la autoconciencia sino que lo que hay es la tensión de la distancia continuamente separadora y doliente que es
la distancia de la lucidez. El ser autoconciente ve con lucidez, con claridad, su estar separadamente en relacion a lo real, su estar en lo real como algo diferenciado, como algo distinto. Ve su diferencia, esto se le aparece con claridad y ocurre que ya no participa con la ingenuidad de una conciencia abierta de su estar en lo real sino que participa en la tensión de su separación, participa con la constatación lucida de su existir por separado, en un aparte solitario. Y ve, por lo tanto, que su ser es una cuota de realidad, una potencia en medio de lo potente difuso en lo que ya no esta inmerso sino respecto de lo cual lidia con su existencia de este modo limitada, delimitada.

La autoconciencia percibe y piensa, pues, en lo fundamental, el limite. La autoconciencia es la constatación lucida de los limites y del limite en si misma. Este estar limitada y separada de la autoconciencia es su individualidad en cuanto reconocida y es por lo tanto el camino que en ella misma se abre como algo distinto del simple ser conciente. La autoconciencia es este estar limitado y separado, es este estar dolorosamente ante lo real como algo que permanece ajeno a la propia potencia y ya sin que sea posible la participación directa, sin la tensión de la distancia. Es por ello que la primaria experiencia de la autoconciencia es la experiencia de su aplastamiento, de su estar aplastada por lo ajeno que la rodea ya como lo exterior, como el objeto exterior, como lo Otro. Aplastamiento que cobra la forma emocional de la soledad y la forma dinámica de la impotencia.

Una consecuencia aún más inmediata que la mera enajenación respecto de lo Otro total en la lucidez tensa de la distancia separadora de la autoconciencia es el desdoblamiento del cognoscente respecto de si mismo como algo conocido, como una x que no llega a ser el propio cognoscente en tanto cognoscente sino solo algo conocido alli en lo exterior…un cuerpo. El ser autoconciente no es solo para si en cuanto conciencia, en cuanto mente, sino también en cuanto cuerpo allí afuera, ante si mismo como lo exterior de si mismo. De modo que el ser autoconciente se encuentra desboblado y la tensión de la distancia separadora se instala en su ser mismo como la distancia entre lo mental y lo corporal. No solo se encuentra separado respecto de lo Otro total que lo circunda y de lo que intuye no participar sino que se encuentra desencontrandose en la separación de si mismo en mente por un lado y en cuerpo por el otro. Es un desdoblado, un dividido, un cercenado de si mismo en un cuerpo que se aleja. Se encuentra frente a si extrañado de si mismo en este cuerpo que dice ser suyo…tiene un cuerpo del cual le resulta ya difícil, en la distancia lúcida…sostener que és el mismo. En este desdoblamiento que aliena un cuerpo el cuerpo pasa a ser un objeto de la autoconciencia del cual puede escindirse en los actos de la voluntad de tal modo que puede tratar con este cuerpo como cosa que ya no es él o que nunca lo fue.

Los sintomas de este tratamiento estan en todas partes desde que la autoconciencia existe…los adornos, los maquillajes, las cirugías esteticas, las autolaceraciones y automutilaciones, los castigos autoinfligidos, los ayunos, etc, etc. Al tratar consigo misma como un cuerpo en cuanto algo separado de la mente que trata con él la autoconciencia acentúa su lucidez, su distancia en si misma…se autoconsagra en su lucidez y se hace más lucida por lo tanto. Ello explica, claro esta, el que todos los intentos de perfeccionamiento de la autoconciencia sostengan este extrañamiento del cuerpo incluso para su destrucción…que no es otra cosa que la autodestrucción de la autoconciencia en el extremo de su autoalienación. Este camino de negación del cuerpo exalta la autoconsagración de la autoconciencia y es por ello que se le ha considerado siempre, a pesar de su condición de negación absoluta en la negación de si misma,
como un camino de elevación de la autoconciencia sobre si misma, como en un recogimiento de lo mental sobre lo mental que acentua el repliegue hasta querer infructuosamente cortar las ataduras por completo con lo otro exterior. De este modo la destrucción del cuerpo como testimonio de lo que se es en cuanto objeto sumido en una exterioridad que aplasta y consume la propia potencia, como testimonio de impotencia, es también un falso escapar en la distancia de un replegarse querido como absoluto, un gesto de liberación, un gesto de diferenciación absoluta, de pura diferenciación que en realidad no es más que un gesto absurdo que sostiene absurdamente la muerte y confunde la negación de la negación con la afirmacion, afirmación que solo puede pasar por el reencuentro en la lucidez de la confabulación con todo lo otro en una existencia participante. Diferencia que por otra parte no deja de ser la consagración de la propia identidad en una identidad igualmente absoluta e insostenible en la experiencia…de tal modo que no le cabe a quien asi se esfuerza hacia si mismo en una unidad indiferenciada y aniquilante de todo lo otro en el cuerpo más que renegar absurdamente de la existencia.

EL ARTE VISTO COMO UN MEDIO DE EXPRESIÓN MUY PARTICULAR (por Luis Mazas)

“No desearía que las obras sinfónicas que salieran de mi pluma no expresaran nada, o que consistieran de una vacía ejecución de acordes, ritmos y modulaciones. Una sinfonía, ¿no debería expresar aquellas cosas para las que no hay palabras, pero que necesitan ser expresadas?”
P. I. Tchaikovski

Podemos ver el arte y el concepto de lo bello como una construcción social o un intento de univesalización de un gusto determinado. Sin embargo, nos queda la sensación de que algo queda en el camino, como por ejemplo, el sentimiento que se produce dentro de nosotros cuando nuestro aparato cognitivo se enfrenta a un objeto, paisaje, música, etc.; sentimiento por el cual la primera expresión o juicio que aparece en nuestra mente es “¡Qué bello!” o “Es una obra de arte”. Puede venir acompañado de una fuerte emoción o no, pero sabemos que toca algo muy adentro nuestro y que la mayoría de las veces no podemos definir qué ni cómo mediante el lenguaje.

Los sentimientos son parte del espíritu humano. Sin embargo, nos cuesta darnos cuenta de ellos y también expresarlos. ¿Por qué? Porque para expresarnos (intersubjetivamente) cotidiana y generalmente usamos otra parte de la mente, a saber: la razón. Lo que sentimos, primero tenemos que pasarlo por el procesador de la razón para poder entenderlo y luego expresarlo oralmente o en forma escrita. Y estas dos partes aparentan estár separadas. Ya lo habían dicho los griegos antiguos, “logos” quiere decir discurso y también razonamiento. Esta desconexión hace que los sentimientos no se puedan expresar fielmente mediante un lenguaje razonado, inclusive a veces no tiene nada que ver lo que sentimos con lo que expresamos, o no encontramos palabras para hacerlo, etc. Necesitamos una forma alternativa para expresarlos. Esa forma alternativa podría ser perfectamente lo que conocemos por “arte”. El arte surge por la necesidad del ser humano de expresar lo no racional (i.e. los sentimientos) que existe en él. Una obra de arte expresa más que mil palabras y, a veces, todas las palabras no pueden expresar lo que un ser humano siente. Y esto incluye a cualquiera de las disciplinas que son englobadas bajo la palabra
arte. Tanto la música, la pintura, la escultura, la danza, la actuación, la poesía (a pesar de ser escrita), etc., y hasta los deportes pueden tener algún tipo de expresión artística.

Pero el arte, tiene a su vez una parte racional, que son las técnicas empleadas en cada una de las disciplinas para poder plasmar la expresión de un sentimiento, que es etéreo, en la materia. A su vez, las distintas escuelas de cada disciplina tienen un conjunto de reglas para que los creadores y los que emiten juicios sobre obras llegen a acuerdos sobre como hacerlas y como valorarlas.

La excelencia o virtud de un artista, se puede ver de dos maneras: por su pericia en las técnicas de expresión y por su capacidad de comunicar sentimientos al espectador. Estos dos conceptos son la clave para crear una obra de arte “bella”. Muchos artistas pueden dominar las ténicas de expresión, ya que sus fundamentos son racionales y descansan en la habilidad motriz. Lo que es difícil es poder tener esto y la capacidad de crear en el espíritu del expectador el mismo sentimiento (o uno similar) que él sintió al momento de plasmar su arte en la materia. Y esto le da excelencia como artista y de él decimos que es un virtuoso. Y de su expresión artística decimos que es bella. Y no lo podemos definir con palabras, con el logos, porque éste es racional y el sentimiento es no racional, pero que lo sentimos, lo sentimos.

FILOSOFÍA EN EL URUGUAY: ACTUALIDAD Y DESPUÉS (por Horacio Bernardo)

1. Panorama actual: crisis de sentido

La actualidad filosófica en el Uruguay está marcada por un proceso de decadencia que constituye, a nivel general, una crisis de sentido de la disciplina como quehacer en tanto actividad de pensamiento. Dar cuenta de cuál es sentido de hacer filosofía en nuestro país es una cuestión pertinente por, al menos, dos motivos: porque de ello depende tomar acciones concretas dada su progresiva desaparición social y porque permite pensar modos creativos de reactivar la reflexión filosófica en relación al contexto de nuestro país. Para comprender la problemática aquí mencionada y brindar una idea introductoria de cuál es la situación actual de la disciplina, expondré los factores que componen esta crisis de sentido.

1.1 Primer factor: la desvinculación integral de la filosofía respecto al contexto social. Esta desvinculación “integral” viene dada en tres niveles:

1.1.1 Desvinculación de la sociedad en general y de la opinión pública –
No se piensa a partir de problemas ni se tiene en cuenta, en su mayoría, el contexto local uruguayo como plataforma de reflexión. Si bien, como señala Carlos Pereda , esto no es exclusivo del contexto uruguayo, en nuestro país ha contribuido a la desaparición de la figura del filósofo como agente de opinión o asesor sobre temas de su competencia (ética, por ejemplo) En nuestro medio, más allá de notas dispersas, el filósofo es una figura ignorada o desconocida. Si bien puede alegarse que ese espacio es ocupado hoy por especialistas en ciencias humanas como politólogos, economistas, sociólogos o estadísticos encuestadores, es necesario reconocer que desde la filosofía no se ha ofrecido una producción interesante sobre temas de actualidad.

1.1.2. Desvinculación del resto de las disciplinas –
Esto es claramente visible en el ámbito académico (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación) . Por ejemplo, las reflexiones epistemológicas actuales no tienen conexión con la actividad científica uruguaya o el uso de las herramientas rigurosas provenientes del método analítico, se cierran a aplicaciones intra-disciplinarias como la tríada verdad, lógica y lenguaje que no revisten interés alguno para agentes de otras disciplinas. Asimismo, planteos de inspiración más post-estructuralistas, deconstructivos o con una mayor libertad discursiva, si bien han buscado acercarse a los problemas actuales, o bien son frenados por la racionalidad académica imperante, o bien contienen una jerga oscura que obstaculiza el diálogo con los actores no familiarizados . Por otra parte, si bien existen intentos de vinculación con otras comunidades del continente desde el área de filosofía latinoamericana o de vincular ética y economía, la tendencia mayoritaria consiste en cerrarse en una especie de claustro cuya producción no logra establecer vínculos interdisciplinarios ni generar interés dentro del propio ámbito filosófico . Este solipsismo se intenta defender desde la matriz académica
justificando la pertinencia de problemáticas filosóficas hiper-tecnificadas o la necesidad de contar con individuos especializados en porciones muy mínimas del saber filosófico. Sin embargo, la dificultad de detectar líneas prolíficas de investigación y el escaso volumen de publicaciones parecerían revelar, en lugar de ello, una burocracia que sostiene, cuando no una bochornosa improductividad, la producción de textos cuyo interés en relación a nuestro medio no pasa más allá de preferencias subjetivas.

1.1.3. Desvinculación de sí misma –
En el ámbito académico la disciplina filosófica ha llegado a desvincularse de sí misma a través del rechazo tangible de su tradición y su devenir histórico. En la Facultad de Humanidades, esto se refleja en un Departamento de Historia de la Filosofía pobre que cuenta con un catedrático para las cuatro asignaturas que abarcan desde la filosofía antigua a la contemporánea . Si bien puede suponerse que esto se debe a carencias económicas y presupuestales, la inexistencia de la asignatura Filosofía en el Uruguay en el programa de estudios confirma el marcado desinterés histórico por parte del cuerpo académico. Este “darle la espalda” a la tradición crea una filosofía sin pasado, sin identidad y, en resumidas cuentas, sin entidad o sin importancia dentro de nuestro propio país sobre todo para las nuevas generaciones, para las cuales los pensadores nacionales pasan inadvertidos, creando la ilusión de que en el Uruguay no es posible pensar. Y, por ende, si no es posible pensar, ¿qué sentido tiene hacerlo?

1.2 Segundo factor: los espacios de circulación de la filosofía no generan debate ni intercambio de ideas
Carlos Vaz Ferreira en la década del 20 decía: “Un libro cae en este país como una piedra en el agua: un minuto después se ha hundido; toda huella se borra” Hoy, esta observación describe la crisis de sentido del quehacer filosófico en tanto que su producción no genera debate ni discusión a la interna de los propios interesados. Esta ausencia de diálogo crítico priva de sentido a las reflexiones, las cuales muchas veces terminan siendo papers dirigidos a comunidades de otros países (muchas de ellas que ni siquiera leen en español), cuando no requisitos para cumplir con exigencias burocráticas académicas. Ahora bien, en cuanto a los espacios de circulación, dos factores adicionales contribuyen a esta ausencia de diálogo

1.2.1. En cuanto a la forma: Irregularidad de los canales de circulación –
Si bien en Uruguay no se publican demasiados libros de filosofía, existen diversos espacios como revistas, eventos, charlas, grupos pequeños, foros virtuales, etc., en general desarticulados y operando de manera informal o irregular. Analizando el caso de las revistas especializadas, publicaciones académicas como Actio, dedicada a problemas de Filosofía de la Práctica, en 2007 y 2008 ha tenido 1 número por año y la Revista de Filosofía Contemporánea ha desaparecido luego de unos pocos números. La Revista Galileo, dedicada a problemas metacientíficos, es una de las pocas que ha conservado su frecuencia de 2 números anuales junto con la revista Contextos, publicada por la Asociación Filosófica del Uruguay, que en 2008 publicó 4 números. En el ámbito independiente, existen iniciativas como el Proyecto Arjé y la Revista Paréntesis pero las mismas dependen de los esfuerzos honorarios de sus fundadores, lo cual no les ha otorgado aún una existencia sustentable. En resumen, ninguna de estas publicaciones ha logrado constituirse como punto de referencia de la totalidad o parte de la comunidad .

1.2.2. En cuanto al contenido: Los temas sobre los que versa la producción escrita parten de inquietudes personales de cada autor que no se articulan en áreas compartidas de interés.
Esto genera, en el caso de las revistas, que los artículos no motiven líneas visibles de producción, a no ser cuando se intentan hacer números temáticos que muchas veces resultan forzados u homenaje a alguna fecha de algún autor. En cuanto a los foros virtuales o listas de correo creados desde nuestro país (como Afucorreo o Arjé), las mismas operan como ámbitos de difusión de actividades o diálogo amistoso entre unos pocos miembros activos que debaten sobre casi cualquier cuestión. Si bien en un futuro pueden llegar a ser ámbitos alternativos de apertura, aún no han surgido proyectos con determinada línea o aspiración teórica. En concreto, puede observarse que el problema consiste tanto en la falta de articulación de los espacios existentes, así como la nula repercusión o interés que generan sus contenidos, lo cual retrae incluso el propio estímulo hacia la producción filosófica.

1.3. Tercer factor: La filosofía parece no tener nada que ofrecer.
Si fuera verdad que todas las ciencias partieron de la filosofía, parece que esta última hubiese quedado vacía. La crisis de sentido viene dada por la dificultad de encontrar contenidos o modos específicos que le sean propios y la diferencien del resto de las disciplinas. Esto no significa que la filosofía deba operar sobre un objeto determinado como lo hace una ciencia. Significa, en todo caso, que la filosofía no ha sabido operar de alguna de las siguientes maneras: · Generando nuevos modos de ver la actualidad · Empleando el herramental que le es propio (métodos filosóficos) sobre análisis contextualizados · Problematizando la cotidianeidad · Encontrando nuevos problemas cuya tratamiento intente dar respuesta a un mayor número de cuestiones actuales En efecto, la filosofía tiene mucho para decir pero ha dicho muy poco. La filosofía no se ha puesto seriamente a pensar, a generar una inteligencia propia. Ese “olvido” de sus posibilidades, por decirlo de algún modo, es lo que ha contribuido a que sea difícil captar su sentido incluso entre los propios miembros que la practican.

1.4. Cuarto factor: la reflexión filosófica no genera efectos materiales concretos.
A pesar de su escasa repercusión e irregulares canales de difusión, la reflexión cobraría sentido si se materializara en decisiones concretas tales como la creación de ámbitos de acción, leyes, instituciones, etc., tal como ha ocurrido en varias oportunidades en nuestra tradición. El pensamiento de José Pedro Varela influyó en nuestras instituciones educativas concretas. Pedro Figari defendió la creación de una Escuela de Bellas Artes así como la reorganización de la Escuela de Artes y Oficios . La Facultad de Humanidades y Ciencias , tal como recordaba Caño Guiral hace ya cuarenta años, fue creada con el objetivo de nuclear “a la mayor parte de los actuales creadores y pensadores” Figuras como José Enrique Rodó o Carlos Quijano fueron parlamentarios y activos periodistas, por poner sólo algunos ejemplos. Sin embargo, nuestra producción actual no pretende traducirse en elementos o decisiones concretas. Existen algunas excepciones, como en el caso de Mauricio Langón y su propuesta de creación de una “Universidad Pedagógica Nacional” o planteos críticos en torno al ámbito universitario
16actual, pero no se ha tomado conciencia de la importancia y dimensión de la acción reflexiva en pro a cambios posibles y concretos. Esta falta de conciencia ha terminado, al fin, por contribuir a esta crisis de sentido integral de la disciplina. En resumen, si la filosofía no tiene injerencia en los ámbitos de decisión, ni en los de opinión pública, ni se relaciona con efectivamente con otras disciplinas, ni constituye una comunidad en base al diálogo y debate en torno a ideas y problemas, ni tampoco reconoce su tradición de pensamiento histórico y nacional, no genera contenidos propios ni da pie a la creación de normas o ámbitos concretos, entonces cabe hacerse la pregunta no tanto por cuál es la actualidad de la filosofía en el Uruguay en tanto relevamiento de actividades e instituciones existentes, sino por cuál es el sentido de que haya filosofía en el Uruguay actual. A ese respecto, crisis de sentido no significa vacío, sino estructura vaciada.

2. Hacia el sentido de la filosofía como quehacer

De acuerdo a lo anterior, reflexionar filosóficamente la crisis supone avanzar desde la visión crítica señalada y tomar acciones concretas para reabrir con entusiasmo caminos novedosos para la actividad filosófica. En pro de esta actividad, presentamos aquí dos grandes líneas a considerar de modo conjunto: la reconstrucción y la reinvención de la filosofía en el Uruguay actual.

2.1. Reconstrucción de la filosofía – Esta tarea consiste en retomar la tradición ignorada, trabajar sobre el campo filosófico actual y reflexionar en perspectiva al contexto nacional. Esto supone tres elementos:

2.1.1. Rescate histórico de la disciplina –
Esto implica el estudio del pensamiento precedente pero no por mera curiosidad u homenaje, sino como forma de ubicarnos en el presente o, mejor dicho, de crear nuestro presente, darle entidad. Esto no significa reconstruir mitos fundacionales gloriosos, sino analizar las causas históricas de esta crisis para tener herramientas que nos permitan superarla. La continuación de la labor histórica de nuestro pensamiento que realizara Arturo Ardao (quien se dedicó al estudio intenso de la disciplina hasta mitad del siglo XX) es tarea necesaria por los motivos antes descritos. Crear una asignatura Filosofía en el Uruguay en el ámbito académico, o crear un instituto parauniversitario dedicado al estudio de nuestro pensamiento son posibles acciones concretas en esa dirección.

2.1.2. Creación de ámbitos de diálogo contextualizado –
Generar espacios de intercambio de ideas vinculadas a los problemas locales, es tarea necesaria para reconstruir la disciplina y vincularla a la actividad del país. En ese sentido, ha habido en los últimos años algunos avances. Quisiera mencionar uno de ellos, realizado desde el año 2005 al 2007 y que consistió en la creación de una serie los coloquios sobre “Pensamiento y Actualidad” en Facultad de Humanidades. Estos coloquios partieron de la iniciativa de un grupo de estudiantes y egresados (del cual formé parte) a la que se sumaron algunos docentes de la Institución. Los eventos versaron sobre temas de actualidad filosófica (como el relativismo, filosofía uruguaya, entre otros), así como también sobre temas de actualidad: ley de caducidad, conflicto con argentina por el tema de las papeleras, coyuntura política, educación nacional, globalización, entre otros. En las cuatro ediciones de los coloquios participaron casi 100
ponentes provenientes del área filosófica, de otras disciplinas humanas e incluso del área periodística. Si bien esto supuso una referencia en la dirección de la contextualización de la disciplina, es necesario reconocer autocríticamente que a través de los eventos no se logró una recomposición sustentable de la filosofía, cosa que merece un replanteo teórico del campo filosófico del que esta exposición es un intento . Sin embargo, hay que destacar, positivamente, que la experiencia mostró el interés por parte del resto de las disciplinas en tomar contacto con el área filosófica, cosa que resulta un buen indicador para la continuación de acciones en esa dirección.

2.1.3. Toma de conciencia del para quién y del para qué del quehacer filosófico –
Pensando en la actualidad y los posibles efectos de la producción de pensamiento, es necesario tomar conciencia de que la reflexión sólo cobra sentido si lleva implícita un para quién y un para qué, o sea, un destinatario y un motivo. Ser conscientes de estos aspectos finalistas en los propios actos filosóficos es un paso necesario para ligar la reflexión al contexto de reflexión y evitar su aislamiento.
Ahora bien, puede contra-argumentarse que esta visión finalista transforma a la filosofía en dependiente de aquel o aquello a lo que se dirige. En otras palabras, puede decirse que se atenta contra la producción de un pensamiento independiente o visionario, o que se está defendiendo un pensamiento puramente utilitario. Sin embargo, considerar la finalidad no implica crear una filosofía servil sino, por contrario, una disciplina activa y en diálogo con el resto de los actores sociales. Un ejemplo de ello lo constituye la obra Ariel de uno de nuestros pensadores más influyentes, José Enrique Rodó. En este ensayo escrito en 1900, Rodó opone a la tendencia utilitaria y productiva norteamericana, la visión idealizada de Ariel como símbolo del entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura , el ocio noble y el crecimiento del hombre como hombre mismo. Esos altos ideales, sin embargo, no impiden que Rodó sea muy consciente de que su ensayo se dirigía a la juventud y a la intelectualidad americana y actuara en consecuencia. El personaje de Ariel es Próspero, un profesor que le habla a la juventud y el libro, explícitamente, va dedicado a un quién concreto: “la juventud de América”. Asimismo, desde su aparición en 1900 y durante los ochos años posteriores, Rodó se dio a “una intensa actividad de difusión, literalmente apostólica” de la obra, enviando por correo una buena cantidad de ejemplares, dirigidos personalmente, cada uno de ellos, a “un buen número de figuras destacadas de España y América Latina” Esta acción, aparentemente marginal, cobra sentido al saber que Rodó tenía en claro no sólo el para quién de la obra, sino el para qué de la misma. La dedicatoria que enviara Rodó al venezolano César Zumeta es particularmente ilustrativa al respecto. Rodó dice: “Teniendo yo la pasión, el culto de la confraternidad intelectual entre los hombres de América, le envío un ejemplar de un libro mío que acaba de salir de la imprenta. Es, como Ud. verá, algo parecido a un manifiesto dirigido a la juventud de nuestra América sobre ideas morales y sociológicas. (…) Yo quisiera que este trabajo mío fuera el punto inicial de una propaganda que cundiera entre los intelectuales de América. Defiendo aquí todo lo que debe sernos querido como latino-americanos y como intelectuales…”
En definitiva, el ejemplo de Rodó nos muestra que los altos ideales del pensamiento y la conciencia de la finalidad no se contraponen. Es ese para quién y para qué vinculados a nuestro contexto, a través de ámbitos de diálogo y con la conciencia de
la tradición de nuestra disciplina, los que ofician de punto de partida hacia el segundo aspecto de la construcción de sentido de la actividad: la reinvención de la filosofía

2.2. Reinvención de la filosofía

2.2.1. La necesidad de pensar
Plantear la necesidad de abrirse creativamente al pensamiento es ya tradicional dentro de nuestra filosofía. Incluso en la actualidad, pensadores como Alción Cheroni o Ruben Tani se han pronunciado, desde sus puntos de vista, sobre esta necesidad, el primero señalando la pertinencia de vincular la filosofía con las inquietudes sociales, el segundo defendiendo un estilo de reflexión más ensayístico. Lo cierto es que para reinventar la filosofía, primero ha de vencerse cierto miedo a pensar, miedo que ha sido construido en las últimas décadas a través de un “darle la espalda” a la tradición uruguaya y a través de la forma en que se trasmite filosofía a nivel universitario, reduciéndola a análisis de cosas que otros han dicho. Si bien este tema es complejo, una prueba de este miedo es la exagerada apelación a las autoridades en nuestra producción escrita, que recuerda al medioevo, donde muchas veces se hacía decir a las autoridades pensamientos personales pues la innovación era considerada pecado Cabría recordar, por contrario, que en nuestra tradición esto no ha sido siempre así. Rodó, si bien menciona diversos autores no se apoya en ellos constantemente para justificar sus dichos en estilo ensayístico. Emilio Oribe en su “Teoría del Nous” se entrega a la tarea del pensar fragmentario. Carlos Vaz Ferreira en “Lógica Viva” se basa en observaciones del quehacer discursivo de su época. Incluso Ardao en su calidad de historiador de la filosofía no cae en excesos. ¿Por qué nuestros trabajos actuales, incluido éste, están tan recargados de acotaciones, citas, nociones técnicas, notas al pie y nombres? Como he dicho, el tema no se agota en estas consideraciones . Baste lo mencionado como ejemplo de una actitud que es necesario superar si se quiere construir un quehacer filosófico estimulante y propio.

2.2.2. La apertura creativa
En relación a lo antedicho, la apertura creativa implica renovar no sólo el entusiasmo por la actividad de pensamiento, sino el coraje de retomar temas filosóficos tradicionales, encarar nuevos temas o proponer nuevos modos de reflexionar nuestra actualidad. Este es el punto central sin el que ninguno de los anteriores cobra real significado. Apertura creativa significa aventurarse a la ficción de olvidar los conceptos aprendidos, abrirse a la búsqueda de problemas en la cotidianeidad y luego teorizar empleando, cuando corresponda, el bagaje conceptual adquirido. En esa línea, quisiera plantear algunas interrogantes que apuntan a posibles vías de acción filosófica:
¿Qué tanto puede trabajar la filosofía en relación a la labor historiográfica actual?
– Por ejemplo, el tema de la construcción de nuestra nacionalidad oriental, más allá de su tratamiento historiográfico concreto, supone la invención de nuestra racionalidad, de nuestro ser colectivo y resulta de interés filosófico. Arturo Ardao o Pablo da Silveira, por poner dos ejemplos desde el ámbito filosófico, han re-iniciado el trabajo del tema. Por otra parte, es necesario destacar que estudios históricos como “La historia de la sensibilidad en el Uruguay” o la “Historias de la vida privada en el
Uruguay” construyen relatos sobre nuestros modos de pensar y sentir que desde el punto de vista filosófico no pueden pasar inadvertidos. En ese sentido, la filosofía puede contribuir ya sea como espacio crítico de nuestra historiografía, así como también, como agente articulador, genealógico o reflexivo de nuestra propia constitución como uruguayos.
¿Qué tanto puede contribuir la filosofía como agente activo en relación a la actividad parlamentaria?
-La filosofía, en conjunción con otras disciplinas, puede articular flujos de opinión crítica o propositiva en relación al ámbito parlamentario. Como se ha dicho, tenemos ejemplos de pensadores uruguayos políticamente activos, así como también de aquellos que desde el ámbito periodístico han ejercido una gran labor crítica. Asimismo, existen cuestiones éticas de actualidad que reclaman un tratamiento filosófico. La reciente polémica parlamentaria sobre el tema de la legalización del aborto y el veto presidencial posterior habría merecido un debate serio y un pronunciamiento desde el ámbito filosófico, cosa que lamentablemente no ocurrió.
¿Qué tanto puede aportar la filosofía a la sensibilidad concreta de los individuos?
– En Uruguay, parecería que la ética no tuviera nada que ver con las personas, su sensibilidad, las dudas naturales sobre los modos de actuar, etc. Esos temas son menospreciados o consideramos como psicología terapéutica. En un tiempo en el que es bien conocida la crisis de valores a nivel social, ese espacio abandonado por la filosofía es captado por disciplinas mercantilizadas como la autoayuda, las ciencias del éxito y la superación personal, el marketing aplicado, el pensamiento positivo o la programación neurolingüística (PNL), etc. sin contar los fenómenos de pseudos-religiones que aplican las técnicas persuasivas de las disciplinas antedichas. Estas son ignoradas desde el ámbito académico, pero cabe hacerse la pregunta sobre si la verdadera filosofía popular es todo este conjunto de áreas que hemos mencionado en lugar de la que se cree estudiar o divulgar a través de los canales educativos formales o las caducas ideologías políticas. Darle importancia a estas manifestaciones desde la filosofía implicaría poder establecer parámetros críticos, así como también, ofrecer alternativas. Esto no implica caer en pseudo-terapias como la reciente corriente de “consultoría filosófica” de Achenbach o en la filosofía con tendencias a la autoayuda de “Más Platón y menos Prozac” de Lou Marinoff. Implica tender puentes desde la reflexión filosófica a los modos de la sensibilidad actual. Crear una filosofía preocupada por los modos de sentir y actuar individuales y colectivos.
¿Qué tanto es posible plantear una filosofía experimental en el Uruguay del siglo XXI?
-La filosofía puede incorporar trabajos de campo a los efectos de producir teoría sobre moral, filosofía política, cultura, etc. Esta posibilidad le daría mayores herramientas de trabajo, así como también, le abriría instancias hacia nuevos modos de análisis. Brindaré tres ejemplos de ello vinculados al área cultural, moral y epistemológica en calidad de precedentes análogos: El primero refiere a Carol Gilligan y su estudio sobre el desarrollo moral femenino. Gilligan realiza un trabajo de campo entre mujeres y varones universitarios y, en base a ello, analiza las diferencias de género
20en cuanto a creencias, valores, etc. Su estudio y elaboración teórica aportó insumos influyentes para los análisis de género posteriores, además de convertirse en referencia de los estudios sobre los modos en los que se coarta discursiva y materialmente la diversidad. El segundo ejemplo lo constituye Jean Piaget, quien efectuó multiplicidad de trabajos de campo con niños. Si bien se suele asociar a Piaget con teorías psicopedagógicas, éste poseía conocimientos filosóficos y sus investigaciones tuvieron alcance epistemológico. De hecho, el propio Piaget tendió a la elaboración de una teoría epistemológica a través de sus estudios experimentales, ya que estudiar el desarrollo de la inteligencia infantil suponía para él comprender los modos en los elaboramos nuestra noción de mundo (tiempo, espacio, permanencia, velocidad, etc.) El tercer ejemplo, más cercano, lo constituye Enrique Pichón-Rivière en Argentina y los estudios culturales realizados junto a Ana Pampliega de Quiroga en la década del 60. A través de los insumos teóricos aportados por Pichón desde la psicología social y el funcionamiento de grupos operativos, realiza estudios culturales que aparecen en la prensa argentina. En estos breves artículos, estudia y problematiza la cotidianeidad del país, tratando temas como el fútbol, la moda o los modos de relación laboral a través del comportamiento grupal en las vacaciones familiares. Ciertamente, Pichón se basa para ello en su Esquema Conceptual Referencial Operativo, marco que surge de sus referencias teóricas y de los análisis de casos en la práctica, como por ejemplo, el realizado en la ciudad de Rosario. En resumen, los tres ejemplos reseñados respecto a estudios morales, epistemológicos o de análisis cultual, brindan indicios y referencias de que la reflexión filosófica contextualizada podría abrirse a la perspectiva experimental en tanto otro modo de acercamiento social desde sus propios intereses.
En definitiva, estas posibilidades de reinvención aquí reseñadas son sólo algunos caminos posibles de una labor creativa abierta a un mayor número de ideas, trabajos y reflexiones. Esto último es el punto principal hacia la posibilidad de reapertura de la filosofía en el Uruguay. Que la afirmación de la necesidad de reactivación no quede en la mera queja o en la mera expresión de deseo depende del tratamiento de la crisis de sentido como el desafío central de nuestra disciplina. De ello depende poder encarar con entusiasmo una filosofía dispuesta a reconstruirse y reinsertarse activamente en el contexto.

BIBLIOGRAFÍA:
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· ORIBE, Emilio, “Teoría del Nous”, Ediciones de la Sociedad de Amigos del Libro Rioplatense, Buenos Aires, 1934
· PAROLI, Pablo “Figari y las prensas de Mileto: la lógica de la producción filosófica” en “Pensar lo regional en un contexto global”, FHCE-CSIC, Montevideo, 2009.
· PEREDA, Carlos. “Qué puede enseñarle el ensayo a nuestra filosofía”. Revista Relaciones. Montevideo. Mayo 2006.
· PIAGET, Jean, “Seis estudios de psicología”, Seix Barral, Buenos Aires, 1981
· PICHON-RIVIÈRE, Enrique y PAMPLIEGA DE QUIROGA, Ana, “Psicología de la vida cotidiana”, Nueva Visión, Buenos Aires, 2002
· RODÓ, José Enrique, “Ariel – Motivos de Proteo”, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1976
· TANI, Ruben, “Filosofía, ¿crítica cultural?, Revista Relaciones, Serie: Por qué filósofo (VI). Disponible en: http://www.chasque.apc.org/frontpage/relacion/0107/filosofia.htm
22· VAZ FERREIRA, Carlos. “Moral para intelectuales”, Imprenta El Siglo Ilustrado, Montevideo, 1920 Referencias a revistas, o asociaciones que cuentan con publicaciones en la web.
En orden alfabético: · Actio – http://www.fhuce.edu.uy/public/actio/ · Asociación Filosófica del Uruguay – http://afu.atspace.org · Contextos – http://afu.atspace.org/contextos.htm · Proyecto Arjé http://proyectoarje.blogspot.com/ · Relaciones http://www.chasque.net/frontpage/relacion/

VAZ FERREIRA: PRIMER CRÍTICO DEL CARÁCTER COLECTIVO URUGUAYO (por Mateo Dieste)

«… Estamos en un estado de espíritu en que no procuramos ni ver ni hablar por nuestra cuenta: estamos pasivos, estamos receptivos».
Carlos Vaz Ferreira.

Uno

La identidad nacional es el conjunto de elementos significantes que ordenan la dimensión cultural de un pueblo, asumidos por cada individuo durante el proceso de identificación. El problema de la identidad nacional —concepto harto abarcativo(1)—, como ha demostrado Huntington, está mundialmente vigente: «Los japoneses discuten una y otra vez sobre si su ubicación geográfica, su historia y su cultura los hacen asiáticos, o bien si su riqueza, su democracia y su modernidad los convierten en occidentales. Irán ha sido descrita como “una nación en busca de una identidad”, Sudáfrica está embarcada en plena “búsqueda de identidad” y China, en una “exploración de su identidad nacional”, mientras que Taiwán ha estado inmersa en la “disolución y reconstrucción de la identidad nacional”. De Siria y Brasil se dice que cada una de ellas está haciendo frente a una “crisis de identidad”; Canadá, a una “crisis identitaria continuada” conducente a un acalorado “debate sobre la identidad nacional”, y Rusia, a “una profunda crisis de identidad” en la que se está reabriendo el clásico debate decimonónico entre eslavófilos y occidentalizadores en torno a si Rusia es un país europeo “normal” o un país euroasiático especial. En México, vuelven a destacar las cuestiones “sobre la identidad mexicana”. Las personas que se habían identificado con cada una de las dos Alemanias (la democrática y europea occidental o la comunista y europea oriental) tienen problemas a la hora de desarrollar una identidad alemana común. Los habitantes de las Islas Británicas se sienten ahora menos seguros de su identidad británica y no tienen claro si son, ante todo, un pueblo europeo o noratlántico». Luego de esa exhaustiva enumeración, agrega el autor: «La modernización, el desarrollo económico, la urbanización y la globalización han llevado a las personas a replantearse sus identidades y a redefinirlas en términos más limitados, más íntimos, más comunales»(2). Asimismo, este debate ubicado dentro de sociedades multiétnicas (sean de origen inmigratorio o de un trasfondo histórico) no refiere a algo monolítico, sino a una compleja diversidad de «identidades» posibles(3).

En consecuencia, no buscamos aquí adentrarnos en la identidad nacional uruguaya (si es que puede ser definible) o establecer un «modelo de uruguayez», puesto que se haría una restricción arbitraria de nuestros diversos modos de ser(4), y exigiría una diferenciación y comparación con otros pueblos, abriendo, muy en el fondo, una posibilidad latente de nacionalismo —el cual, como dice Russell, es «la fuerza principal que impulsa nuestra civilización hacia su ruina»(5). Preferimos, pues, estudiar las tendencias generales del carácter colectivo uruguayo que probablemente generan impedimentos serios en nuestro desenvolvimiento social y psicológico(6).

Al hablar de carácter —perogrullesco parece decirlo— no debemos confundirlo con temperamento; éste no cumple un papel decisivo en el individuo sino que es tan solo su modo de reaccionar ante las instancias de sociabilización, y, en efecto, parte de una superficialidad conceptual que aquí es irrelevante. Schopenhauer escribía: «En el carácter innato, núcleo real del hombre moral entero, residen los gérmenes de todas sus virtudes y de todos sus vicios»; y en éste «…están determinados en su esencia los fines en general, hacia los cuales tiende invariablemente; los medios a que recurre para lograrlos se determinan, ora por las circunstancias exteriores, ora por la manera de comprenderlos y verlos, cuya exactitud depende de la inteligencia y de la cultura»(7). Si tomamos —y extendemos— la connotación social de la definición, el carácter colectivo representaría, entonces, los patrones sociales respetados y asimilados por todos que influyen —y a veces condicionan— nuestra vida.

Dos

En la prolífica obra de Vaz Ferreira se encuentran, además de una gran serie de estudios diversos (digamos, los de su mayor interés), muchísimas anotaciones sobre cuestiones que, por el espacio que ocupan, parecen menores. Quizá se deba a las limitaciones que sentaban las fronteras de la época (los paradigmas, en el lenguaje de Kuhn), o a la flexibilidad que la Cátedra Libre de Conferencias le daba al abordar sus temas oralmente —ya que en la composición de un libro científico o filosófico, como se sabe, generalmente no caben las referencias espontáneas, las anécdotas a título personal o la voz del yo en primera persona. Fue en su libro Moral para intelectuales, de 1909, donde Vaz Ferreira esbozó los rasgos sobresalientes del carácter colectivo uruguayo.

Luego de aconsejar algunos procedimientos para una mejor formación académica, Vaz Ferreira acaba preocupándose por la realidad del Uruguay. Podría haber permanecido aleladamente —como algunos compañeros de su generación— en una visión regionalista del problema, pero no; enfocó su atención aquí e hizo unas observaciones muy lúcidas; y pese a que éstas no constituyen propiamente una crítica, sino más bien una serie de apuntes al pasar, contienen tal agudeza que convierten a Carlos Vaz Ferreira en el predecesor de los estudios posteriores sobre el asunto. Dada esta inclinación, el pensador observa algunos matices significativos de nuestra propia personalidad.

A propósito de la capacidad de producción cultural de uruguayos y europeos, dice: «Lo que nos afecta es un estado de espíritu especial, que (…), sobre todo, depende de una especie de sugestión inconsciente de nuestra incapacidad: estamos en un estado de espíritu en que no procuramos ni ver ni hablar por nuestra cuenta: estamos pasivos, estamos receptivos»(8). Y como ejemplo ilustrativo, menciona: «Un físico sudamericano podrá haber tenido en la mano tantas veces un tubo de Crookes, como un físico alemán, podrá saber tanto como un físico alemán, y creo que tiene bastantes probabilidades de ser más inteligente: pero ninguna de descubrir los rayos Röntgen. ¿Qué le (…) falta a ese físico nuestro (…)? Es algo de orden psicológico; es simplemente el sentimiento de que podría descubrir algo, y el deseo y la voluntad de buscarlo: sólo eso»(9).

Tres rasgos se distinguen de lo expuesto:

1. Anticipación.
Si bien hay cierta vacilación entre lo sudamericano y lo uruguayo, tal como si Vaz Ferreira no supiera exactamente a lo que se dirigía, una especie de cabal intuición lo remite a nuestro caso en particular. Y con sólo 79 años de vida independiente, logró identificar claros aspectos del pueblo uruguayo tal como si estuvieran apoyados en una obvia significación histórica, es decir, como si existiera una convicción generalizada en la sociedad que los correspondiera —y comprobara— de inmediato (como ocurre en la actualidad). Con razón dijo Lockhart que «Vaz Ferreira era más un predicador que un filósofo»(10).

2. Excepcionalidad.
Para los integrantes del 900, la creación artística e intelectual fue concebida «(…) desde un plano universal, levantando el punto de mira, incorporando su obra a la gran tradición literaria occidental (y no meramente española). Ni siquiera aquellos que practicaron con voluntad el regionalismo (Viana, Quiroga, Sánchez, Reyles) se redujeron a un estrecho nacionalismo. Intentaron —aunque no siempre pueda asegurarse que lograron— trascender las limitaciones de lo regional»(11). Es cierto que Vaz Ferreira no ahondó en los problemas de su país, o por lo menos en los latinoamericanos, como más tarde lo hiciera Zea o, en menor grado, Salazar Bondy. Pero hacerlo tampoco correspondía a su tiempo, esto es, al modernismo, a la cultura uruguaya del 900, en fin, a un ambiente por lo demás muy distante de sufrir la realidad. Sin embargo nos alertó —inesperadamente— de los vicios propios de nuestro pueblo. Siendo así, surge la pregunta de cómo alguien de la generación del 900 pudo ver tan bien nuestros defectos. Desde nuestro punto de vista, ello se explica rápidamente por dos cosas: Carlos Vaz Ferreira tenía una inteligencia sumamente ágil, era capaz de procesar los cambios (sociales, culturales, políticos) más próximos sin demora alguna. Los ejemplos que tenemos son innumerables: fue uno de los más precoces en el mundo en exponer críticamente el pragmatismo de William James; se anticipó con su Lógica viva (1910) a los planteos ulteriores de Bertrand Russell, y mantuvo a lo largo de su obra una curiosa contemporaneidad —y en ocasiones, simultaneidad— intelectual con el filósofo inglés; superó el positivismo (aunque no del todo) en sus momentos de mayor influencia en el Uruguay, etc. Y, sobre todo, Vaz Ferreira cultivó la filosofía(12). He aquí, quizá, la piedra de toque para comprender la razón de su obra «profética». La filosofía lo diferenció de sus coetáneos, le provocó ser, por momentos, un hombre adelantado a su tiempo, casi «póstumo» como se autodenominaba Nietzsche. Sin ella, quizá Vaz Ferreira hubiera sido igualmente brillante, pero proporcionalmente menos incisivo. De modo que la filosofía, por la sola profundidad de su materia de estudio, le dio al carácter de Vaz Ferreira el incentivo necesario para el despliegue de su auténtica capacidad creativa.

2. Vigencia.
Y aquellos vicios siguen estando patentes después de casi cien años de su prédica, bajo la herencia, sentimiento y afectación vivenciados por todos.
Vaz Ferreira bosquejaba entonces algunas de las tendencias peyorativas del carácter colectivo uruguayo —si bien con un tono esperanzado, puesto que creía era un «estado» (condición transitoria). Pasividad, desestímulo, rutinarismo, indiferencia(13), disconformidad, parecen ser las notas más agudas de la dramática sinfonía de nuestra gente. Ahora bien: ¿es justo afirmar que se esté hablando propiamente de lo que somos como pueblo? Sí; las características formuladas carecerían de validez si no tuvieran una correspondencia con el cuerpo emocional del pueblo uruguayo. Cuando ellas son observadas por cualquiera de nosotros, surge un dato afectivo que proviene de un mecanismo de autoidentificación, esto es, de verificación de las mismas: duele y cuesta asumirlo, y por eso es tan verdadero.

Tres
Entre 1900 y 1902, Herrera y Reissig escribía una extensa crítica, o, más precisamente, un gran manifiesto de su repudio a la sociedad uruguaya, donde se ven grandes coincidencias con los apuntes de Vaz Ferreira(14). Pero como la obra de Herrera y Reissig se mantuvo inédita(15) hasta 2006, no podemos otorgarles el mismo mérito a los dos; por eso Vaz Ferreira resulta ser el único crítico efectivo del problema. De modo que el Tratado es aquí una constatación de la verosimilitud de los planteos del filósofo.

Más tarde varios autores —aunque agregando siempre sus propias contribuciones— retomaron implícitamente (en bosquejos, alusiones y algunas frases aisladas) los puntos que Vaz Ferreira ya había señalado. Desde la fundación de la revista Nexo en 1955 (que se inclinaba hacia una conciencia latinoamericana) y también con Tribuna Universitaria, surge una atmósfera propicia para el planteo de futuras preocupaciones nacionales(16). Así, se indagó para «… saber qué es el país. Cuál es nuestra consistencia como nación. Cuáles son sus calidades y sus defectos, sus ventajas y sus lastres. Cuál es la razón y los antecedentes de su extrema singularidad política. Qué rostro dibuja su previsible destino. Qué entidad tiene las fuerzas: económicas, políticas, sociales que lo rigen. Cuáles son sus estructuras y qué firmeza poseen. Cuáles son sus diferencias con otras comunidades vecinas y otras más lejanas: hasta dónde puede hablarse de una “personalidad nacional”»(17).

Sin desvalorizar la voluminosa historiografía iniciada en los ’60 (con hombres tan importantes como Pivel Devoto y Barrán) y demás estudios científicos importantísimos (Solari, Vidart(18)), creemos pertinente destacar, por su verdadera inquisición al carácter colectivo uruguayo, el ensayo de Benedetti: El país de la cola de paja (1960) y, sobre todo, el de Maggi: El Uruguay y su gente (1963)(19). Ambos trabajos presentan una búsqueda seria y cavilosa, reunida novedosamente en un sólo volumen, respondiendo a un público que solicitaba —o necesitaba— ver sus propias opiniones plasmadas en el papel(20). Y han tenido éxito, no por el estímulo revolucionario que contienen, sino por las narraciones costumbristas que allí se hacen —tan gustosas para nuestro lector provinciano(21). El dato de las ventas no dice nada. Hay que leer con atención lo que Maggi nos dice para advertir cuánto nos duele y cuán rápido lo evadimos(22): «El hombre —mitad voluntad, mitad peligro— es un fantasma que corre tras el fantasma que sueña. Y su ser consiste en ese ir de uno al otro, mejor: en ese estar yendo sin alcanzar. ¿Y qué pasa con el que se queda mateando, sentadito? Ese no corre, ni se corre. Se quedó (…)»; «Aceptamos como leyes naturales de nuestra convivencia el macaneo y la impuntualidad; y así, sin protestar, navegamos mansamente entre frangollos»; «No somos capaces de exigirnos eficiencia; somos cornudos; nos conformamos con el mamarracho; aceptamos la vergüenza; consentimos; en el fondo pensamos que para un país como éste, las cosas están bastante bien»; «Parecería, pues, que el problema de nuestro país son los uruguayos. Estamos entregados. Es más: nos molesta la presencia o la actividad de un enloquecido, un fanático, alguien dado con alma y vida a su actividad. Nos interrumpe el mate»; «Y lo más triste: aquí la felicidad no consiste en superar dificultades, la felicidad consiste en no tener dificultades»(23).

Como dijimos anteriormente, Benedetti también posee un mérito similar, pero la diferencia de su caso estriba en el estilo y la imagen simbólica que se ha construido sobre él. Si bien Benedetti hace una crítica con bastante lucidez y logra algunas observaciones muy interesantes (v. gr.: su interpretación del humorismo como nivelador psicológico del uruguayo(24)), sus enfoques —como ha señalado Real de Azúa— «sustancialmente ingenuos», su «excesiva superficialidad» y la «vital vulgaridad»(25) desde el mundo donde escribe, más su prolijo y educado modo de expresarse, hacen sopesar más en el lector los elementos de carácter identificatorio que aquellos realmente críticos. Maggi, en cambio, sin ese cariño previo del público, es agresivo, provocador, a veces un poco barroco y otras estratégicamente populachero; toma al lector del cuello cuando es oportuno y así consigue indagarlo. De modo que si hay alguien que haya podido contribuir, si hay un pensador —en el sentido más estricto de la palabra— que haya dicho algo sobre el carácter colectivo uruguayo, quien formulare la pregunta más simple y necesaria: «¿qué es un uruguayo?», ése es Carlos Maggi(26). Claro, sólo asume su crítica quién se siente joven, quién aún puede considerar un cambio para sí, quién todavía ejerce una resistencia a las sujeciones de la vida. De otro modo sólo puede interpretársele con el ya fatigoso suspiro, que denota: «Y bueno… qué querés que haga, somos así». Pero recuérdese que —y puede filtrarse algo spinoziano en esto— somos así porque persistimos y queremos seguir siendo así.
No obstante, hay que subrayar el predominio de la cátedra montevideana en la elaboración del concepto de uruguayidad (u orientalidad como se ha debatido(27)), dado que con ella se instauró una idea miope —advertida tan solo por Eliseo Salvador Porta(28)— que no tomaba conciencia de la escisión radical entre citadinos y campestres. Pongamos en claro que entendemos por «montevideano» al uruguayo más cercano al padecer intenso de los peores síntomas del carácter colectivo nacional, debido al influjo negativo que tiene en él nuestra capital. En cambio los uruguayos del interior se hallan emocionalmente en potencia respecto al montevideano porque no son tocados por aquel efecto sustancial: la ciudad (por esa razón, tal vez, se explique por qué a veces parecen sentir más apego al país que los montevideanos)(29). Aquellas obras ensayísticas de los ’60 develaban —tímida y fugazmente— la inconformidad del gaucho instalado en la ciudad, en el mundo de las normas por oposición a su antiguo mundo anárquico —y en esto se encuentre, acaso el semblante original de nuestro planteo. Todos los síntomas de malestar permanentes que sufre el uruguayo, a saber: desgano, insatisfacción, pesimismo, (auto)desprecio y hasta a veces una mutua flagelación moral entre vecinos(30), provienen de un sentimiento profundamente arraigado de libertad y comodidad (la del gaucho silvestre(31)) golpeado —dilatado y acentuado— por las vicisitudes de nuestra historia. Primero, con las medidas restrictivas a la libertad de Latorre, que tuvieron el efecto particular de gestar un sentimiento capital, la nostalgia(32), tanto por parte de los inmigrantes como por los gauchos; los primeros respecto a su patria y los segundos respecto a su antiguo libertinaje. Luego, con el fin del batllismo y los golpes de Estado de Terra y Baldomir, comenzó a extrañarse el apogeo del Uruguay clásico; y ya más tarde, con el estancamiento económico de los ’60, la creciente migración y la dictadura del ’73, se detonó un completo malestar que estimulaba la idea de un Uruguay inhóspito —grabada indeleblemente tras la crisis económica de 2002. En virtud de este esquema, podemos afirmar que el modo que tuvo el gaucho de asimilar su cambio de vida a partir de 1875 más la concomitancia emocional del inmigrante, cristalizó una misteriosa(33) «fusión sentimental» —con un predominio, empero, de los trazos gauchescos— que gestó en el carácter colectivo nacional el factor dominante de sus principales rasgos psicosomáticos. «Y, en definitiva, en nuestro obsesivo amor libertario, en nuestro tozudo, intransigente y a veces intransitable individualismo, en nuestro auténtico y casi instintivo culto democrático, en nuestro sentido de hospitalidad, sin averiguar procedencias o posiciones, refloran las mejores virtudes de aquella gauchería, de aquel estado que marcó más indeleblemente que el hierro al ganado, nuestro íntimo ser social»(34).

Ahora bien: ¿cómo este gaucho que habita en nosotros ha sido perpetuado hasta nuestros días? ¿Por qué, realmente, está palpitando dentro de nuestro ser? Contestación: gracias a la figura del vecino. Y pensemos un momento en él desde la abstracción, esto es, como un ente dotado de ciertas cualidades típicas y no como el vecino concreto que vive al lado de nuestro hogar. Es en él donde los uruguayos hallamos el mejor asidero para nuestras patologías. No es un amigo y por eso no intimamos, no nos conocemos verdaderamente; pero basta para que su atención se dirija a nosotros, sabiendo con anticipación que estamos, como él, dispuestos a iniciar una conversación sobre fútbol, política o mujeres (por nombrar los tópicos más amplios y frecuentes). Con el vecino podemos hacer todas esas críticas acertadísimas de las que somos capaces, porque él jamás implicaría un compromiso, y así nos mantenemos exentos de riesgos. Compartimos, bien en el fondo, las ganas de hablar mal de los demás y olvidarnos de nosotros mismos; de comprobar, una y otra vez, que las cosas que sabemos siguen siendo naturalmente ciertas —y así, en el fondo, continuamos sintiéndonos seguros. El vecino es nuestro compañero de reflexión, pero de una reflexión predeterminada por la misma conclusión de siempre: el refrán. Todos participamos, en gran medida, de esa especie de desahogo que tiene la charla vecinal.

El vecino es la matriz principal que alimenta nuestra virtual situación de independencia y libertad, es decir, de nuestro anhelo gauchesco. Y como corolario, podrá comprenderse de dónde proviene el impulso conservador que ha venido cohesionando a la sociedad uruguaya, dejando un resabio de herrumbre para el país. Que por encima de los problemas económicos o políticos de toda índole, mantiene una relación directa con nuestro pueblo al punto de ser casi independiente de cualquier orden económico, político o social de turno. La palabra «conservar», en los uruguayos, no denota cabalmente su contenido semántico, sino que más bien impera la connotación de otro significado —más diluido— que es la repristinación; en su funcionamiento: nuestro empeño inconsciente en querer transformar nuestra circunstancia a su estado originario (e ideal). Véase, a modo de ejemplo, la conclusión elaborada por Real de Azúa luego de estudiar el batllismo: «Culminado este proceso, hemos llegado a ser una sociedad económicamente estancada, políticamente enferma, éticamente átona. Podrá decirse, también, que civilmente sana y socialmente más equilibrada que muchas otras de su tipo pero las notas peyorativas son las dinámicas y éstas sólo pasivas y remanentes. Porque, globalmente (…) parecemos ineptos para la altura de los tiempos y sus implícitos desafíos»(35). Podrá alegarse, con razón, que la historia no es algo inamovible, sino dinámico, y que el Uruguay se ha transformado bastante desde entonces (sin duda en los últimos años). Sin embargo hay elementos (especialmente las creencias inconscientes) que son impermeables a la historia y pertenecen, de algún modo, a la «historia íntima» de los pueblos. Así, en la historia íntima del Uruguay correspondería ubicarse un extenso capítulo al fenómeno psicológico más influyente sobre nuestra gente: el síndrome del gaucho.

Cuatro

Hemos tenido en cualquier momento, pues, un motivo justificado para ser nostálgicos y pesimistas, es decir, para recoger solamente los peores aspectos de nuestra realidad y compararlos desconsideradamente con un pasado mejor pero irrepetible; prescindiendo de asimilar los cambios coyunturales y perseverando —caprichosa y porfiadamente— en lo más fácil: el anhelo de una «felicidad» pretérita (que es objeto de la pristinación histórica, y ajena, por tanto, al mundo de lo posible). Y aún más: lo horroroso de ello es la capacidad viral que sigue en vigor para contaminar a cada una de las nuevas generaciones del país. No importa la edad, la condición económico-social, la filiación política o religiosa: continúa infestando a todos. Pese a mi desagrado por el recurso anecdótico como instrumento de argumentación teórica, debo traer a colación una reciente experiencia personal. Durante una clase universitaria donde se hablaba de la nacionalidad, el profesor comentó que en una ocasión, estando de visita en Miami fue a un comercio y se encontró con una hija de uruguayos nacida en EE.UU., que hace varios años trabajaba allí. Ella le dijo que todavía no conocía Uruguay, y que tampoco tenía interés en venir. Fue entonces cuando todos los alumnos dentro del aula estallaron en una abrumadora impulsividad y exclamaron: «¡Lo bien que hace!». Ahora bien: lo funesto de allí es que no se trataba de gente sobremanera adulta, sino de jóvenes saludables, alimentados, bellos; también algunos lechuguinos y estultos, seguramente la mayoría con buenas oportunidades y todo un proyecto de vida por delante, donde incluso habría lugar para algunas ambiciones. Pero no importa la situación particular de cada uno: nos nace siempre ese maldito desprecio casi como espontáneamente.

El instinto gauchesco, que hoy se traduce como el ánimo de quererlo todo sin hacer nada(36), es el pathos de los uruguayos. Nos puja a ser mediocres, puesto que más allá del lado «inofensivo» que éste pueda tener, su exteriorización incide indefectiblemente en el plano de la acción: «nos conformamos con el mamarracho» (Maggi). Y para superarlo se requiere, como decía Vaz Ferreira, «cambiar de psicología», por eso recalcaba que «…En realidad, lo principal que falta entre nosotros (…) no es de orden material, (…) es un mal de orden psicológico, y que es parcialmente remediable, que se atenuaría con voluntad y conciencia clara»(37).
Como se ha advertido al comienzo, no pretendemos establecer ningún «modelo de uruguayez», ni tampoco un enfoque determinista desde el plano de la psicología etnológica o psicología de los pueblos(38), dado que con ello se desprenderían algunos perjuicios contra nuestra tesis, tales como, por ejemplo, una concepción errada de la vida. Escribe Ortega y Gasset: «Somos indeleblemente ese único personaje programático que necesita realizarse. El mundo en torno o nuestro propio carácter nos facilitan o dificultan más o menos esta realización. La vida es constitutivamente un drama, porque es la lucha frenética con las cosas y aun con nuestro carácter por conseguir ser de hecho el que somos en proyecto»(39). Por lo tanto, nuestra existencia en su totalidad no viene, digámoslo así, previamente esbozada por antecedentes materiales (psicológicos, históricos, sociales) sino todo lo contrario: es un constante hacer en el mundo, esto es, somos por esencia homo faber (40). Siempre habrá, vale decir, ciertas potencias —económicas, culturales— que nos lleven a obrar de tal o cual manera, pero nunca con la suficiente fuerza como para desvirtuar el estado puro de la vida. Y de esta definición abstracta cada uno tendrá su correlativa verificación, con más o menos amplitud, en su propia vida. Sin una perspectiva dinámica como ésta, tan solo nos restaría aguardar al mero arbitrio de las circunstancias supervinientes, quedando imposibilitados de intervenir en los hechos voluntariamente.

Con todo, un propósito, expreso o tácito, creo que se encuentra siempre en este tipo de trabajos: es la llamada «revolución de la conciencia». Dos términos que, en rigor, son incompatibles entre sí, dado que una revolución propiamente como tal sólo tiene lugar en la forma (mundo exterior), y no en la conciencia (mundo interior). Con ello aludo a los supuestos efectos que un análisis como el que se ha hecho podría generar. Una vez Goethe le dijo a Eckermann: «No es posible que la razón llegue a ser popular. Pueden serlo las pasiones y los sentimientos; pero la razón siempre estará en poder de algunos hombres distinguidos»(41). En consecuencia, no se puede ignorar jamás al sujeto al cual se dirigen: y ese sujeto eres tú, lector joven, inteligente, pensante. Ningún «ustedes» es válido para mí, no es mi intención ser demagogo o retórico: sólo eres válido tú, lector solitario.

He procurado —gregaria y fútilmente— seguir molestando sobre un reiterado asunto sin poder evitar el tono frío del análisis libresco —quizá nulo para hacer un cambio. Pero no quiero terminar este trabajo con un broche de oro y pirotecnia idealista, no; eso sería caer en la estéril vanidad literaria. Un mensaje, como diría Vaz Ferreira, «fermental» —que tendría más eficacia si fuera acuñado por las instituciones públicas— deberíamos asimilar los jóvenes(42): Uruguay no es un tema de guita, sino de cabeza.

NOTAS: (1) Se puede ver la multiplicidad de factores que deben tenerse en cuenta, y, aun así, sin lograr agotar el análisis, en una de las obras más destacadas sobre el tema, Erik Erikson: Identidad, juventud y crisis, trad. española, Bs. As., Paidós, 1968. (2) Huntington, Samuel P.: ¿Quiénes somos? Los desafíos de la identidad nacional estadounidense, Bs. As., Paidós, 2004, pp. 35-6. (3) Para un desarrollo acabado de este fundamento, puede consultarse: Vidart, Daniel: La trama de la identidad nacional. El espíritu criollo, Montevideo, Banda Oriental, 2000, t. III, pp. 29-31; 149. (4) Es interesante a estos efectos el aporte que hace Freud: «… No sólo perduran [en el superyó] las cualidades personales de [los] padres, sino también todo lo que a su vez tuvo alguna influencia determinante sobre ellos, es decir, las tendencias y las demandas del estado social en que viven, las disposiciones y tradiciones de la raza de que proceden» (Freud, Sigmund: Esquema del psicoanálisis, Bs. As., Paidós, 1986, p. 104). (5) Russell, Bertrand: La educación y el mundo moderno, trad. española, Bs. As., Los Libros del Mirasol, 1964, p. 110. (6) De inconsistente estructura, parece que el carácter colectivo nacional es «… una entidad vagarosa, sujeta a la discutida naturaleza del predicado nación […] —si es que verdaderamente existe» (Vidart, Daniel: op. cit., pp. 160-1). (7) Schopenhauer, Arthur: La libertad, México D.F., trad. española, Premia, 1980, pp. 88 y 92 (énfasis agregado). (8) Vaz Ferreira, Carlos: Moral para intelectuales, Montevideo, Cámara de Representantes de la R.O.U., 1963, p. 41. (9) Ibídem. (10) Lockhart, Washington: El mundo no es absurdo y otros artículos, Montevideo, Asir, 1961, p. 63. (11) Rodríguez Monegal, Emir: La generación del 900, en Número, año II, Nº 6-7-8, Montevideo, 1950, p. 56. (12) Cabe advertir que Vaz Ferreira no fue
11propiamente un filósofo de cátedra (a la manera de un Kant, Hegel o Heidegger, entre otros), sino un «pensador» (Cfr. Claps, Manuel: Los pensadores, en Enciclopedia Uruguaya, Nº 39, Montevideo, Editores Reunidos y Ed. Arca, 1969, p. 163). (13) Dice el autor: «En realidad, lo que hay aquí para el productor intelectual, para el que con más o menos celo emprende el trabajo personal, no es siquiera hostilidad —digo siquiera, porque la hostilidad puede ser todavía una forma de estímulo, y, a veces, no de las más ineficaces—: es, simplemente, la indiferencia absoluta» (op. cit., p. 38). (14) V. Herrera y Reissig, Julio: Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer, edic. a cargo de Aldo Mazzucchelli, Montevideo, Taurus, 2007, especialm. pp. 128; 138-9 y 295. Cfr. Barrán, José Pedro: Historia de la sensibilidad en el Uruguay, Montevideo, Banda Oriental y FHUCE, 1990, t. II, p. 238. (15) En 1902 Herrera y Reissig publicó el «Epílogo wagneriano a La política de fusión, con surtidos de Psicología sobre el imperio Zapicán», donde ya citaba algunos pasajes del Tratado… El mismo se reeditó en 1943 dos veces (Vaz aún vivía), pero tal hecho no tuvo mayores repercusiones y por eso no basta para concederle la paternalidad ideológica al poeta. (16) Cfr. Rodríguez Monegal, Emir: Literatura uruguaya del medio siglo, Montevideo, Alfa, 1966, p. 377. (17) Real de Azúa, Carlos: Antología del ensayo uruguayo contemporáneo, Montevideo, Dpto. de Public. de la U.R., 1964, t. I, p. 53. (18) La fecunda trayectoria de este autor resulta imprescindible para cualquier aproximación a la cultura uruguaya. Omitiendo varias de sus investigaciones, puede verse: El tango y su mundo, Montevideo, Tauro, 1967; Tipos humanos del campo y la ciudad, Montevideo, Arca, 1969; La trama de la identidad nacional, Montevideo, Banda Oriental, 1997-2000 (tres tomos). (19) De lo último escrito sobre el tema, ponemos de relieve: Achugar, Hugo y Caetano, Gerardo: Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación?, Montevideo, Trilce, 1992; Vidart, Daniel: La trama de la identidad nacional. El espíritu criollo, Montevideo, Banda Oriental, 2000 (t. III). Recientemente, Espina ha querido abordar la «identidad uruguaya». A través de una intención lúdica y superficial, ha dejado más sugerencias que sólidos puntos de vista. El título de su libro anticipa su propósito —que parece haber sido tan solo la caricaturización de los uruguayos. V. Espina, Eduardo: Historia universal del Uruguay, Montevideo, Planeta, 2007. (20) Fenómeno que se analizará más adelante como parte de la figura del vecino. (21) Escribe Benedetti: «El lector montevideano quiere índices locales, puntos de referencia» (El país de la cola de paja, Montevideo, Ciencias, 1961, p. 26). (22) Quizá uno de los mayores críticos del ’45, Rodríguez Monegal, incurrió, en parte, en este equívoco (Cfr. op. cit., p. 357). (23) Maggi, Carlos: El Uruguay y su gente, Montevideo, Arca, 2001, pp. 74; 76; 78 y 83. El libro abunda en expresiones complementarias, como p. ej. esta: «El oriental no quiere ser ni mucho ni poco, pero quiere vivir suelto y sin sufrir ni hacer sufrir grandes sacrificios. Aquí se da una vida, un país, un pequeño mundo de personas que no aspiran a lo más grande ni a ningún absoluto, sino a las cosas en la buena proporción humana y con los debidos respetos» (op. cit., p. 122). (24) «(…) el humorismo resulta el gran nivelador psicológico del uruguayo, el único factor que —tan inconscientemente como se quiera— le permite recuperar su equilibrio y también disculparse, siquiera en forma parcial, frente a su conciencia(…). El chiste pasa a ser una especie de desquite, una revancha, más que contra el gobernante, contra la propia debilidad del difusor; algo así como una afirmación —por otra parte inocua— de sus convicciones, un cómodo testimonio retroactivo de que no ha caído en la trampa, de que aún es alguien» (Benedetti: op. cit., pp. 27-8). (25) Op. cit., t. II, pp. 512-4. (26) El autor ha publicado además, bajo la misma temática pero con un talante humorístico, Gardel, Onetti y algo más (1964); recopilaciones de artículos y ensayos como La reforma inevitable (1994), y algunas obras teatrales que grafican sus ideas (La biblioteca, 1959). Asimismo, para
12más sobre nosotros, puede verse: Di Candia, César: Tiempos de tolerancia, tiempos de ira. Conversaciones con Carlos Maggi y Claudio Williman, Montevideo, Fin de Siglo, 2005, p. 88 y ss. (27) Aunque con harto raciocinio, aquí tan solo lo mencionaremos sin entrar en él. (28) «A los montevideanos netos, por completo ajenos al resto del país, puede parecerles por sugestión de los círculos que frecuentan, que son los escritores representativos, y que su temática ha desalojado a la autóctona; pero las grandes y sucesivas tiradas siguen siendo para Tacuruses y Paja Brava, que son como el níquel que circula en manos del pueblo» (Porta, Eliseo Salvador: Uruguay: realidad y reforma agraria, Montevideo, Banda Oriental, 1964, p. 15). Más adelante Julio C. da Rosa ahondaría más en ese punto con su ensayo Civilización y terrofobia. Apuntes de campo y ciudad de 1968. (29) Si bien superficialmente, se confirma lo dicho en un estudio reciente del Dpto. de Economía [Fac. C. Sociales, U.R.]: Identidad nacional: Uruguay y el resto del mundo, Montevideo, http://www.decon.edu.uy, 2008, p.20. (30) Que no pretende ser una enumeración taxativa, sino la referencia a aquellos síntomas originarios de los cuales mutarían luego algunos otros (p.ej.: chacotismo y guaranguería, quejillocidad, descreimiento, envidia…). (31) Cfr. Assunção, Fernando: El gaucho, su espacio y su tiempo, Montevideo, Arca, 1969, pp. 28; 156-7. (32) Muy ilustrativo es el siguiente pasaje de Porta: «(…) Al paisano lo convocan para votar y él acude, pero de cierto modo, con cierto énfasis que no tiene nada de cívico: con su mejor caballo, sus mejores pilchas, sus mejores arreos, su sombrero en la nuca, “pronto”… ¿Pronto para qué? No para votar, porque a veces hasta se olvida o se niega. Él, a lo que vino, fue a vivir un día de campamento, de fraternidad en el simulacro de una patriada, a respirar cierta atmósfera de movilización, carneadas, banderas, estampidos, tropeles. Es que él aprovecha todos los resquicios que se le ofrecen para deslizar la obstinada raíz de su nostalgia» (op. cit., p. 18. [énfasis agregado]). ¿No conservamos, cada uruguayo, un poquito de eso? (33) Este sería un punto digno para ser objeto de futuros estudios antropológicos, caracterológicos o psicosociales. (34) Assunção: op. cit., p. 28. (35) Real de Azúa, Carlos: El impulso y su freno, Montevideo, Banda Oriental, 2007, p. 118 (énfasis agregado). (36) Equivalente, mutatis mutandi, al «hombre-masa» diagnosticado por Ortega y Gasset. Y, más específicamente para el uruguayo, al «estilo mental de oficinista» (Benedetti) o al «matero de ley» (Maggi). (37) Op. cit., pp. 40 y 44. (38) La denominación, quizá un tanto anticuada por su origen decimonónico, se deriva de Humboldt (en alemán: Die Völkerpsychologie). (39) Ortega y Gasset, José: Tríptico: Mirabeau o el político. Kant. Goethe, Bs. As., Espasa-Calpe, 1947, p. 131. (40) Años después, Sartre expondría —aunque sin reconocer la autoridad de Ortega— el famoso principio del existencialismo: «El hombre es el único que no sólo es como él se concibe, sino tal como él se quiere y como se concibe después de la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace» (Sartre, Jean-Paul: El existencialismo es un humanismo, Montevideo, Ed. Técnica, 1986, p. 7). (41) Eckermann, J.P.: Conversaciones con Goethe, Bs. As., Espasa-Calpe, 1950, p. 162. (42) Que —como yo— gozan de ciertos privilegios (ya que dirigirse diplomáticamente a «todos» sería una burla, o hasta un insulto).

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